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Wayuú

Cultura del desierto colombiano

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Introducción

Texto de: Weildler Guerra Curvelo

La palabra Guajiro distinguió a individuos indígenas de la península de La Guajira hasta finales del siglo XVI, y luego se extendió a toda la población asentada al norte del río de la Hacha. Ya en 1621 Fray Pedro Simón la usaba para aludir a una Nación no sujeta al dominio español y en cuyo territorio existían miles de cabezas cimarronas de ganado mayor y menor. A pesar de los distintos gentilicios usados por cronistas y viajeros, los miembros de este grupo étnico se han autodenominado hasta hoy con el término Wayuu, que quiere decir persona. Cerca de trescientos mil individuos pertenecientes al pueblo Wayuu residen en las áreas rurales y urbanas del departamento de La Guajira en Colombia y el estado del Zulia en Venezuela. Este grupo indígena es el más numeroso en ambos países.

Dentro de la literatura etnográfica sobre la etnia Wayuu se ha afirmado con frecuencia que esta presenta divisiones subtribales sociológicamente importantes. Dichas subdivisiones son consideradas en el lenguaje etnográfico como clanes o sibs de tipo matrilineal. En la mayoría de las crónicas coloniales así como en el lenguaje cotidiano de la población no indígena se hace referencia a estas divisiones con el nombre de "castas".

Aunque puede aceptarse la existencia de clanes entre los Wayuu, llamados eÕirŸkuu, estos pueden definirse como categorías de personas que comparten una condición social y un antepasado mítico común pero que jamás actúan como colectividad. Hoy en día pueden identificarse veintidós clanes en el lado colombiano de la península, los cuales se caracterizan por ser dispersos y no corporativos. El conjunto mitológico asocia a los miembros de estos clanes con animales epónimos o con marcas de clan entregadas por seres sobrenaturales en la piedra de Alaas, en la Alta Guajira, los cuales son utilizados como emblemas por parte de los individuos para identificarse como seres distintos a los miembros de otros clanes.

En contraste, pueden conformarse también ramas de linaje Ðllamadas apŸshiiÐ que tienen un carácter corporativo. Podemos definir el matrilinaje Wayuu como un grupo de descendencia unilineal genealógicamente definido. Estos linajes tienen como elemento común los nexos de consanguinidad, ya que todos los individuos de cada grupo se identifican como descendientes de los mismos antepasados por línea femenina.

Los parientes uterinos menores usualmente designan a un hombre del grupo con el término talaula, que puede traducirse como "mi viejo", "mi tío materno" o "mi jefe". Este se encarga de organizar equipos de trabajo para diversas tareas, suavizar las tensiones surgidas entre los residentes en el asentamiento y representar a sus parientes uterinos corresidentes que se vean envueltos en disputas con otros Wayuu de grupo familiar diferente. Situaciones de grave conflicto obligan a contar con la presencia del tío materno más reconocido por su riqueza, prestigio, valor o sensatez como cabeza y representante del grupo familiar. Esta es la figura que los criollos designan con el término inapropiado de "caciques". Muchas de estas figuras son propiciadas desde la sociedad nacional por dirigentes políticos, funcionarios o comerciantes que buscan vincularse con los "caciques" o jefes tradicionales despóticos cuyo poder arrastra un gran número de seguidores. Este interlocutor único, concebido en la mentalidad de la población no indígena como un ser poderoso y autoritario, poco tiene que ver con los consensuales jefes tradicionales Wayuu, pero estos tratarán de satisfacer el estereotipo occidental si de ello derivan ventajas políticas o económicas.

Las mujeres ejercen una fuerte influencia en el seno de su familia extensa y tienen un gran ascendiente en las decisiones de los hombres; ellas pueden expresar abiertamente sus opiniones en asuntos de importancia para el grupo familiar pues los patrones de respeto no son obstáculo para que influyan sobre sus mayores. Aun en medio de los más feroces enfrentamientos se procura evitar que las mujeres sean lastimadas. Debido al respeto a su condición femenina con frecuencia son responsables de importantes procesos de interlocución con los diversos sectores de la sociedad nacional. Sin embargo, en ellas no recae la jefatura política de las distintas unidades sociales Wayuu.

El manejo de genealogías de la propia unidad familiar extensa así como de otros grupos familiares prestigiosos en la región, con los cuales se tienen relaciones de vecindad y afinidad, es parte del proceso de endoculturación en la sociedad Wayuu. Esta información puede ser vital para la supervivencia de un individuo, especialmente si su propio matrilinaje corporativo se halla involucrado en conflictos con otros grupos familiares de la península. Mientras se ocupan en las labores del tejido, las abuelas transmiten a los niños y las jóvenes que se encuentran en el encierro de la pubertad, la historia de la procedencia, migraciones, guerras y alianzas de sus mayores y bordan en su mente, de manera minuciosa, todo el tejido social del parentesco uterino. Ellas resaltan la importancia de los tíos maternos que gozaron de prestigio por su valor o riqueza. Evocarlos les permitirá ser reconocidos y considerados socialmente cuando soliciten una mujer en matrimonio, se extravíen en un camino, o visiten otros lugares del territorio guajiro.

El manejo que los Wayuu dan a sus conflictos se parece muy poco a la llamada "ley del talión". Cuando un grupo familiar se ve ofendido por la agresión física o la afrenta a uno de sus miembros, sus parientes uterinos suelen ponderar cuidadosamente sus fuerzas y las del grupo agresor, evaluando fríamente las consecuencias de las distintas opciones de acción. Es posible que luego de este cálculo el grupo familiar se decida por aquella alternativa que restablezca su dignidad en el escenario social Wayuu con el menor costo en vidas y recursos. Por ello, si el grupo agresor dispone de mayores recursos que el ofendido o ambos se hallan en una situación de equilibrio, es probable que se inclinen a negociar. Si, por el contrario, los agresores se rehúsan a compensar materialmente la falta o no disponen de bienes que permitan asegurar la paz mediante el pago de una indemnización, puede sobrevenir el enfrentamiento armado. Los conflictos Wayuu son, por lo tanto, dramas sociales que nos permiten entender sus estructuras políticas.

Un especialista en la solución de conflictos es el putchipuÕu o "palabrero". Según las narraciones indígenas, los palabreros tienen su origen en la figura de pájaros prudentes y sabios que cuando cantan presagian la ocurrencia de un suceso. Hábil orador e historiador memorioso, el palabrero inicia su discurso exponiendo las bondades de la vida y de la paz. Recuerda, a quienes lo escuchan, cómo cruentas y prolongadas guerras se iniciaron por incidentes triviales. "La vida Ðdice el putchipuÕu çngel AmayaÐ es una mujer de quince años, la muerte es la máxima pobreza aun para el más rico de los hombres". El palabrero, en su condición de intermediario, debe transmitir de manera elocuente las peticiones del grupo que solicita una compensación económica y callar las palabras ofensivas que escucha, para lograr así dar término a las disputas entre los grupos familiares. Existen diversas clases de palabreros: aquellos que se ocupan principalmente de arreglar matrimonios, otros, los de mayor prestigio y sabiduría, que actúan en casos de sangre y, finalmente, los palabreros menores, encargados de solucionar pequeñas disputas en los vecindarios indígenas, por ejemplo, aconsejar a un joven imprudente o a una mujer descuidada en las responsabilidades de su hogar.

El control de las fuentes de agua por parte de un grupo familiar tiene un fuerte arraigo en la cultura Wayuu. La tradición oral enseña que en el pasado muchos conflictos intraétnicos se originaron por el control de ese recurso. El agua es una posesión de máxima importancia para las comunidades indígenas y, al igual que los pastos, las frutas de recolección o las zonas de pesca y caza, puede encontrarse en el interior de uno de los territorios familiares, llamados wommainpa o patrias Wayuu, en donde existen viviendas y cementerios ancestrales. Un grupo familiar siempre reclamará para sus miembros la prioridad en el aprovechamiento de los recursos presentes en su territorio, y el agua es el más preciado de ellos.

Desde el siglo XVI los cronistas describen la existencia de jagŸeyes, reservorios construidos en depresiones naturales, para recolectar el agua durante la estación de lluvias; el líquido allí almacenado puede durar, en algunos casos, hasta el siguiente invierno. También mencionan las cacimbas, pozos excavados en depresiones naturales, que cuentan con escalones para facilitar el descenso durante la estación seca, cuando baja el nivel del agua. Anteriormente, quienes no disponían de este recurso, buscaban acceso a él a través de relaciones de parentesco, matrimonio o relaciones patrón-cliente. Hoy en día, el acceso a las nuevas fuentes construidas con recursos del gobierno está determinado por el curso de las relaciones micropolíticas entre quienes controlan las fuentes y quienes se abastecen de ellas.

Al igual que las fuentes de agua, la presencia de cementerios en las distintas patrias Wayuu marca hitos territoriales que señalan la precedencia en la ocupación de un área determinada por parte de un grupo familiar extenso. En muchos casos, estos se erigen sobre pequeñas colinas y montículos que permiten que las blancas tumbas sean visibles desde lejos, sensibilizando y humanizando así extensas zonas de la península. Los cementerios se hallan, por lo tanto, ligados a los principios que rigen el control territorial. Ellos, en ocasiones, pueden funcionar como escrituras colectivas de propiedad de un grupo de parientes uterinos en las disputas por el control de un territorio. Un grupo familiar extenso puede tener más de un cementerio en diferentes patrias Wayuu, que pueden ser jerarquizados según su antigŸedad. La historia de los cementerios permite la reconstrucción de migraciones, vicisitudes, matrimonios y conflictos de un grupo de parientes uterinos a través del desierto guajiro.

En los cementerios se celebran los velorios, que constituyen, sin duda, el acontecimiento social más importante de la sociedad Wayuu por cuanto evidencian el prestigio y la posición social de un determinado matrilinaje. Los velorios pueden durar varios días, de acuerdo con la posición social de la persona fallecida. Se acostumbra a despedir con varios disparos el traslado del cadáver desde la enramada donde lo han llorado sus deudos hasta el lugar en donde será sepultado.

Cuando alguien ha encontrado la muerte de manera violenta, los hombres evitan tener contacto con el cuerpo del difunto y son las mujeres las que se encargan de su preparación funeraria, pues se cree que el contacto con el cadáver hará que los hombres pierdan su valor en el combate e incluso puede provocarles la muerte posteriormente.

En los velorios se sacrifican reses y cabras cuyas almas acompañan también al difunto hacia Jepira, esa otra Guajira de los indios muertos, donde conservan la posición social que tenían en vida y donde también ocurre una segunda muerte, después de la cual los hombres pueden regresar a la tierra en forma de lluvia. En consonancia con esta creencia, años después de su primer entierro, los Wayuu realizan un entierro secundario en el que los restos del difunto se trasladan, del cementerio de construcción más reciente al más antiguo, y se mezclan con los de sus antepasados, cerrando así un ciclo de existencia coherente con su concepción mítica de la muerte.

La riqueza para un Wayuu implica una gran responsabilidad social que demanda mesura en sus formas de hablar y actuar y generosidad con sus familiares de menor solvencia económica. "ÀDe qué sirve la riqueza a un hombre si sus familiares son menesterosos? Esta familia será débil pues su prestigio y fortaleza dependerán de un solo hombre", indicaba una madre Wayuu a su hijo, instándolo para que compartiera con sus hermanos biológicos y clasificados su creciente rebaño. Se espera que un jefe tradicional Wayuu aporte recursos en mayor proporción que sus otros parientes, en la realización de un ritual funerario o en el pago de una indemnización a otro grupo familiar por la afrenta causada a uno de sus miembros.

La sociedad Wayuu se halla por lo tanto estratificada con base en la tenencia de ganado y otros bienes materiales. No obstante, las personas cuyo grupo familiar haya gozado de prestigio y renombre en el pasado, por sus riquezas o valor, gozan de gran estimación en su grupo étnico aunque hayan perdido en gran medida sus bienes materiales. Los rebaños de reses, cabras y ovejas funcionan como bancos de prestigio para el cumplimiento de obligaciones tribales, tales como el pago de la novia, la celebración de rituales funerarios y el pago de indemnizaciones por agresiones o agravios.

Un evento social de gran importancia en el territorio Wayuu es la colocación de hierros candentes y marcas en las orejas al ganado mayor y menor. Durante ese día se invita a vecinos y parientes prestigiosos a que participen directamente en la marca de los animales seleccionados. Un músico tradicional puede tocar la kasha, instrumento de percusión de origen europeo que ellos utilizan en sus danzas rituales, carreras de caballos y otros acontecimientos sociales. Los hombres, en tanto, someten a las reses para que algunos invitados puedan colocarles el emblema del clan de los propietarios. Este evento funciona como mecanismo eficaz de control social pues permitirá aclarar la propiedad de una res en caso de disputa o extravío, ya que los vecinos convidados a este acto serán llamados como testigos excepcionales por haber participado en su herraje.

Las actividades económicas más importantes son la cría de ganado, la pesca, la elaboración de artesanías y la extracción de sal y yeso en las zonas costeras. Actividades prehispánicas de subsistencia como la caza, la recolección de frutos silvestres y la pequeña agricultura estacional aún se mantienen. En contraste, el trabajo asalariado y el comercio a través de la frontera adquieren una importancia creciente en el conjunto económico de la sociedad.

El tejido Wayuu, elaborado principalmente por las mujeres, es rico en diseños tradicionales llamados kanas cuyos nombres y formas se derivan de elementos bióticos y abióticos del entorno guajiro como los genitales de asnos y las constelaciones de estrellas. Desde que la mítica araña WalekerŸ enseñó a los Wayuu el arte del tejido, este permea todo en el desierto guajiro. Se tejen los techos con varas de cactus seco llamadas yotojolo, se tejen los corrales para el ganado y también las cercas de las huertas y aquellas que protegen los cementerios, así como las grandes hamacas nupciales y los valiosos y escasos sudarios llamados shee.

El conjunto mítico refleja la organización social del pueblo Wayuu. Iiwa, la lluvia de primavera, es la madre de los Wayuu que nacieron de Jepirachi, el viento del nordeste que se origina en el Cabo de la Vela. Juyá, el invierno, hermano de Iiwa es, por tanto, el tío materno y uno de los seres sobrenaturales más importantes en sus narraciones. Él está casado con las Pulowi, seres hiperfemeninos asociados a lugares específicos de la península, a las que pertenecen los animales de la tierra y del mar. Juyá, errante y polígamo, refleja el modelo de organización social Wayuu que permite que un hombre, siempre móvil, tenga varias esposas asociadas a territorios específicos de la península a las que visita periódicamente.

A finales del siglo XIX, Henri Candelier, un viajero francés preocupado por el futuro de esta gran Nación, pronosticaba que "a la vuelta de unos veinte años ya no habrá más guajiros". La pérdida de vastas áreas del territorio ancestral y del control de los recursos naturales de la península, el menoscabo de su autonomía política, los procesos de cambio cultural acelerado, la creciente urbanización de centenares de familias indígenas en Maracaibo y Riohacha, parecen amenazar la superviviencia del pueblo Wayuu.

Hoy en día puede afirmarse que muchos indígenas son conscientes de estar inmersos en un universo social más complejo que el de sus antepasados. Sin embargo, los Wayuu tienen una alta capacidad para absorber innovaciones tecnológicas occidentales preservando, al mismo tiempo, su organización sociopolítica y sus mecanismos de control social. Ciertamente no se perciben signos que indiquen su inminente colapso cultural, como ocurre lamentablemente con otras poblaciones indígenas de Colombia y del continente. Si bien es cierto que los procesos de urbanización conllevan inevitablemente asimilación e integración, también lo es que los Wayuu han demostrado contar con un arsenal enorme de estrategias para adaptarse a una realidad siempre cambiante.

Por esta fe en su supervivencia como pueblo, Vito Apshana, el más grande poeta Wayuu ha escrito:

Por la fuerza de estar vivos
siguen los frutos del cactus
alimentando la paz de los pájaros.
Siguen mis ojos
encontrando a Iiwa y Juyou.
Siguen los sueños
conciliándonos con nuestros muertos
Las mujeres continúan entretejiendo la vida.

 

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