Visiones del Siglo XX colombiano

A través de sus protagonistas ya muertos

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Presentación

Fotografía de Indira Restrepo.Alfonso López y su esposa Cecilia Caballero de López. Fotografía de Hernán Díaz.Fotografía de Carlos Duque. Revista Diners.

Texto de: Alfonso López Michelsen.

Con alguna frecuencia solía yo subtitular mis tradicionales columnas de El Tiempo, alusivas al pasado, con el nombre de “Memorias del tiempo de la oligarquía”. Era una forma de referirme al medio en el cual me correspondió vivir parte de mi adolescencia y de mi edad madura.

Por “oligarquía” se entendió, y se entiende en Colombia, al grupo político dominante al cual se es extraño. Ya habían empleado el vocablo, en el siglo xix, los nacionalistas, para descalificar al radicalismo liberal de la época y, en mi tiempo, que corresponde en cierta manera al de la supremacía electoral de nuestro partido, era el caballito de batalla contra los civiles quienes, por haber llegado al poder, en 1930, por sus propios medios, le dieron una nueva fisonomía a la vieja colectividad liberal, y quienes se sentían excluidos de los puestos de mando, así hubieran colaborado con los gobiernos de la época, apelaban al mismo recurso verbal. Fue el caso, por ejemplo, de Jorge Eliécer Gaitán, quien reacuñó el calificativo para endilgárselo a los nuevos conductores del liberalismo y a sus seguidores, lopistas y santistas, coautores de la llamada “revolución en marcha”, sindicados de ejercer un monopolio sobre el poder político por espacio de varios períodos presidenciales.

“¡Cómo se ve que López Michelsen creció entre los poderosos!”, decía un comentarista refiriéndose a algunos de mis escritos que figuran en estas páginas, y a otros que, mal que bien, hubieran podido entrar a formar parte de mis memorias. ¡Valiente descubrimiento! Para la época en que yo terminaba mis estudios de derecho en el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, Bogotá contaba con menos de 300 000 habitantes y, en una u otra forma, la mayor parte de las gentes de los estratos altos se conocían y, en ciertos casos, estaban emparentados. Mis malquerientes, en tono peyorativo, me destacaban como uno de los miembros del clan dominante, un oligarca, aun cuando sólo, pasados treinta años, es decir, en 1967 desempeñé el primer cargo público por nombramiento. No es menos cierto que mi vida había transcurrido en el ambiente propio de una ciudad que apenas estaba saliendo de ser una aldea. Difícil sería para mí desconocer el hecho de haber pertenecido a un círculo relativamente pequeño, en donde se contemplaba el panorama nacional desde un observatorio privilegiado.

Es así como mis juicios sobre los dirigentes que conocí y con quienes tuve frecuente trato y comunicación están consignados en esta colección que, lejos de ser la crónica completa de mi época, es, apenas, un testimonio, una ventana entre otras visiones más valiosas, sobre el impacto psicológico que a este autor le producían los protagonistas, cuya influencia se extendió hasta bien entrado el siglo xx. De ahí que se haya sustituido el título pensado anteriormente por el de “Visiones del siglo xx a través de sus protagonistas ya muertos”. Los historiadores del futuro contarán con innumerables referencias sobre la mayor parte de los personajes que aquí se evocan, si bien es cierto que, en mi caso, se trata de necrologías, en donde el elemento crítico está por lo general ausente, siguiendo el principio clásico de los romanos, según el cual de los muertos sólo hay que decir cosas buenas. Prefiero pensar, como alguien dijo de Raymond Radiguet, que “me cabe la satisfacción de haberles reconocido en vida, a la mayor parte de mis biografiados, lo que otros sólo les reconocieron después de muertos”.

Mirando retrospectivamente, a la altura de mis 90 años, el siglo que acaba de expirar hace apenas tres años, me parece que el juicio definitivo sobre sus logros y sus fracasos está aún muy reciente para pronunciar un fallo imparcial. Factores como la perturbación del orden público y la proliferación de los grupos armados, unos a favor y otros en contra del orden establecido, pueden influir en el sentido que cada quien le quiera dar según su tendencia ideológica. ¿Será el desorden público un fruto del rápido desarrollo de nuestro país en la segunda mitad del siglo, o será, más bien, un período de decadencia con que se cierra una etapa desafortunada de desigualdades sociales y una pésima distribución de la riqueza colectiva?

Se dice, como verdad revelada, que las revoluciones sociales son el fruto de la pobreza, de la miseria, de la clase menos favorecida en el seno de la sociedad. Si tal aserto fuera el fruto de la experiencia histórica, tendríamos que en América Latina, la cuna de los movimientos revolucionarios del siglo xx, hubiera sido la república haitiana, en donde la pobreza es más patente que en ningún otro rincón del Continente. Sin embargo, fue en Cuba, en donde, posiblemente, el ingreso per cápita era el más elevado del hemisferio, después de los Estados Unidos de Norteamérica, en donde se originó, floreció y creció el movimiento revolucionario más importante después de la emancipación. Mas no sólo basta este antecedente. Cabe señalar que, en los primeros años de la dinastía borbónica, que con Felipe V de Francia sucedió a la Casa de Austria, en el gobierno de la península ya se había producido un fenómeno semejante.

Bajo Carlos III, en la segunda mitad del siglo xviii, se removieron las barreras que limitaban el comercio con el resto de las colonias y, a semejanza de lo que ya había ocurrido en La Habana, bajo el gobierno inglés, en 1762, se puso en práctica una verdadera apertura. Hasta entonces el comercio europeo con la isla de Cuba había sido casi nulo, reducido la mayor parte del tiempo a cinco o seis barcos al año, pero, cuando los ingleses capturaron a La Habana, en la guerra de los siete años, y abrieron el puerto a sus navíos, alrededor de 100 barcos entraron en el puerto en menos de un año. Las reformas económicas de Carlos III fueron el preludio de la tarea atribuida a José Campillo y Cossio en su obra “Nuevo sistema de gobierno económico para la América”, en donde proponía abrir el comercio entre Sevilla, Alicante, Cartagena, Málaga, Barcelona, Santander, La Coruña y Gijón, a los puertos de América.

El crecimiento, a comienzos del siglo xix, era espectacular. Para la época de la muerte de Carlos III el comercio de Cuba, que en 1760 demandaba cinco o seis barcos al año, requería, en 1778, más de 200. La exportación de cueros de Buenos Aires subió de 150 000 a 800 000 por año. En la década de 1778 a 1788 el valor de la totalidad del comercio hispanoamericano se aumentó en 700 por 100, abriéndole paso en todo el continente a una prosperidad hasta entonces desconocida, pero que tuvo su manifestación en las proclamaciones de independencia, casi simultáneas, entre mayo y septiembre de los diez primeros años del siglo xix, lo cual confirma que la inconformidad americana, que se tradujo en la revolución de independencia, no provino de la centenaria pobreza de las masas de Suramérica, sino de los siete veces multiplicado el comercio entre España y sus posesiones americanas. Y, por si fuera poco, la independencia, en el siglo xx, de colonias como Indochina y Argelia, en donde se incrementaron desproporcionadamente los gastos militares en la segunda guerra mundial, se generó una prosperidad ficticia y transitoria, que explica el despertar de los pueblos aborígenes que, no contentos con transitar en bicicletas y en motocicletas, aspiraron a tener vehículos automotores, comparables a los de sus amos europeos. Vale decir, que se salieron de tener el agua hasta las rodillas en las plantaciones de arroz, para emular en el comercio y en la industria a sus amos europeos, en un explicable salto de la resignación a la inconformidad y a la ambición.

Lo modesto de la inmigración europea en Colombia durante el siglo xix, tanto como la circunstancia de estar la capital de la república a centenares de kilómetros de los puertos del Atlántico y del Pacífico, contribuyeron a hacer de nuestra patria un país sui géneris, totalmente introvertido, al cual llegaban con gran retardo las consecuencias de los trastornos mundiales.

Es casi un lugar común la afirmación de que desaparecieron los grandes líderes nacionales y que cuanto sucede obedece a la mediocridad de los dirigentes de las nuevas generaciones. Es un diagnóstico que yo no comparto, a pesar de mi estimación por nuestros antecesores y la admiración que se pone de presente en estos escritos. Me inclinaría a saquear de su obra el dicho de Churchill sobre la era victoriana, diciendo que fue una etapa histórica de grandes hombres y pequeños problemas, que se vio sustituida por una época de verdaderos grandes problemas, cuando la globalización se abrió camino y se quebrantó el aislamiento en el que se mantenía el Tíbet de Suramérica.

Con razón podría decirse que el acontecimiento decisivo, que no definitivo, en la inserción de Colombia en el orden mundial fue la separación de Panamá, que nos privó súbitamente de nuestra importancia internacional en la época en que disponíamos de la posibilidad de tener la llave de comunicación entre los dos océanos. Bien valdría la pena que alguna pluma más autorizada que la nuestra hiciera en el futuro un análisis de la desproporción entre la magnitud de nuestro compromiso con la humanidad, al ser dueños del istmo más importante del mundo, y la talla de los estadistas a quienes les correspondió administrar tan ineludible compromiso. Sin duda alguna eran servidores públicos acreedores a mil títulos en el campo de la literatura, en sus múltiples manifestaciones, pero ajenos al mundo de la economía y, sobre todo, al manejo de los conflictos internacionales. El pragmatismo, que ha debido ser regla de conducta, iba en contravía del idealismo nacional, en donde prevalecía la especulación intelectual y emocional por sobre los hechos del vivir cotidiano. Hombres, como Mosquera y Reyes, fueron la excepción, por el conocimiento que tuvieron de los negocios públicos y privados y su familiaridad con la geografía nacional, que habían recorrido, paso a paso. Núñez, que aparece como el arquitecto de una nueva república, era más un intelectual que un hombre práctico, aun cuando, por su permanencia en el extranjero, aprendió a desmenuzar las realidades de nuestra evolución política y social, sin posiciones preconcebidas. Pienso, por lo demás, que su ancestro español era tan próximo que, como en el caso de Fidel Castro, lo privaba de ser totalmente americano, o costeño, en el caso de nuestro compatriota. ¿Ouién se imagina a Núñez bailando al compás de su música afrocolombiana, o enamorando hembras de baja condición social?

La separación de Panamá, que cumple en este año su primer centenario cabal, comenzó por afectarnos psicológicamente, como la pérdida de Cuba y las Filipinas afectó a la generación española del 98; pero, con el tiempo y al recibir la indemnización de los 25 millones de dólares del Tratado Urrutia-Thompson, se le abrió a Colombia el acceso a los mercados de capitales internacionales en una proporción hasta entonces desconocida. La “prosperidad a debe”, que culminó en la crisis económica de 1930, tuvo su origen en el abuso del crédito externo que, si bien fue de carácter universal, repercutió en Colombia con un mayor impacto político y social, por la impreparación y la ausencia de dirigentes con formación internacional. Sabia fue la precaución de Olaya Herrera de apelar a asesores internacionales para institucionalizar en lo económico a la república, con misiones como la Kemerer y la de los expertos en petróleo, que pusieron al país a pensar en una nueva actitud ante la gestión de la cosa pública y, en un plazo relativamente breve, se formaron economistas y administradores como una carrera distinta de las profesiones liberales que, hasta entonces, se enseñaban en las universidades: Médicos, ingenieros y abogados. La formación de la riqueza pública y privada dejó de ser algo empírico a ser considerada como una ciencia y bien pronto se diseñaron políticas destinadas a orientar al Estado colombiano hacia un verdadero desarrollo en consonancia con los acontecimientos mundiales.

Desde la infancia, en la época de mis estudios de primaria, se nos inculcaba la idea de que éramos un país privilegiado por sus recursos naturales, que comprendían la casi totalidad de la riqueza humana en este campo, e inclusive, con algunos recursos excepcionales. No solamente se nos decía que contábamos con todos los productos del reino vegetal, gracias a la variedad de climas, sino con oro, plata, níquel e hidrocarburos. Algo que nos llenaba de orgullo: éramos dueños de los únicos yacimientos de esmeraldas del mundo. Esta sola imagen de las deslumbrantes piedras preciosas de color verde que se exhibían en las joyerías, nos hacían presumir la existencia de una fortuna incomparable. Ignorábamos lo insignificante que era dentro de nuestra balanza de comercio este rubro de las piedras preciosas. En cuanto al oro y la plata, esta última ya había desaparecido casi por completo y el oro de la era republicana no era ni remotamente comparable con lo que, en su época, saquearon los colonizadores españoles. La principal fuente del mineral de origen hídrico en manos de compañías extranjeras estaba localizada en los ríos del Chocó y del Cauca, bajo el régimen de concesión. Ya, para la época de la segunda guerra mundial, podría decirse que dichas concesiones auríferas estaban completamente agotadas.

A comienzos del siglo xx, un sacerdote de apellido Aguilar, que profundizó con mayor seriedad el tema de nuestra riqueza, llegó a la conclusión de que, en materia de exportaciones, Colombia, en comparación con el resto de las repúblicas latinoamericanas, ocupaba uno de los últimos lugares, por debajo del Ecuador y de países centroamericanos como Guatemala y Costa Rica. Pocos colombianos debieron leer este opúsculo y fue necesario el desplome de la falsa prosperidad, basada sobre el crédito externo, para que adquiriéramos conciencia de que debíamos esforzarnos por propiciar un desarrollo sostenido y recurrir a las estadísticas, más que a la imaginación, para concebir una Colombia distinta de la república pastoril, en donde la mayor fuente de ingresos fiscales eran los aranceles aduaneros y se desconocían los impuestos directos que, de tiempo atrás, nominalmente se habían consagrado en la legislación, pero que solamente vinieron a ponerse en práctica en el régimen de la “revolución en marcha”, cuando, dentro de la agitación intelectual de la época, se tocaron los temas de la tributación y del reparto de la tierra, cuestiones tan candentes que dividieron al Partido Liberal en el campo ideológico por el resto de su vigencia como partido de gobierno.

El problema de la agricultura, que ocupa un lugar prominente en el siglo xxi, data, precisamente, de la época de la “prosperidad a debe”, cuando, a semejanza de lo que debía ocurrir al final del siglo xx, se recurrió a la apertura total, invocando el argumento de que, por estar la mano de obra ocupada en los trabajos de infraestructura, no había suficientes brazos en el campo para poder autoabastecernos y era necesario importar los víveres del extranjero, a pretexto de beneficiar al consumidor, cuyo poder adquisitivo abarcaba un mayor universo alimenticio. En el breve término de unos meses se restableció el proteccionismo en los más diversos campos, desde la defensa de nuestras desfallecientes reservas monetarias, con el establecimiento del control de cambios, hasta la protección de la industria y la agricultura en términos que, más tarde, fueron refinados por la escuela de la CEPAL que presidió el profesor Prebich, con una enorme influencia sobre el pensamiento económico latinoamericano, que alcanzó a tener repercusiones en otros continentes subdesarrollados.

Una visión fragmentaria del siglo xx, con la biografía de algunos de los protagonistas, contribuirá, seguramente, con el tiempo, a una mayor comprensión de nuestra evolución histórica y, por sobre todo, la manera como los factores exógenos empezaron a pesar sobre el anacrónico andamiaje colonial de nuestro aparato productivo.

 

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