Botero esculturas

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Presentación

Botero sobre el Torso masculino en bronce, en los talleres de fundición Mariani, Pietrasanta. 1992Botero y Hombre a caballo (sombra sobre pared). 
1992. 
Bronce, edición de 3. 
244 x 123 x 160 cmEva (detalle). 
1990. 
Bronce, edición de 3. 
360 x 140 x 120 cmCabeza (detalle). 
1981. 
Mármol de Siena. 
47 x 45 x 6 cmVenus (detalle). 
1977-1978. 
Bronce, edición de 6 más 2 pruebas de artista. 
184,8 x 85 x 64,8 cm

Texto de: Benjamín Villegas

Imaginemos al artista trabajando en su taller de Pietrasanta. Rodeado de obreros y artesanos, trabaja sus formas voluminosas en espacios grandes que sugieren ya la monumentalidad de las obras terminadas, a partir de un diseño sobre papel y un boceto en cerámica. Así comienzan las grandes obras de arte. Si resulta fácil imaginar esta escena en el taller del artista es porque en ella reencontramos una tradición de cerca emparentada con los modos de creación artística propios del Renacimiento.

Ya se ha dicho: En muchos aspectos, Fernando Botero es el último artista del Renacimiento. Por ello no es casual que haya elegido ese pequeño pueblo italiano para instalar su taller. Si de allí no puede reclamar la más radical “modernidad”, encuentra sí la vivencia atmosférica de un sentimiento singular e inefable que proviene de ese carácter de belleza y energía de la Toscana.

Y es así como de allí han salido esas gozosas y rubicundas formas humanas, esa desafiante voluptuosidad broncínea, esas reminiscencias pintorescas que recuerdan con ternura a personajes de su tierra natal, tan vivamente presentes en sus cuadros, de los que sin duda deriva su escultura dado que el volumen ya está sugerido en la búsqueda de la construcción de sus espacios pictóricos.

Pero si Botero como pintor ha creado un mundo de escenas memorables en cuadros llenos de sabiduría, la belleza de sus esculturas pertenece a otro orden de valores. La representación escultórica, al perder el rico cromatismo de los lienzos, alcanza un grado de belleza diferente, una belleza casi abstracta, pues son las formas puras, exentas, las que ahora reclaman de nosotros la emoción estética.

La escultura en Botero es la conclusión a la que llega el artista después de un largo proceso lógico que pasa por el dibujo y la pintura. Es fácil pensar que de igual manera podría juzgarse a cualquier artista que busque nuevas formas de expresión. Pero, en el caso de Botero, esa lógica se antoja mucho más clara, radical y coherente. Las voluminosas figuras de su pintura hacen que la tendencia posterior a ser abstraídas de sus paisajes naturales, sea una consecuencia de la sensualidad, la ironía y el humor propicios para ser transportadas a una nueva condición artística, sin menoscabo de su significado ni de su situación originales. Pero si estos sobreentendidos quedan intactos, el hecho de adentrarse en la tercera dimensión, a la vez que constituye un reto para el artista, lo lleva a manifestarse de otros modos como el adentrarse en el juego múltiple de las formas que, al fin y al cabo, es lo que cuenta para él. Según sus propias palabras: “Tengo la impresión de que es necesario hacer la misma cosa de muy diferentes maneras, buscando siempre un nuevo efecto; producir una visión nueva, jamás vista, es de las cosas más importantes para el artista”.

Desplegada en parques, plazas y avenidas de las grandes ciudades, la colección de esculturas que Fernando Botero entregó a los ciudadanos del mundo en su exposición itinerante ha constituido una nueva y magnífica manifestación de su singular visión artística con la cual se consagra la originalidad y el poder de creación de uno de los más grandes artistas del mundo actual.

 

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