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Álvaro Barrera

Arquitectura y Restauración

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La Restauración como Arquitectura

Conversación entre Álvaro Barrera Herrera y Alberto Saldarriaga Roa

A.S.R. – La historia de las intervenciones en el patrimonio arquitectónico colombiano está todavía por hacerse. Álvaro Barrera Herrera tiene una larga y polémica trayectoria en esa historia. Sus primeros trabajos como restaurador los adelantó en la Corporación Nacional de Turismo, entidad hoy desaparecida, que promovió varias obras importantes en diversos lugares del país. En 1968 la creación del Instituto Colombiano de Cultura, Colcultura, dio impulso al inventario de los bienes patrimoniales y luego, a través de la Subdirección de Patrimonio, asumió responsabilidades más directas en la protección de los bienes culturales del país. Álvaro Barrera ocupó ese cargo entre 1974 y 1982, en un período que hoy se considera antológico en la historia de la cultura colombiana, con la presencia de Gloria Zea como directora del instituto. Fue en esos años cuando la palabra patrimonio adquirió importancia en el lenguaje cultural del país.

A.B.H. – Desde su creación en 1968 la Corporación Nacional de Turismo había sido la entidad que más trabajos de restauración había promovido en Colombia. Una de ellas, muy importante, fue la intervención en la Quinta de San Pedro Alejandrino en la ciudad de Santa Marta. La Subdirección de Patrimonio del Instituto Colombiano de Cultura propuso en 1974 una serie de iniciativas hasta entonces poco desarrolladas en Colombia referentes al inventario del patrimonio, la formación de restauradores de bienes muebles y el manejo del patrimonio cultural con escasos recursos. Para solucionar este último problema se formó un equipo con el Banco de la República y se creó la Fundación para la Conservación y Restauración del Patrimonio Cultural Colombiano. El trabajo conjunto de las dos entidades dio como resultado un período de trabajo intenso en el rescate patrimonial. Se contó con la colaboración de restauradores de primera magnitud como Jaime Salcedo, quien hizo el proyecto para el convento de Mongui, un antiguo convento jesuíta localizado en el departamento de Boyacá. Una de las primeras obras promovidas directamente por la Subdirección de Patrimonio fue la recuperación del convento de San Agustín en la ciudad de Tunja, también en Boyacá, que estaba en peligro de ser demolido, por estar en ruinas. Colcultura aportó el proyecto y la Fundación los recursos. Ese fue mi primer trabajo frente a un inmueble de gran valor histórico.

A.S.R. – La restauración del convento de San Agustín fue un proyecto que llamó la atención desde el primer momento, especialmente por la introducción de materiales contemporáneos como el hierro en la reposición de los arcos faltantes del claustro. Esta obra se puede ver ahora como una especie de manifiesto de su postura frente a la restauración.

A.B.H. – En la recuperación del convento de San Agustín se planteó el reto de trabajar con una estructura ruinosa, con grandes faltantes en las arcadas y en los muros interiores. En ese proyecto se tomaron decisiones arriesgadas, de acuerdo con las necesidades del convento, con los principios básicos de la restauración y con el programa que se quería alojar en él. En ese sentido fue un manifiesto personal. Reemplazar las arquerías faltantes imitando las existentes hubiera sido posible, pues existía el modelo del cual copiar. En vez de optar por este tipo de intervención la reemplazamos con nuevos arcos hechos en perfiles de hierro, curvados a la manera criolla, por forjadores locales que se atrevieron a hacerlos. Los vacíos existentes en los muros se dejaron intactos, se consolidaron y en ellos se insertaron grandes vidrios. La solución estructural antisísmica de estos vacíos fue diseñada y calculada por el ingeniero Augusto Espinosa, y ha probado ser exitosa pues ha resistido varios temblores sin afectarse. Otra intervención interesante en el claustro de San Agustín fue la recuperación de la pintura mural, para la cual se contó con la colaboración de Rodolfo Vallín, llegado de México para colaborar con las actividades pedagógicas del Centro Nacional de Restauración. Desde el punto de vista los trabajos de restauración propiamente dichos fueron ejecutados con todo rigor. La presencia de los arcos metálicos y de los grandes vidrios, es decir de un lenguaje contemporáneo en el claustro colonial, fue provocadora, dio mucho que discutir, pero finalmente se reconoció como válida. Desde entonces he enfrentado problemas en los que las decisiones no son simplemente de restaurar tal o cual parte de un edificio, sino de asumir una posición personal frente al inmueble que incorpora intervenciones de diverso tipo.

A.S.R. – Después de casi dos siglos de iniciado el debate mundial sobre el manejo de la arquitectura del pasado, todavía no se ha llegado a un acuerdo sobre la manera como se debe intervenir el patrimonio inmueble. Dada la diferencia de opiniones y criterios que se presentan entre quienes ejercen la restauración de obras de arquitectura, no sólo en Colombia sino en el resto del mundo, se llega a pensar que no hay normas absolutas en este trabajo. Cómo se forma entonces un restaurador

A.B.H. – Los que iniciamos los primeros trabajos de restauración en Colombia no teníamos título oficial de restauradores. Algunos asistimos a cursos en España e Italia, gracias entre otras cosas a las becas disponibles en esos años. Buena parte de la experiencia acumulada en Colombia en los últimos 30 años se debe a los no restauradores. Hoy surge una nueva generación de profesionales que han cursado estudios de posgrado y tienen títulos de maestría en el campo de la restauración. Esto cambia significativamente el panorama laboral, pero en el fondo los problemas son los mismos. La intervención en el patrimonio inmueble requiere mucho más que la acumulación de unos saberes técnicos, es finalmente un problema de arquitectura. Un arquitecto que tenga conocimiento de la historia de la arquitectura, de la propia y de la universal, y que tenga ideas de arquitectura está capacitado para trabajar en bienes del pasado. No requiere ser un especialista. El conocimiento de técnicas de restauración es una ayuda pero no lo es todo. Ese conocimiento lo poseen los artesanos que en muchas ocasiones saben más que el arquitecto. Un buen ingeniero que conozca la vulnerabilidad de las edificaciones antiguas es esencial. Pero el que organiza todo el conjunto de trabajos es el arquitecto. Formar técnicamente un restaurador es posible, pero formarlo conceptualmente es difícil. Por ese motivo es también difícil hablar de escuelas que formen restauradores. Los conceptos no provienen de las técnicas sino del conocimiento de la historia y del sentido del arquitecto. Si no existe una idea de arquitectura en la intervención en el patrimonio, el problema se reduce a una imitación técnica y estilística del pasado. A.S.R. – Es habitual considerar la restauración como una disciplina diferente y en ocasiones separada de la arquitectura. La palabra restauración indica para muchos una técnica, más que un saber, para otros es una ciencia. Desde cierto punto de vista, es más conveniente hablar de intervención en inmuebles de valor patrimonial que de restauración. Existen diversas posiciones frente a este tipo de intervenciones unas más, otras menos ortodoxas. La misma idea de ortodoxia tiene incluso sus variaciones. Hay temor a la copia o falsificación y también hay temor de ser demasiado contemporáneos. No hay dudas en lo que se refiere al empleo de técnicas rigurosas de restauración de tal o cual material o pieza de un inmueble, pero sí las hay en cuanto al enfoque total de una obra. Hay una pregunta importante de por medio para qué se recupera una edificación Lo más obvio es decir que para prolongar su existencia y conservar su presencia en la forma más cercana posible a su estado original. Lo primero es cierto, lo segundo es ambiguo. Un bien material está inevitablemente sujeto a deterioro. Darle la posibilidad de sobrevivir al paso del tiempo es un esfuerzo válido y requiere conocimientos especiales. Lo segundo es algo relativo. Las edificaciones han respondido en cada momento de su vida a las necesidades de sus habitantes y han sido muchas veces objeto de cambios substanciales en su apariencia. Algunos de esos cambios adquirieron valor histórico, retornar al origen es muchas veces imposible. Otro problema importante es la actualización de inmuebles antiguos para adecuarse a los requerimientos de la vida contemporánea. Los usos originales de un inmueble son sustituidos por nuevos usos, muchos de ellos con exigencias especiales en cuanto a comodidad, confort ambiental y disponibilidad de instalaciones. Existen además otras implicaciones. Qué apariencia debe adquirir el inmueble restaurado Debe parecer viejo Debe parecer nuevo o renovado La vida moderna no se reduce a disponer de servicios públicos domiciliarios. Hay algo más.

A.B.H. – Para enfrentar un trabajo de intervención en una obra de arquitectura es necesario conocer sus características y actuar apropiadamente. Hay edificaciones únicas, los hitos de la arquitectura, que además tienen un uso que perdurará en el tiempo. Una iglesia antigua, por ejemplo, posee valores únicos que deben conservarse al pie de la letra. El objetivo es dar a estos bienes una vida perdurable en las mejores condiciones posibles, sin alterar su carácter. Hay otras edificaciones que por una u otra razón requieren adecuarse para nuevos usos y requerimientos propios de la vida contemporánea. En estos casos el arquitecto propone ideas que, además de recuperar los valores esenciales del bien, hacen de la intervención algo especial, adecuado a los fines previstos. En estos casos hay que hacer convivir lo antiguo con lo actual, dinamizar el bien, proyectarlo en el tiempo, darle nueva vida. Las técnicas de restauración se combinan con intervenciones contemporáneas sin perder de vista el asunto del carácter, que es lo que define finalmente el resultado final.

A.S.R. – La mayor parte de la obra de Álvaro Barrera trata de la recuperación de antiguas casas para ser usadas como vivienda. Esta es en cierta forma una especialidad. Las casas continúan siendo eso, casas, pero su carácter se transforma.

A.B.H. – Curiosamente es en el tema de la casa en el que la intervención patrimonial presenta mayores problemas conceptuales. Esto seguramente será refutado por muchos restauradores. Como ya dije, intervenir un bien de carácter monumental presenta problemas de magnitud, pero finalmente se trata de que ese bien sea lo mismo que fue. Hay criterios claros y definidos. Se debe consolidar estructuralmente y se deben recuperar sus valores. No hay cabida para muchos planteamientos conceptuales. En la vivienda hay muchos factores que considerar y uno de ellos es el del bienestar que puede ofrecer a sus habitantes. Se acepta comúnmente que en la intervención contemporánea en bienes patrimoniales es necesario introducir elementos que no existieron en el pasado, por ejemplo la electricidad, las instalaciones sanitarias y en algunos casos el acondicionamiento de aire. En las casas coloniales no había nada de eso. No había baños; el uso de los espacios era diferente. Hoy en día no se admitiría una vivienda sin esas facilidades. Pero hay mucha discusión acerca de otro tipo de intervenciones, por ejemplo el uso de nuevos materiales y del color o la introducción de piscinas. En la Colonia tampoco existían. Para que una casa sea habitable hay que pensarla. El problema no es solo de diseño de interiores. Muchas personas contratan una restauración y luego llaman al diseñador de interiores para que complete el trabajo. Esa no es mi idea.

A.S.R. – Álvaro Barrera ha realizado intervenciones en un buen número de casas coloniales en Cartagena de Indias. La ciudad, fundada en 1537 por Pedro de Heredia, fue incluida en la lista de Patrimonio de la Humanidad de la Unesco en 1984. La mayoría de las casas existentes en el centro histórico amurallado datan del siglo xvii. En cada uno de los barrios de la ciudad antigua se estableció un tipo de casa característico. Las casas altas de dos pisos, algunas de ellas con entresuelo, un piso intermedio que ocupa apenas una parte del frente de la casa y que se usó como depósito o bodega, se localizan en el sector de Santo Domingo. En los barrios de San Diego y Getsemaní predominan las casas bajas de un solo piso. El esquema típico de la casa colonial cartagenera consta de un pati o principal frente al zaguán de entrada, bordeado por tres cuerpos, uno frontal, uno lateral y uno posterior. En algunos casos se encuentran patios centrales rodeados de cuatro cuerpos. En otros sólo se encuentran el cuerpo frontal y el lateral. Originalmente existieron solares poblados de vegetación en el interior de los predios. Muchas casas coloniales cartageneras fueron intervenidas al final del siglo xix y comienzos del siglo xx. Esas intervenciones se distinguen con el nombre de republicanas para especificar las modalidades estilísticas de la ornamentación superpuesta sobre las estructuras antiguas. Años más tarde algunas casas fueron modernizadas y aparecieron obras en cemento y concreto reforzado. Álvaro Barrera ha intervenido en casas cartageneras de distinto tamaño y estado de conservación, para adecuarlas como vivienda. En este sentido, ha desarrollado una serie de planteamientos acerca del carácter que puede adquirir una casa cartagenera recuperada como vivienda.

A.B.H. – La casa colonial cartagenera tuvo como uno de sus orígenes la casa andaluza de los siglos xvi y xvii. Esa casa obedecía a unas condiciones climáticas y a una herencia cultural particulares. En Cartagena, durante el período colonial, se hicieron ajustes que respondieron, entre otras cosas, a las condiciones climáticas del trópico húmedo. Esto mismo sucedió en otros lugares del Caribe. El espíritu regional se rebeló desde un comienzo a la manera de vivir que imponía el modelo. El patio era el centro de la vida de la casa colonial cartagenera, los miradores se elevaron por encima de los techos para mirar la llegada de los barcos. Los solares, poblados de vegetación, localizados al fondo de las casas eran su paisaje interior. El color animó la arquitectura. Posteriormente, en el siglo xix y comienzos del xx la apariencia de las casas cambió. Aparecieron ornamentaciones hasta entonces desconocidas. Luego muchas casas del centro histórico cayeron en el abandono y se deterioraron. Puesto que la esencia de la casa cartagenera es introvertida, al intervenirla considero indispensable crear un mundo interior que ofrezca sensaciones placenteras a sus habitantes. Quienes habitan una de estas casas quieren sentir la presencia del trópico en la vegetación, en el agua, en el calor y la frescura, en la luz y la penumbra. El patio de entrada es un espacio que adquiere una importancia especial en este mundo privado. Ya no se necesita que sea despejado y árido, puede ser el centro del disfrute de la casa. Allí combino vegetación y agua en distintas formas. El mirador que antes se usó para fines prácticos es, hoy en día, un espacio para contemplar el mar desde el mundo privado de cada quien. En las terrazas y miradores existentes he localizado piscinas o estanques de agua. Todo esto ha causado mucha polémica entre los restauradores. Hay muchos tipos de casas coloniales cartageneras, unas grandes e imponentes, otras pequeñas y sencillas. La intervención en una casa pequeña es tan importante como la que se hace en una casa de gran tamaño. Muchas de las casas cartageneras en que he trabajado estaban deterioradas o eran casas de menor importancia en la valoración patrimonial de la ciudad. En algunos casos la intervención ha sido al pie de la letra; en otras he propuesto ideas arriesgadas, desde el punto de vista de la restauración convencional. Pero en todas ellas se ha tratado de lograr un carácter especial, algo que las hace únicas para sus dueños.

A.S.R. – Al intervenir en construcciones antiguas se encuentran materiales que ya no se fabrican, manejados con técnicas de construcción que en ocasiones ya se han olvidado. Por una u otra razón es necesario introducir nuevos materiales manejados con técnicas contemporáneas. Durante años se tuvo la idea de que un inmueble restaurado debía aparecer nuevo. Se reemplazaron los antiguos pañetes de cal y arena por pañetes nuevos en cemento. No había mucho interés por la fidelidad histórica, se prefería una apariencia renovada. Al explorar una edificación se encuentran toda suerte de vestigios fragmentos de pisos originales, pinturas murales ocultas tras capas y capas de pintura, vestigios de colores que se usaron en el pasado y que se quieren traer al presente. En ciertas ocasiones hay detalles singulares que dan carácter a la edificación y que es necesario poner en valor.

A.B.H. – Las necesidades y requerimientos del mundo contemporáneo exigen intervenciones que antes no se pensaban. Una de ellas, muy importante, es el refuerzo de la estructura portante de la edificación. Se requiere amarrar los muros de la casa con elementos que trabajen a la compresión, por ejemplo vigas de amarre de concreto reforzado. También es necesario restaurar las estructuras de madera de las techumbres. La madera original ya no se consigue y es un pecado ecológico sacrificar un bosque para arreglar una casa. En este caso la conservación de un bien puede implicar la destrucción de otro. Se requiere entonces establecer criterios para saber cómo introducir los nuevos materiales en esas reparaciones. La restauración de un muro antiguo es delicada, requiere materiales y técnicas compatibles. Otras intervenciones aceptan el uso de materiales nuevos. En el convento de San Agustín de Tunja se reemplazaron los pañetes faltantes sobre los muros de adobe, con una argamasa de cal y arena. Se hicieron exploraciones cuidadosas en los muros, las pinturas sobrepuestas en los muros a través de los años se eliminaron y se dejaron las capas más antiguas, lo que permitió además el rescate de los restos de pintura mural. Los nuevos revoques se pintaron con cal mezclada con colores minerales semejantes a los existentes. De ahí que se dieran esas manchas en los muros que en ese momento no eran comunes en trabajos de restauración. Un edificio restaurado debía parecer nuevo. En San Agustín lo antiguo se puso en evidencia. El color ha sido un elemento polémico en las intervenciones en edificaciones patrimoniales. En Colombia, en un momento dado, se determinó oficialmente que todo el patrimonio colonial y republicano debía ser blanco y esa norma se impuso en muchos centros históricos. Los primeros problemas con el uso del color se presentaron en los trabajos promovidos por la Corporación Nacional de Turismo en el claustro del Seminario y en la Quinta de San Pedro Alejandrino en la ciudad de Santa Marta. En ambas edificaciones se recuperó el color amarillo ocre. La sustentación de estas decisiones se hizo tomando en cuenta documentos históricos, por ejemplo las acuarelas de Edward Mark en las que se aprecia como era San Pedro Alejandrino en 1846. Jaime Salcedo, autor de este proyecto de restauración, fue suficientemente cuidadoso en los estudios y su planteamiento sobre el color no se pudo refutar. Cuando trabajaba en Colcultura, y casi al mismo tiempo con la obra de San Agustín de Tunja, tuve a mi cargo la restauración de la Casa Liévano que era una de las sedes del Instituto. Esta es una casa con mucha ornamentación republicana, localizada en el centro histórico de Bogotá, cerca a la Plaza de Bolívar. No había experiencias previas en la intervención del patrimonio doméstico del período republicano, el que era visto con cierto poco agrado por algunos historiadores y restauradores. Lo colonial había ocupado todo el interés en los años anteriores y la arquitectura republicana apenas comenzaba a entenderse. En la intervención de la fachada de la Casa Liévano se trabajó una combinación de los colores verde malva y diversos tonos de rojo. Como existía la creencia de que el centro histórico de Bogotá debía ser blanco, la nueva apariencia de esta casa causó escándalo. El alcalde menor de la localidad me hizo detener. Esta y otras obras dieron origen a la polémica sobre el color en el centro histórico de Bogotá, y finalmente el color se impuso. Algo semejante sucedió con la primera intervención en una casa cartagenera, localizada en la Calle de Don Sancho. La casa se había incendiado y carecía de techos. En los muros interiores y en la fachada se encontraron los colores originales. En la fachada sólo se hizo trabajo de limpieza de muros y reparación de pañetes faltantes. El algunos de los espacios interiores se dejaron expuestos los colores encontrados. La apariencia manchada de pasado resultante fue entonces vista con recelo por historiadores y restauradores. Ahora se acepta sin reparos. En lugares patrimoniales una vez recuperado lo recuperable, el resto es intervención contemporánea. Se busca valorar el carácter que daban los colores originales y con esa base se trabajan los demás colores. La decisión acerca de cuál color usar proviene de las exploraciones y también de criterios cromáticos aplicados a toda la obra. Empleo usualmente colores minerales mezclados con cal. Esta es una técnica antiquísima que se puede reproducir hoy en día e incluso se puede mejorar.

A.S.R. – Existe a simple vista un cruce de referencias entre las intervenciones patrimoniales y las obras nuevas. En las primeras se introducen elementos contemporáneos mientras que en las segundas se emplean ocasionalmente materiales y técnicas tradicionales. Lo antiguo y lo nuevo se unen en un repertorio formal y técnico.

A.B.H. – Las obras nuevas en edificios patrimoniales deben presentarse como tal. Por ello es completamente válido el introducir elementos contemporáneos, por ejemplo escaleras o puentes metálicos. En algunas obras nuevas he empleado muros en adobe para poner de presente la utilidad contemporánea de uno de los materiales propios de la arquitectura vernácula colombiana. En Perú y México se han adelantado importantes investigaciones sobre las construcciones en tierra que han dejado resultados interesantes, aplicables en el mejoramiento de la respuesta del material a la humedad y a los esfuerzos. También me interesa evocar algo de la espacialidad de las casas coloniales en términos contemporáneos. Pero no pretendo imitar el pasado ni en las obras patrimoniales ni en las nuevas.

A.S.R. – Hay, en la obra de Álvaro Barrera, elementos comunes en las restauraciones y en las obras nuevas las bóvedas, los puentes, el empleo del agua, el uso del metal, los contrastes entre elementos antiguos y nuevos. Hay también un interés expresivo en hacer de cada obra algo especial. Hay recurrencias y novedades. La restauración se ha entendido como arquitectura y, en sentido contrario, la arquitectura se ha entendido como evocación. El conjunto es una obra diversa que en el fondo conserva su unidad.

 

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