Una jornada en Macondo

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Hannes en Macondo

Es como si Dios hubiera declarado innecesario a Macondo
y lo hubiera echado al rincón donde están los
pueblos que han dejado de prestar servicio a la creación.

LA HOJARASCA

Texto de: Gabriel García Márquez

Siempre he tenido un gran respeto por los lectores que andan buscando la realidad escondida detrás de mis libros. Pero más respeto a quienes la encuentran, porque yo nunca lo he logrado. En Aracataca, el pueblo del Caribe donde nací, esto parece ser un oficio de todos los días. Allí ha surgido en los últimos veinte años una generación de niños astutos que esperan en la estación del tren a los cazadores de mitos para llevarlos a conocer los lugares, las cosas y aun los personajes de mis novelas: el árbol donde estuvo amarrado José Arcadio el viejo, o el castaño a cuya sombra murió el coronel Aureliano Buendía, o la tumba donde Úrsula Iguarán fue enterrada –y tal vez viva– en una caja de zapatos.

Esos niños no han leído mis novelas, por supuesto, de modo que su conocimiento del Macondo mítico no proviene de ellas, y los lugares, las cosas y los personajes que les muestran a los turistas sólo son reales en la medida en que éstos están dispuestos a aceptarlos. Es decir, que detrás del Macondo creado por la ficción literaria hay otro Macondo más imaginario y más mítico aún, creado por los lectores, y certificado por los niños de Aracataca con un tercer Macondo visible y palpable, que es sin duda el más falso de todos. Por fortuna, Macondo no es un lugar sino un estado de ánimo que le permite a uno ver lo que quiere ver, y verlo como quiere.

El colmo de esos estragos de la poesía lo viví en persona el año pasado, navegando por uno de los ríos helados que bajan de la Sierra Nevada de Santa Marta y desembocan en la Ciénaga Grande. Es cierto que el viaje se hace entre ráfagas deslumbrantes de mariposas amarillas, y en un cauce interrumpido por frecuentes promontorios de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. Sin embargo, el patrón de la canoa aseguraba a los turistas que cuando él era niño no había piedras tan grandes ni mariposas amarillas en los ríos de la sierra, sino que aparecieron después de Cien Años de Soledad.

En cambio, en el pueblo de Fundación hubo hace años una exposición de muebles y objetos domésticos, cuyo propietario aseguraba que eran los de la casa de mis abuelos en la vecina Aracataca. El negocio fracasó, porque nadie creía que aquellas cosas fueran auténticas. Sin embargo, eran en realidad los saldos de un remate que se hizo después de la muerte de mis abuelos, y que el comprador había mantenido en un depósito hasta que alguien le sugirió fundar aquel museo infortunado en el que nadie creyó. Lo difícil es saber quién está más cerca de la razón: ¿los que creen en las ilusiones o los que no creen la verdad?

En medio de tantos Macondos superpuestos surge ahora uno más: el del fotógrafo holandés Hannes Wallrafen, que tal vez sea el más probable de todos los Macondos de este mundo, porque está respaldado con la documentación terminante de unas fotografías espléndidas. Sufrí una rara conmoción cuando Hannes me las mostró, bajo el sopor de los calores de marzo, en una destartalada oficina de Cartagena de Indias. No encontré ninguna imagen igual a las que sustentan de algún modo mis novelas, y sin embargo, el clima poético era el mismo. Más tarde, pensándolo mejor, creo haber descubierto que Hannes y yo, cada uno por su camino, habíamos sometido el Caribe Colombiano al mismo régimen de trasposiciones poéticas. No es una reproducción inmediata de la realidad, sino una alquimia de ficción visual que ojalá, algún día, termine por ser más real que la realidad. ¿Una manipulación? Por supuesto, como ha sido y será para siempre la alquimia de la creación artística. Pues así tiene que ser: las bellas artes, como las profecías de Nostradamus, sólo se entregan en códigos cifrados para no derrotarse a sí mismas.

El mismo Hannes me ha contado algunas experiencias que recuerdan las mías, cuando hacía mi escuela primaria de escritor vendiendo libros a plazos por los yermos de la Guajira. Nadie entendía quién iba a comprarme enciclopedias de veinte tomos y tratados de cirugía en un desierto de salitre, ni para qué podía servirme semejante aventura. Sin embargo, fueron esos viajes los que acabaron de revelarme la magia de un mundo sin el cual mis novelas de hoy no habrían sido posibles.

Las experiencias de Hannes no son menos enigmáticas ni menos fructíferas, aunque a primera vista puedan parecer casualidades simples de la vida cotidiana. En su intensa exploración del Caribe vio muertos coronados de rosas, burros que hacían milagros, estatuas de nadie, moribundos eternos, imágenes en madera de santos asustados. Vio un hombre que llevaba por delante una carretilla para cargar su propia potra. En el patio del convento de San Pedro Claver, en Cartagena de Indias, vio una mujer sentada en un mecedor de mimbre, y dos niñas que bailaban en torno de ella vestidas para la primera comunión. Vio en el mercado una tortuga entera cocinándose viva en una olla de agua hirviendo. Yo tuve de niño esa misma visión, con una diferencia: la tortuga fue puesta a hervir descuartizada, y su corazón seguía latiendo en la olla. En el almuerzo, entre las presas ya aderezadas, el corazón seguía latiendo. Fue una de esas vivencias extremas que nunca me atreví a escribir por temor de que nadie las creyera.

Sin embargo, Hannes insiste en que no se inspiró en esos fantasmas del mediodía sino en los de segunda mano que andan por mis libros. Aunque no acabo de creerlo, lo comprendo. Me precio de tener una buena biblioteca de grandes fotógrafos, y podría contar numerosos casos en que éstos han influido en mis novelas. El más memorable para mí fue el que me sugirió el tono que me estaba haciendo falta para resolver la novela de un dictador del Caribe. Ya daba por perdidas las esperanzas una tarde del abrasante verano de Roma en que vi un libro de fotografías exhibido en una librería de la Plaza de España. Lo mostraban en la vitrina, abierto en sus páginas centrales, y allí estaba la foto de un palacio imperial en algún lugar de la India, destruido por la intemperie y devorado por la maleza, en cuyas enredaderas de campánulas amarillas se columpiaban los macacos, y por cuyos salones de alabastro se paseaban las vacas. En ese momento se me resolvió, íntegro, El Otoño del Patriarca.

Tratar de ir más lejos en el escrutinio de estos misterios es pretender invadir los reinos innumerables y sigilosos de la creación, que sólo los artistas iluminados tienen el privilegio de vislumbrar sin explicárselos. Y entre ellos, desde luego, algún fotógrafo de las servidumbres humanas, como este holandés errante que ha llegado conmigo al mismo puerto navegando por afluentes distintos, sin sospechar siquiera que ambos éramos víctimas afortunadas de los mismos engaños de la poesía.

 

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