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Alicia Viteri

Memoria digital

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Tiempo, memoria y vida. Aproximación a la obra de Alicia Viteri

Texto de: Ángela de Picardi

Cuando Alicia Viteri llega a Panamá, hace treinta y cinco años, es todavía muy joven y ya maestra en Bellas Artes de la Universidad de los Andes de Bogotá. Trae el enorme entusiasmo de los años mozos y aquella energía de los que osan lanzarse a la conquista de la propia vida y a la realización de un ideal: el arte como un compromiso con su realidad y con la anhelada perfección estética.

Ideal cuyo devenir ve su inicio en una infancia entre los parajes brumosos y grises de la sierra nariñense, la ciudad de Pasto, su tierra natal. Esta etapa de su vida es marcada por la soledad y la melancolía del paisaje, agravadas por la pérdida prematura de sus padres; no obstante es enriquecida por la experiencia de sus correrías libres entre árboles y flores de la finca San Javier que, en un proceso de análisis y de interiorización, le permite conocer y valorizar la naturaleza, su refugio en aquellos años solitarios.

Más adelante, durante sus estudios secundarios, surge una adolescente rebelde, motivada por el instinto de la propia libertad y por los valores de ésta, enfrentada a un sistema monjil y conservador en que sus actos de protesta —como voltear tinacos o el gusto desenfadado por el baile— señalan la conciencia de su propio valor, opuesta a moldes predeterminados.

Ya universitaria, escoge cursar bellas artes en Bogotá, contrariando los deseos familiares que la querían arquitecta, en un período de formación y realización enriquecido sea académicamente por maestros como Antonio Roda, Luis Caballero, Santiago Cárdenas y Umberto Giangrandi, como personalmente por los lazos de amistad que se formaron entre Alicia Viteri y amigas entrañables que la apoyan y nutren, hasta hoy, en su caminar por la vida.

Su encuentro con Stephan Proaño, publicista de experiencias internacionales, marca definitivamente aquel viaje sin retorno que es su vida artística en Panamá, donde se ve expuesta a un ambiente cálido, extrovertido que “permite soltar a Alicia sus cordones umbilicales, pues el conflicto entre su espíritu andino y su nueva visión tropical hacen que salga de sí misma” (1984, Jaramillo).

La niña tímida de Pasto, la adolescente contestataria, la universitaria ávida de experiencias y motivada por el arte se conjugan idealmente en su nuevo papel de maestra de grabado, al introducir esta técnica en el ambiente panameño. Pionera, en Panamá, en el uso sistemático del buril y del tórculo, logra abrir espacios artísticos e incentiva nuevos soportes técnicos mediante la creación del taller de gráfica de la Universidad de Panamá y, más tarde, de Panarte (hoy, Museo de Arte Contemporáneo), donde enseña y motiva a alumnos y a colegas.

Su primera exposición en Panamá (1972), en que los insectos aparecen como único motivo de sus grabados, “escandaliza a unos y encanta a otros”, en la opinión de uno de sus primeros críticos (1972, Trujillo). Más tarde, en un ejercicio continuado y metódico de esta técnica, son sus angustiadas manos, sus misteriosas momias y sus personajes trasplantados de una sociedad quiteña sombría y decadente los que van a revelar, escandalizando o encantando, el mundo interior de esta artista que expresa, a través de su obra, un profundo auto análisis, una refinada sensibilidad lírica y, al mismo tiempo, una visión irónica, cuando no satírica, de la realidad humana, social y también política que va surgiendo, etapa tras etapa, en la evolución de su obra.

En esta evolución, Alicia Viteri sigue sorprendiendo al público: a los motivos poco convencionales se suma la diversidad de sus instrumentos técnicos. Del dibujo minucioso y de la gráfica de trazos fuertes pasa a los acrílicos, dando lugar a los medios teatrales de iluminación y sonido para crear la primera instalación que registra la historia del arte de Panamá: un mural en que los “Carnavales” y los “Funerales” se confrontan en celebrada visión irónica de la rígida y decadente sociedad burguesa, contrapuesta al dinámico y caribeño sentir popular. Al mismo tiempo encanta a un público que, apto para percibir su mensaje, se solidariza con su obra por la veracidad de sus temas, por los valores técnicos de su elaboración y por aquel diálogo íntimo y lírico que se establece entre el espectador ávido de humanidad y la artista que logra expresivamente representarla e interpretarla.

Más tarde sorprenderán a los espectadores los collages preciosistas que engalanan su visión ácida de los vicios políticos y humanos de la sociedad latinoamericana, en su serie dedicada al Príncipe Próspero.

A pesar del éxito de sus exposiciones nacionales o internacionales y de la celebración de diferentes premios, la artista repentinamente abandona sus acostumbrados blancos, negros y grises para hundirse en la naturaleza y dedicarse a paisajes en que una miríada de colores, el estudio de la luz y sus efectos cromáticos anuncian que la artista busca, con su novedosa paleta, una nueva temática, una vez que, en Alicia Viteri, sus fases de evolución se determinan en el curso de fases anteriores en las que nace y va desarrollándose la fase posterior.

Su obra se presenta, así, con una continuidad temática dedicada al estudio de la naturaleza humana, en búsqueda de interioridades profundas y recónditas, logradas mediante la dedicación, en sus diferentes etapas, al estudio y apropiación de los más variados instrumentos técnicos, que culmina con paisajes encendidos por su luz y por sus colores.

Memoria Digital

Desde el año 2000 su producción recoge el inmenso reto que la tecnología ofrece a los artistas e innova una vez más. Respondiendo a las tendencias posmodernistas, con su sincretismo y libertad en el uso de instrumentos expresivos que se suman a la utilización de medios gráficos de avanzada, la artista se apropia de la fotografía. Ésta sirve de fundamento para un exhaustivo trabajo en que la computadora, con sus programas Photoshop y Zbrush, es utilizada como un lápiz o un pincel electrónico. Gracias a su experiencia como dibujante y grabadora logra restaurar, intervenir y recrear estéticamente una colección de viejas fotografías, durante un proceso de largo aprendizaje y de intensa creatividad que abarca los últimos siete años de su producción.

La exposición “Memoria Digital” recoge, en 2002, parte de esta producción, anticipando a la crítica y a su público que la trayectoria de la artista continúa fiel a su temática, en aquella continuidad ideal que exige la honestidad artística. En un proceso cada vez más profundo de interiorización, sus nuevos instrumentos técnicos llevan al mismo hilo conductor de toda su obra: su vida, ahora mediante la reminiscencia y la representación de lo que ella misma señala como “el laberinto de mi memoria”. Se confirma lo sentenciado por Marta Rodríguez, cuando, décadas atrás, afirmaba: “En su obra, arte y vida convergen en íntima unión. Su trabajo es de carácter de confesión y testimonio que es una elongación de su ser, de su condición y de su particular circunstancia” (1988, Rodríguez).

Una ilación temática, linealmente continuada, representada figurativamente por ella misma y por aquellos personajes que la circundan en su presente o la circundaron en su memoria del pasado.

“Yo quería recoger toda la historia de la familia, mis experiencias en Panamá, en Quito, en la universidad, el amor, los amigos y, también, los enemigos”, confiesa Alicia Viteri (2004, Aguilar). “Fui creando un archivo enorme. Fui recuperando los acontecimientos más importantes de mi vida”. Pero, al mismo tiempo, esta artista se prepara, a lo largo de toda su trayectoria artística, para un trabajo que técnicamente condensa todas sus tendencias gráficas y pictóricas, mientras temáticamente es una progresión siempre más profunda de su largo proceso de estudio humano y social, pues su obra actual está enfocada hacia ella misma y hacia los que la circundaron o la circundan, “nutriéndome de la gente, del infinito paisaje humano que me rodea”.

Esta colección de fotos intervenidas y recreadas estéticamente son confesiones de la artista, quien lleva al espectador hacia la visión introspectiva de su vida, con ilustraciones vívidas y líricas de los personajes que la acompañaron o acompañan en su caminar. Una obra de carácter autobiográfico, intimista, en que sus páginas sucesivas son testimonios secuenciales de un pasado y un presente que identifican fragmentos revividos de una experiencia vital.

“Memoria Digital” recoge, como estructura de fondo, a los personajes que estructuran esta experiencia vital, identificados por las fotografías del acervo de la artista. Sin embargo estas fotos representan únicamente una parte de la realidad figurativa, aunque sirvan de fundamento para la creación. Gracias a la intervención del lápiz o pincel electrónico, mediante la manipulación digital, la artista deconstruye y reconstruye esta realidad, reinterpretando subjetivamente los motivos que le sirven de inspiración. Consigue, mediante el uso de su experimentado dibujo, enriquecer estas figuras por un fuerte juego de líneas en movimiento, logrando aquel dinamismo que las representan como pasado y presente en la incorporación de un mismo espacio. Gracias al dominio de la composición, configura narraciones verdaderas y auténticas de la vida de los personajes representados, en que no faltan características psicológicas y subjetivas de los mismos, en una íntima representación de este análisis humano a que la artista se dedica, algunas veces con ternura, otras con melancolía y, también, con ironía. Es un tiempo rememorado en que, sin límites en el espacio representado, se dan pasado y presente de lo revivido, se unen alegrías y tristezas, se suman realidades vividas y fantasías revividas por el dibujo de la artista que une el todo en un proceso lírico de altos valores estéticos. A la realidad se suma la imaginación y a ésta se acopla la honda percepción crítica, produciendo testimonios expresivos de una experiencia vital que Alicia Viteri trae a la presencia del espectador.

Tiempo y Memoria

Una lectura atenta del conjunto de estos testimonios revela el pasado y el presente de la vida de Alicia Viteri.

Las primeras imágenes de este conjunto descubren su infancia, su adolescencia, su vida universitaria y el recién estrenado papel de mujer. En estas imágenes iniciales predominan los elementos melancólicos, en donde la figura materna es un motivo omnipresente en la memoria de la artista, representado ora por frisos (Amo a mi mamá), ora en imágenes que surgen entre otras reminiscencias (Mamá corazón), ora con valores simbólicos (Hermanos), en una constante transmutación de conceptos que enriquece subjetivamente estas imágenes. En el recuerdo de su vida infantil o de su adolescencia en Pasto, la fuerza lírica de esta eterna y significativa relación entre la artista y su madre, así como su padre y su hermano, dan a este conjunto inicial de testimonios un valor revelador en el intento de unir tiempo y espacios vitales en un solo ser que es la artista.

Son narraciones en secuencia temporal —donde aparecen, además de sus padres, los hermanos, la finca San Javier, el viejo auto que rememora paseos en el campo, el paisaje de Pasto— introducidas a la visión del espectador por un elemento dominante que es el color. El dibujo de las figuras, foco de atención de estas composiciones, se diluye en perfiles borrosos para que prevalezca la exuberante representación de la naturaleza que enmarca la narración y da unidad a la composición. Ahí está el deambular de Alicia Viteri por los parajes de Pasto, ahí la niña solitaria o aquella aún protegida por su madre, ahí se observa, vestida de un intenso amarillo, la enérgica persona que aflorará en la juventud y, después de su graduación, la imagen de una fuerte y sensual mujer que descubre su brillo y su papel de protagonista en la vida (Universidad) o, como un homenaje, la admiración que la artista siente por sus maestros. Son estampas líricas cuyos valores de representación se definen en composiciones en que lo estático de las figuras sirve de contrapunto a lo dinámico de la vegetación. Sus personajes son proyectados entre filigranas de colores vivos y contrastantes que revelan un diseño meticuloso y flexible, donde sorprende la riqueza de motivos. La diversidad cromática capta vegetación, flores, mariposas, paisajes y cielo. Es una vibrante poesía íntima en que el recuerdo florece entre rasgos dinámicos que señalan el optimismo u, otras veces, en matices ensombrecidos que revelan la melancolía o, aun, en perfiles negros de frisos monjiles que revelan la crítica social y la ironía, cuando no en formas piramidales que señalan ideales. Son fragmentos de la memoria, pero son, primordialmente, logradas composiciones estéticas en donde la figuración es su centro de interés y las líneas en movimiento, las formas fantasiosas de la naturaleza que las enmarcan revelan fuerza en el trazo, dinamismo en su ilación y la capacidad subjetiva de reinterpretar lo vivido, mediante técnicas que se apoyan en un dibujo seguro. Obras que merecen un estudio acucioso del espectador para que perciba los detalles minuciosos de representación, los múltiples matices cromáticos con que la fértil imaginación de la artista y su dominio de la técnica recrean un paisaje feérico de visiones fantásticas donde la figura es motivo central pero, también, pretexto para su mensaje poético.

Como un nexo entre su presente y su pasado, en este conjunto de memorias, se presentan testimonios del período en que la artista lucha contra el cáncer. Estas imágenes señalan un retorno a etapas anteriores de su producción gráfica, en que el blanco y negro o los grises dominan la figura central que es la artista. Son autorretratos angustiosos en que manchas negras opacan la realidad de lo figurativo. Las curvas dominan estas composiciones que reviven la encrucijada dolorosa de los que enfrentan la muerte y todavía aman la vida. Aquí Alicia Viteri utiliza preferentemente recursos estilísticos de su producción gráfica y es evidente el revivir de algunos motivos de etapas pasadas: la ensombrerada de los años 80 (Torso con árboles), sus personajes fantasmagóricos de los funerales (Cucú) que la artista reinterpreta en función de sí misma, con aquella risa irónica que impide la subjetividad excesiva y valoriza el dolor como un sentimiento contenido y equilibrado. Como el huevo, En la olla, Caracoleando son fragmentos de vida en que la artista revive, además de su memoria, el análisis de personajes envueltos en la miseria de condiciones humanas. Investiga su interioridad y la expone con acentos de risa o caricatura que conllevan tanto la aceptación como la superación de estos signos fatídicos que son el dolor y la enfermedad, presagios de la muerte.

Amor finaliza esta serie dedicada al auto análisis. Una composición clásica por sus triángulos concomitantes, en donde una vez más pasado y presente se identifican. Con una extremada economía de elementos narrativos y gran dinamismo, este testimonio sintetiza el mensaje ideal de Alicia Viteri: el sentimiento que une y fortalece al hombre.

Los testimonios que forman la tercera parte de este conjunto de imágenes revelan el presente de Alicia Viteri: sus amigos, sus vecinos, sus enemigos, “la gente que me nutre”. Con variaciones notables en sus composiciones, éstas se ven dominadas por lo cinético.

Las formas y las líneas dinámicas moldean y estructuran pequeñas fotos que son, ahora, parte de la composición y no más figuras centrales. En estos testimonios se observa claramente la capacidad artística de sentir y narrar vidas, partiendo de su sensible observación. Ahí están sus amigas de universidad, los amigos de Panamá y de Quito, con sus hijos y esposos, pero, también, está aquella caracterización que, desde los detalles psicológicos a los circunstanciales, lleva al espectador a los accidentes de tiempo, lugar o modo que definen sus vidas, obligando, en esta multiplicidad de representaciones narrativas, a un enfoque particular para cada personaje y a variaciones múltiples del dibujo y del color. Alicia Viteri reinventa narrativas, las hace dinámicas por excelencia, uniendo el pasado al presente de los retratados, pero, con lujo de minuciosos detalles y fragmentos de su memoria, los transforma en una galería de personajes poéticos, valiosos por la percepción de sus alegrías o dolores, por la visión de sus realidades a través del filtro sensible con que la amistad o el intenso análisis de sus conductas los envuelve. La naturaleza, aún en dibujos refinados de vivo color y contrastes, está igualmente presente. Sin embargo no es el marco necesario para estos testimonios de su memoria, donde sobresalen ahora valores simbólicos en la interpretación y representación de sus personajes.

Así mismo, en algunos de los retratados en esta última serie de imágenes, resurge la artista introspectiva y cáustica que revela, con equilibrio de formas y escasez de detalles fantasiosos, una realidad cruel. La menina criolla, La medalla milagrosa, Baby Face hablan del conocimiento de los valores negativos del hombre, de su vanidad, de su egoísmo y, sobretodo, denotan aquella conocida capacidad de Alicia Viteri de desnudar a los retratados de sus oropeles dorados y hacer ver sus almas oscuras.

Sus testimonios, sus memorias, sus fragmentos de vida se completan, en “Memoria Digital”, con dos retratos de la gente de Panamá: uno del pasado y otro del presente. En ambas imágenes, Alicia Viteri realza la multiplicidad de rasgos étnicos, la sociedad ecléctica de hombres y mujeres que la acompañan en esta tierra en que ha podido vivir, trabajar, amar y transformar realidades en percepciones poéticas y en realizaciones estéticas. Ambas composiciones son derivadas de fotografías que, igualmente intervenidas por la manipulación digital, se unen narrativamente mediante una escena carnavalesca en que aquel profundo análisis del hombre y de la sociedad —eje de la obra de Alicia Viteri— se condensa en dos figuras: la fotografía de una hierática reina de carnavales del pasado y el dibujo de una sensual mujer que deslumbra por su ritmo curvilíneo.

Una vez más pasado y presente se complementan en un espacio compositivo y la realidad y la fantasía se integran para expresar, mediante dos personajes simbólicos, el sentido de vida de la artista: su aceptación de lo multifacético y su valorización de esta naturaleza humana rica en contrastes, vista y representada en todas sus circunstancias y condiciones, pero, siempre, con un llamado hacia lo crítico que aparece en el sentido de humor de la artista, al incorporar pasado y presente de la gente de Panamá, en esta desbordada fiesta reveladora de caracteres y pasiones que son los carnavales.

“Memoria Digital”, en su sucesión de testimonios cumple ampliamente con lo que el estudioso y crítico de arte, Lionello Venturi, demanda de la obra de arte moderna: que ésta, en su realidad dinámica, nos hable de una nueva interpretación estética que “obliga a destruir la significación del sujeto para rendirla poesía, en que la pureza estética es la fuga perdida de las sombras que dejan transparentar lo irreal. Un supremo valor casi inaccesible. Una presencia fugitiva, un carácter suspendido, el nacimiento de un mundo feérico, fértil en sorpresas que el arte moderno descubre en sensaciones visuales puras y diferenciadas”.

Notas bibliográficas

  • (1984) Jaramillo, María de la Paz, “Quince dibujos, grabados y litografías”, Estrella de Panamá, suplemento “El Istmo”, Panamá, 18 de noviembre, 1984, págs. 22-24.
  • (1972) Trujillo, Guillermo, “Los insectos de Alicia Viteri. Dibujos y Grabados”, Catálogo Exposición, Galería Arteconsult, Panamá, diciembre, 1972.
  • (1988) Rodríguez, Marta, “Alicia Viteri: El arte es vida”, Arte en Colombia, Internacional, n° 37, Bogotá, septiembre 1988, págs. 80-83.
  • (2004) Aguilar Nicolau, Amalia, “Memoria Digital, de regreso a la infancia”, Agenda, Vol. 60, Panamá, marzo 2004, págs. 72-74.
  • (1997) Venturi, Lionello, cit. in Archer, Michael, Art since 1960, Thames and Hudson Inc., New York, 1997, pág. 186.

 

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