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Bogotá Viva

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Bogotá viva

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Texto de: Juan Gustavo Cobo Borda

La definen los cerros y un sabana que se diluye en la lejanía, en un contrapunto de niebla y remota cordillera. También el azul traslúcido del cielo, en ocasiones, y el repentino aire frío de las cinco de la tarde, recordándole sin piedad que es una urbe andina, implantada entre montañas. Pero esa también es la hora feliz, donde el verde y el ladrillo refulgen dentro de una luz de cálida armonía.

Humedad de páramo y un sol que pica y quema: entre esos extremos se da el prodigio de una flora rica y variada y una larga teoría de parques y jardines que la cruza en todos los sentidos. Pinos verdes y eucaliptos azules.

Solo que el invierno la vuelve gris, lloviznaba y sombría, como la describieron los remotos cronistas coloniales, los poemas de José Asunción Silva y las friolentas memorias de un hombre caribe llamado Gabriel García Márquez. Escuchemos la música de aquel poeta suicida, la cual aún perdura:

La luz vaga … opaco el día,
la llovizna cae y moja
con sus hilos penetrantes la ciudad desierta y fría.
Por el aire tenebroso ignorada mano arroja
un oscuro velo opaco de letal monotonía

De ahí sus fantasmas y sus aparecidos. Y el alma burocrática con que nació, remota capital de un vierreinato menor, entre escribientes y rábulas, estudiantes de teología y aprendices autodidactas de una flora de Bogotá que nunca se encontró. Así los discípulos de José Celestino Mutis fueron fusilados y sus láminas únicas expropiadas por España. Seis mil imágenes para revivir un paraíso vegetal en la tierra, con arrayanes y mortiños, brevo y papayuela, curuba y sietecueros. Y las orquídeas, por supuesto, entre el musgo y esas largas barbas de color plata antiguo.

Del siglo XIX al siglo XX los poetas continuan percibiendo el mismo corazón entelerido. Un gran poeta mexicano, José Gorostiza (1901 - 1973) escribió en 1948, en la Bogotá del 9 de abril, “en medio de la ruina y los discursos”, uno de sus más hondos y enigmáticos poemas: “Declaración de Bogotá”. La definió en estos términos:

La entristecida Bogotá se arropa
en un tenue plumaje de llovizna

Pero hoy tanto asfalto y tanta gente, tanto edificio y tantos buses mefíticos parecen haber aumentado su temperatura, al mostrar un exigente cambio de tono en los colores que la visten. Como si hubiese mayor energía en el conjunto, más algarabía en las músicas, más numerosos vendedores en los semáforos, al ofrecer langostinos y tarjetas para celular, pitahayas y rosas efímeras, mendicidad y risas.

Sí, ese podría ser un buen punto de partida: como si todo ese mundo penumbroso y amargo de José Antonio Osorio Lizarazo y su novela Hombres sin presente (1938), novela de empleados públicos, y El día del odio (1952), hasta los millones de desempleados de hoy en día, se viese cortado y sacudido por los brillantes relámpagos de un humor seco. De una réplica oblicua a esa ciudad que envolvió en formalismos y frases hueras su sempiterna pobreza: “déjate ver para atenderte”. Ahora la gente ya no se arremolina al pie de las máquinas excavadoras viendo hundir los cimientos de los insolentes edificios.

Ahora se bañan y se visten para deambular por los centros comerciales, atónitos ante el obsceno brillo de las boutiques y apenas capaces de pagarse un muy largo tinto con los amigos- Sí, ¡cómo no!, la ciudad del tinto y del cigarrillo, es ahora la ciudad de los yuppies, siempre de camisa azul y corbata roja, que se escapan aun momento a las puertas de las casas vueltas oficina para inhalar un cáncer clandestino. Ese, entre otros, ha sido un cambio perceptible.

Y también la rapacidad de náufragos con que tantas familias decentes venidas a menos se aferran, con uñas y dientes, rencor y envidia, a la prosapia ilustre de sus averiados apellidos, y preguntan: ¿de quién eres hijo?, ¿dónde estudiaste?, para tranquilizarse un poco en medio de esta turba de atarvanes que nadie distingue.

Y mencionar de paso, cada vez más, amplios lotes baldíos injustamente invadidos por tinterillos de quinta y desarregladas y sucias comadres que plantan palos y cartones en esa esterilidad sin servicios públicos. Allí están ahora esos barrios clandestinos tiñendo la montaña con sus colores charros, estridentes y muy reconocibles. Una nueva realidad, brutal, sórdida, colorida y viva.

La del desprecio clasista con que tantas señoras sin fortuna juzgan a las imprescindibles muchachas de servicio, considerándolas raza aparte: “¡Son todas unas indias!”. Cerrarán con llave la despensa vacía y se quejarán compungidas con las amigas. Esa será su sempiterna cantinela para el resto de su larga vida. Pero nada comparable, claro está, alma gusto de los nuevos ricos, con sus pisos de mármol y su gimnasio en el vestir, con sus 4x4 de opacos vidrios y … Pero, no es eso lo que quiero decir ni me interesa la crónica periodística. Y ahora, en verdad, las muchachas de servicio son casi todas lindas negras en uniforme blanco, educando a los niños de los ricos con su mentalidad de telenovela y las arcaicas conturbes y prejuicios de la costa y el Chocó. No. Nada de eso.

De lo que quería hablar es de fuerza irreverente y bravía que ocupa todos los espacios y los llena con su desaforado ímpetu. En el partido de fútbol, en la ciclovía, en el concierto de rock o de boleros, en la feria del libro o de las artesanías, en las biblioteca públicas y en el festival de teatro como las fotos de Cristóbal von Rothkirch lo registran con sensibilidad desprevenida y alerta.

Con una sabia conducción de lo que se extingue y lo que se consolida. Allí está la avidez para asimilar cultura y astucia, para escoger el precio más acorde con sus inexistentes recursos.

Luego de la luz y el agua, el gas, la matrícula y la ruta del bus, el mercado y la salud, ¿podemos aspirar a un cine? No, apenas la televisión o el teléfono. La nueva Bogotá que hierve y se expande, sin desdeñar la corrupción y sin morirse de la pena por no tener historia ni abolengos. La historia la hacemos cada día, al vender, puerta a puerta, y entre amigos y amigas, ropa interior y cremas de belleza, a domicilio y bolígrafos con luces de colores importados de China. Señoras, en bujeta ejecutiva, y con sastre, que debajo de la combinación llevan esmeraldas y anillos, para burlar raponeros y educar a sus hijos.

Si, quisiera hablar de esa Bogotá que se rehace a sí misma con cada quincena, contando con cuidada avaricia, subsistencia y dicha. Que ha hecho de la cultura del rebusque su signo distintivo, y que va dejando atrás todo un revenido andamiaje de pretensiones e ínfulas. La Bogotá, ambiciosa y terca, que se expande por universidades de garaje y métodos instantáneos para aprender inglés. La que se inscribe en los castings del reality show sin recordar para nada aquello del mejor español y de la Atenas suramericana. Ruinas que hoy restauran para un turismo al cual no le preocupan.

Ahora lo veo, no hay duda , más amplia y tolerante, más flexible y menos envarada, sin sombreo, corbatín ni paraguas. Con nuevos prejuicios, claro está, pero luchadora y consciente de lo que ha conseguido. En esos computadores, por ejemplo, de la biblioteca Luis Ángel Arango, siempre ocupados, de lunes a domingo. Tan saturadas de iglesias de siempre como los cines de barrio convertidos en templos cristianos, c on salmos que quizás también escuche el cielo, con guitarras que quisieran hacer menos triste nuestro tránsito inflexible. Con sus mártires, de Uribe Uribe a Gaitán, de Galán a Garzón, inabarcable, inasible, imposible de asediar, por todos sus flancos. Viéndola arracimada contra los cerros, mientras el avión desciende hacia El Dorado, entre los plásticos de los invernaderos el lento rumiar de los hatos de la sabana, o intuía, en ráfaga, cuando descendemos de la Calera o por la Circunvalación parpadea en las miles de luces que la constituyen. Pero en realidad debo intentar una novela o un poema que la diga, como estas fotos, metáforas únicas en rostros expresivos, la sintetizan.

 

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