Casa Moderna

Medio siglo de arquitectura doméstica colombiana

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Vida Moderna, Casa Moderna

El espacio del salón mira en la distancia el antiguo cuartel que recuerda el origen militar del emplazamiento. La austeridad de los muros de piedra y de la bóveda y el piso en ladrillo hacen percibir con mayor claridad los valores formales del espacio que ellos configuran. Parece revivirse aquí algo de la serenidad del espacio medieval traída al presente gracias a una refinada concepción de diseño. / Cartagena, Bolívar. Arquitecto, Rogelio Salmona. La simetría del enorme espacio de la habitación le otorga cierto aire de imponencia acentuado por los juegos de líneas de las guaduas que forman la elaborada estructura de la cubierta. En el plano del fondo esas líneas trazan un signo cuya razón de ser pareciera derivar más de una intención estética que de una estructural. / Manizales, Caldas. Arquitecto, Simón Vélez. Las circulaciones de la casa son espacios que, al ser valorados, adquieren importancia especial. El vest’bulo está dominado por la luz que ingresa por la marquesina. Su enlace con el corredor es asumido como pretexto para formar un sólido cilindro en ladrillo que adquiere un cierto carácter escultórico. / Tenjo, Cundinamarca.  Arquitectos, Willem Goebertus, Catalina Mariño. La respuesta de la casa al clima permite trabajar con el agua, la luz y la sombra, lo cerrado y lo abierto, como signos de aquello que se busca ofrecer: calor y frescura, sequedad y humedad, oscuridad y claridad. Todo ello da lugar a fuertes contrastes que enfatizan la imagen de la "tierra caliente". / Ricaurte, Cundinamarca.  Arquitecto, Jorge Pérez Norzagaray.

Texto de: Alberto Saldarriaga

Nada tan evidente y tan ambiguo como lo moderno. Muchas cosas son reconocidas y experimentadas como modernas sin entender necesariamente qué es la modernidad, ese modo de pensar, de actuar y de vivir que ha marcado la existencia mundial desde hace por lo menos dos siglos. Los signos de lo moderno son más fáciles de identificar que el pensamiento que los sustenta. El sociólogo Peter Berger resumió de la manera siguiente este problema:

…“hay al menos dos aspectos de la modernidad que la colocan en un lugar particular, al menos en la mente de los intelectuales y muy probablemente también en la de grupos más amplios de personas. Uno de ellos es la hipótesis de que la modernidad no sólo es distinta sino también superior a todo lo que la precedió. El otro es la gran cantidad de individuos que presumen saber con autoridad qué es la modernidad”…1.

Según el primero de los supuestos planteados por Berger, ser moderno es encontrarse en la última y más avanzada etapa del progreso humano, entendido como la acumulación de avances en la ciencia, la técnica, la economía, la política, la cultura y la vida cotidiana. Ser moderno es, o al menos debería ser, disponer de todos esos avances para alcanzar la más alta calidad de vida históricamente posible. Esto, como es evidente, no deja de ser un presupuesto teórico, una expectativa, distante de consolidarse en una realidad efectiva.

Marshall Berman, en su libro ya clásico titulado Todo lo sólido se desvanece en el aire, se refiere a lo moderno en una forma diferente:

“Ser modernos es encontrarnos en un entorno que nos promete aventuras, poder, alegría, crecimiento, transformación de nosotros y del mundo y que, al mismo tiempo, amenaza con destruir todo lo que tenemos, todo lo que sabemos, todo lo que somos. Los entornos y las experiencias modernas atraviesan todas las fronteras de la geografía y la etnia, de la clase y la nacionalidad, de la religión y la ideología. Se puede decir que en este sentido la modernidad une a toda la humanidad. Pero es una unidad paradójica, la unidad de la desunión: nos arroja a todos en una vorágine de perpetua desintegración y renovación, de lucha y contradicción, de ambigüedad y angustia. Ser modernos es formar parte de un universo en el que, como dijo Marx, ‘todo lo sólido se desvanece en el aire’ ”.2.

Tanto Berger como Berman se remiten a la conciencia de estar en medio de algo especial, diferente, nuevo. Esa conciencia, en el campo del intelecto, se refiere a los asuntos del conocimiento, de la historia, de la sociedad y de la cultura. En el mundo de la vida cotidiana la modernidad se hace más concreta, visible y habitable; las cosas se perciben de otra manera. Lo moderno como pensamiento es algo diferente de lo moderno como un modo de vida común, como una rutina, como una moda. Los signos visibles de la modernidad son aquellos que la acercan al ciudadano, que le permiten hacer parte del progreso, entendido éste como un conjunto de invenciones y dotaciones que facilitan o hacen más rica la cotidianidad.

Una particularidad de la cultura moderna se resume en la expresión la tradición de lo nuevo. Lisímaco Parra dice al respecto lo siguiente:

“En 1959 el crítico norteamericano Harold Rosenberg acuñó la feliz expresión ‘la tradición de lo nuevo’: la modernidad tiene una tradición, pero a diferencia del tradicionalismo que pretende encerrar en su cofre valores y pautas sacrosantos y eternos, la tradición sobre la cual se apoya lo moderno es la de aquello que a su turno y en su momento fue nuevo. La tradición significa ahora ese continuo esfuerzo, o ese continuo ‘juego’ de intentar comprender, dado que ‘todas las relaciones estancadas y enmohecidas, con su cortejo de creencias y de ideas veneradas durante siglos, quedan rotas; las nuevas se hacen añejas antes de llegar a osificarse. Todo lo estamental y estancado se esfuma; todo lo sagrado es profanado, y los hombres, al fin, se ven forzados a considerar serenamente sus condiciones de existencia y sus relaciones recíprocas”.3.

La tradición de lo nuevo puede localizarse en las altas esferas de la expresión cultural aunque también se manifiesta en terrenos más prosaicos. La asociación entre lo moderno y lo nuevo está presente en la vida cotidiana y se expresa en la fiebre de novedad, representada principalmente por las múltiples vertientes de la moda. Ser moderno y estar de moda han sido sinónimos en el seno de las culturas contemporáneas. La novedad es requisito indispensable para estar al día.

Lo moderno se hizo visible a través de las transformaciones en las ciudades y en las edificaciones. Un nuevo orden espacial distinto del tradicional se impuso como el escenario real del nuevo modo de vivir. El urbanismo y la arquitectura fueron primero instrumentos de demostración de la existencia de ese mundo moderno y luego fueron asumidos como parte integral de lo que podría ser la vida moderna. La imagen de Manhattan con sus rascacielos se convirtió en el símbolo de modernización y progreso y en el paradigma de la ciudad moderna. El rascacielos y el centro comercial fueron los nuevos templos seculares para el ciudadano y reemplazaron los templos y palacios del pasado.

La modernización de la arquitectura se ha expresado preferencialmente en dos campos diferentes y relacionados entre sí. Al primero se incorporan los avances en las técnicas de construcción. El segundo lo constituyen las concepciones básicas del espacio y de la forma. Los cambios tecnológicos iniciados en el siglo XIX y desarrollados ampliamente en el presente siglo, influyeron las concepciones abstractas del espacio y de la forma y en parte contribuyeron a precisarlas. El empleo de materiales como el concreto, el hierro, el acero y el vidrio fue en un momento dado sinónimo de progreso. Las propuestas de forma y espacio formuladas en las primeras décadas del siglo XX se sustentaron en la idea de ese progreso técnico y, a partir de ese reconocimiento, se orientaron hacia búsquedas estéticas y en concepciones espaciales de acuerdo con el espíritu del momento.

El calificativo de moderno en la arquitectura no surge sólo de las cualidades físicas de los espacios y de las edificaciones. El uso correcto de esa calificación exige referirla a un contexto específico por los conceptos y principios fundamentales de los llamados “movimientos modernos” y, en particular, a los manifiestos y programas vanguardistas de comienzos del siglo y a los ejemplos demostrativos de esos programas. La cantidad y denominación de esos movimientos modernos (o del Movimiento Moderno, como se conoce en forma genérica el conjunto) incluyen propuestas tan diversas como las del Neoplasticismo holandés, el Racionalismo italiano, el Expresionismo alemán, el Constructivismo ruso, el Organicismo escandinavo y estadinense y, sobre todos ellos, el Funcionalismo como una especie de corriente universal tan influyente que, para el ciudadano común, ha sido el sinónimo de modernidad.

Es un lugar común afirmar que la modernización llegó tardíamente a Colombia, que ha sido un proceso fragmentado y lleno de sobresaltos y que el país no es hoy completamente moderno. En suma, que en el país existe una yuxtaposición de fragmentos de tradiciones y de vida moderna, amalgamado en esas formas particulares de cultura y de vida propias de los países que se encuentran en una perpetua transición o, como lo expresa Néstor García Canclini, en sociedades “donde las tradiciones no se han ido y la modernización no acaba de llegar”.4.

Al contrario de las dos grandes transformaciones históricas precedentes, la Conquista española y la Independencia, en Colombia la modernización no obedeció a causas únicas, a procesos violentos ni a bruscas interrupciones de la vida nacional. Hacia 1930 ya existían muchos indicios modernizadores en los ámbitos de la política, de la cultura y de la economía y de la vida cotidiana de algunos sectores sociales minoritarios. Los impulsos modernizadores obedecieron básicamente a dos propósitos: el del progreso, en los órdenes político y económico, y el de la innovación, en el orden cultural. El progreso adoptó algunas de las estrategias propias del momento: modernización de las instituciones estatales, desarrollo de nuevas formas empresariales, incremento de la producción industrial, construcción de infraestructura básica. La innovación se elaboró en las expresiones culturales y en la vida cotidiana. Lo nuevo cobró importancia gradualmente. Ser moderno fue desde ese momento –y quizá lo es todavía– ser portador y agente de lo nuevo. El progreso era signo de avance, lo nuevo de actualidad.

La influencia de los Estados Unidos en el proceso modernizador colombiano fue definitiva y, a partir de determinado momento, desplazó las influencias culturales de Francia y de Inglaterra que habían reinado desde la mitad del siglo XIX. Si bien la modernidad se había gestado en Europa, los Estados Unidos fueron el principal campo de demostración de lo moderno especialmente a través de la amplia difusión de inventos sucesivos. En los Estados Unidos, sociedad pragmática y utilitarista, la modernidad no se dio como reflexión sino como acción. Allí, más que en cualquier otra parte, se establecieron las formas concretas que habrían de representar la “vida moderna”. El telégrafo, el teléfono, el fonógrafo, el automóvil, el avión, la radio, el cine, la fotografía y el rascacielos se originaron o se difundieron ampliamente en el mundo estadounidense. La cultura de masas tuvo allí un campo propicio para crecer y multiplicarse. Ser moderno, hacia 1930, era sinónimo de adoptar todo aquello que era asequible de los modos de vida estadounidenses, desde el fox-trot hasta la producción en serie.

La adopción del modo moderno de vivir no fue fácil en un país como Colombia, de espíritu conservador y tradicionalista que, hacia 1930, mostraba un atraso notable en asuntos culturales, sociales y económicos. Una vez rotos los primeros prejuicios, lo moderno se volvió obligatorio y posteriormente se convirtió casi en una religión, al punto de hacer ver todo lo pasado como indigno, sucio y desagradable. Ese proceso fue sorprendentemente rápido dadas las condiciones expuestas. En menos de veinte años, lo moderno se había vuelto moda y se valoraba como la mejor forma de habitar por la ciudadanía, con el consecuente rechazo a las formas tradicionales de habitación. Dentro de ese espectro, algunos grupos sociales adoptaron gustos y costumbres modernos y transformaron sus lugares de habitación para vivir a la manera moderna sin dejar de lado su mentalidad tradicionalista o conservadora. El carácter de “moda” dado a lo moderno, el establecimiento de la tradición de lo nuevo que contribuyó a impulsarlo por todo el mundo, ayudó a traer a Colombia una modernización puntual cuyo carácter fragmentario aún no ha sido superado.

La modernización política y económica debía manifestarse también en las ciudades, en los edificios y en la vivienda. La arquitectura moderna ingresó a Colombia como progreso y como novedad. La importancia intelectual de los movimientos modernos europeos y la curiosidad despertada por las edificaciones y los modos de vida propios de los Estados Unidos impulsaron su adopción en el país. A pesar de no ser muy amplia la vinculación del país con el resto del mundo, se conocían los nuevos planteamientos, se capacitaban profesionales y se creaban entidades y empresas para que los pusieran en práctica. Europa era la metrópoli intelectual, Estados Unidos la fuente de modelos concretos.

La modernización de la ciudad y de la arquitectura en Colombia ha sido un proceso largo y fragmentado. Ya desde fines del siglo pasado se había iniciado un cambio moderado en las técnicas de construcción, hasta entonces ceñidas a las tradiciones coloniales. El ladrillo sustituyó gradualmente al adobe, el hierro se empleó en pequeños detalles y en algunas estructuras de cierta envergadura: el Teatro Colón en Bogotá, el Teatro Heredia en Cartagena; el vidrio ya se había hecho común y se empezó a pensar en la posibilidad de abrir grandes ventanales. En las primeras décadas del presente siglo se extendió el uso del concreto reforzado, gracias al desarrollo de la industria del cemento. Se afirma que el primer edificio totalmente construido en concreto reforzado en el país fue el Hotel Magdalena en Puerto Berrío, Antioquia. En 1923 se construyó en Bogotá el edificio Pedro A. López, con planos del norteamericano Robert M. Farringon. Su estructura en cemento y acero, según el estilo americano5., no corresponde con la imagen neoclásica de su fachada. Entre 1925 y 1930 se construyeron varios edificios en las principales ciudades del país en los que se utilizaron nuevas técnicas de construcción. La introducción y desarrollo de nuevas concepciones espaciales y formales se produjo entre 1930 y 1940. El origen hipotético de la casa moderna colombiana se sitúa en esa década.

Las primeras ideas modernas de urbanismo y de arquitectura llegaron fragmentariamente a Colombia en los años 30, al tiempo con las influencias estilísticas del Art-Deco, que en ese momento se extendía por el mundo como un breve interludio premoderno. Probablemente se hicieron primero muchas casas en este estilo antes de que se construyera esa hipotética primera casa moderna, cuya huella es prácticamente imposible de encontrar. La imagen moderna de la casa colombiana se diseñó con base en esos principios de simplificación y funcionalidad y se asoció desde un comienzo a la idea de un nuevo amoblamiento y de una nueva concepción de los objetos.

La nueva casa aparecida hipotéticamente entre 1930 y 1940 rompió completamente con la imagen tradicional de las casas republicanas y, todavía más, con la de las casas coloniales. Las formas puristas, la ausencia de ornamento, la sencillez de los recintos, el interés por la luz, reflejado en el uso de grandes ventanales, todo ello era radicalmente diferente de los recodos y penumbras ornamentados del republicano y de los rústicos espacios coloniales. Para esa casa era necesario disponer de un nuevo amoblamiento, de una nueva dotación. Un mueble antiguo podría ser perfectamente anacrónico. La modernización del espacio doméstico debía ser un acto integral. También era necesario disponer de un nuevo tipo de ciudad.

En el libro titulado Arquitectura en Colombia, editado en 1951 por los arquitectos Jorge Arango y Carlos Martínez, se presentó por primera vez en forma compendiada lo mejor de las obras ejecutadas entre 1946 y ese año. En el aparte titulado “Antecedentes de la arquitectura contemporánea” se lee el siguiente comentario optimista:

“No cabe extrañarse que al tener Colombia un gran desarrollo económico entre los años de 1935 y 1950, apareciera el deseo de renovar los edificios y que la fiebre de renovación de las ciudades coincidiera con el interés de los jóvenes arquitectos.”6.

La transformación de las ciudades colombianas no fue inmediata ni total. Mucha de la primera arquitectura moderna se construyó en los centros de ciudad, en predios donde se demolieron las construcciones existentes. Durante algún tiempo la edificación moderna antecedió a los primeros resultados concretos del urbanismo moderno, el cual se expandió con posterioridad a 1950. Los predios en los antiguos centros no eran suficientemente adecuados a las iniciativas de esta arquitectura, sólo en los nuevos barrios residenciales se podían desarrollar en mejores condiciones. Por ese motivo, fue sólo en el nuevo urbanismo donde la casa moderna colombiana pudo expresarse plenamente.

Las urbanizaciones modernas se configuraron a partir de premisas relativamente comunes aplicables a todos los estratos de la sociedad. El predio o lote debería ser alargado hacia el interior de la manzana, con un frente menor y mayor profundidad. En los barrios de altos ingresos esos predios adquirieron proporciones generosas que permitieron unas normas urbanas bastante simples: la construcción debería ocupar el frente del predio, el interior, en su mayor proporción, debería ser el jardín. La holgura de las dimensiones en esos barrios favoreció la construcción de casas en un solo piso, con aislamientos por todos o casi todos sus costados. En barrios destinados a grupos sociales de ingresos menores se pensó desde un comienzo en la construcción en dos pisos, entre medianeras. Por ese motivo, la casa de un solo piso fue durante muchos años un símbolo de prestigio social y la mejor representante de la idea moderna de la casa.

Una de las cosas que diferenciaron las primeras casas modernas de sus antecesoras fue el concepto de la distribución funcional. El interior de la casa se organizó según criterios de zonificación de acuerdo con los tres grandes grupos funcionales: la zona social (sala, comedor, estudio), la zona privada (alcobas y baños) y la zona de servicios (cocina, ropas, alcoba de servicio, garaje). El antiguo vestíbulo o hall cerrado dio paso a un espacio de distribución funcional al cual accedían, o al menos deberían acceder, todas las zonas. La correcta disposición funcional fue la condición básica de todo proyecto de casa verdaderamente moderna.

Además de la correcta disposición funcional y de la construcción avanzada, la espacialidad de la casa moderna es aquello que la hace más característica y distinta de todo lo anterior. A grandes rasgos, pueden hoy distinguirse dos tendencias conceptuales y espaciales diferentes en la casa moderna colombiana que evidencian distintas interpretaciones del sentido de la modernidad en la arquitectura. La primera de ellas, la más abstracta, ha sido aquella de una espacialidad lo más neutra posible, que sigue fielmente los lineamientos funcionales como principios generadores del diseño de la casa. La otra, obviamente diferente, favorece la búsqueda de una fuerte interrelación entre el interior y el exterior de la vivienda y busca una caracterización espacial, empleando recursos tales como la textura de los materiales, los cambios de altura y el manejo de la luz. En el curso del tiempo, la primera de las concepciones espaciales antecedió a la aparición de la segunda y ésta marcó definitivamente el carácter general de la arquitectura colombiana.

En un segundo libro titulado Arquitectura en Colombia, publicado en 1963, el arquitecto Carlos Martínez describió la nueva arquitectura residencial en los siguientes términos:
“Las nuevas residencias se caracterizan por un orden diferente en la ubicación de los ambientes, por ornamentaciones más sencillas, por el empleo del vidrio en profusión junto con materiales en los que se hacen evidentes sus texturas y matices. Se construyen actualmente incontables casas con tan espléndidos acabados, tan modernas instalaciones en sus baños y cocinas, y tan variadas comodidades en sus dependencias principales, que podrían ser, en países más adelantados, las aspiraciones inalcanzadas de familias de elevadas posiciones económicas.”7.

La descripción anterior coincide con lo que es dado esperar de una vivienda proyectada y construida en los términos propios del pensamiento funcional y racional de la arquitectura europea en la primera mitad del siglo. La analogía de la casa como una máquina de habitar, formulada por el arquitecto suizo Le Corbusier en 1923 y aplicada inicialmente a las casas “económicas”, prácticas y funcionales, se proponía como modelo del nuevo modo de vivir. Esa célebre analogía, uno de los lugares comunes de la primera arquitectura moderna, no era un asunto formal, no se trataba de hacer casas a la manera de aparatos. El problema se remitía principalmente a entender el espacio de la vivienda como un conjunto de funciones eficientemente articuladas entre sí, con el mínimo de espacio desperdiciado. Esa casa no podía, de ninguna manera, albergar muebles y objetos pesados e ineficientes, para ella deberían diseñarse nuevos muebles y objetos. Cada nueva casa debería ser motivo para experimentar en las posibilidades de los nuevos modos de vivir.

La casa como máquina de habitar fue el ideal del funcionalismo, y éste es difícil de definir en forma precisa. Fue un concepto analógico cuya expresión concreta era la distribución de los distintos espacios de la edificación de modo tal que las relaciones de uso se lleven a cabo de manera eficiente y sin interferencias. El problema estético de esta nueva casa no podía ser resuelto mediante la analogía. Pero hacia 1930 ya había avanzado notablemente el nuevo lenguaje de la arquitectura. Adolf Loos, en 1910, había publicado su polémico escrito titulado Ornamento y delito en el que castigaba severamente la fiebre ornamental de la Bella Epoca y abogaba por la búsqueda de la simplificación, la cual él mismo se encargó de demostrar en una serie de proyectos en los que una geometría escueta, enunciada directamente, servía de soporte a planos lisos e incoloros, desprovistos de molduras. El movimiento holandés De Stijl o Neoplasticismo había publicado en 1917 su manifiesto en el que determinaba el plano como el elemento generador de toda arquitectura, Le Corbusier ya había esbozado hacia 1920 su lenguaje purista y la Nueva Objetividad alemana había definido muchos de los principios de la nueva racionalidad. Todas esas corrientes llegaron de algún modo a influir en la casa moderna colombiana.

Germán Téllez se refiere, en los siguientes términos, a lo que califica como el catecismo arquitectónico de los años 50:

“El exterior debe reflejar la organización del interior. La estructura se debe expresar de modo directo, sin tratamiento decorativo de ninguna clase. Deben predominar las aberturas en fachada sobre cualquier otro elemento funcional o compositivo. El espacio se mide y entiende solamente a base de volúmenes prismáticos simples ortogonales. Toda arquitectura, para ser bella en planta y adecuada en volumen, debe tener circulaciones cortas y claras y contigüidades dictadas exclusivamente por conveniencias funcionales o mecánicas. Los nuevos materiales y técnicas de construcción serán admitidos y utilizados sin cuestionamiento ninguno, independientemente de su conveniencia o economía”.8.

Una mirada a algunas de las casas construidas entre 1950 y 1960 muestra una amplia gama de interpretaciones del paradigma racionalista mediada por una notable imaginación. La nueva casa debía representar todo aquello que era paradigmáticamente moderno. Así se manifestaba claramente la ruptura con el pasado y el interés por el presente. Este espíritu se evidenció en las primeras casas proyectadas por los arquitectos Vicente Nasi y Gabriel Serrano, dos de los pioneros de la modernización de la vivienda en Colombia. A ellos se unieron arquitectos tan destacados como Jorge Arango, Alvaro Ortega, Gabriel Solano, Bruno Violi y Gabriel Largacha, y algunas firmas que realizaron una arquitectura residencial particularmente significativa en el período 1950-60.

Las casas construidas por la firma Obregón Valenzuela y Compañía, proyectadas en su mayoría por el arquitecto Rafael Obregón, pueden considerarse unas de las más representativas de ese primer espíritu moderno. De clara raíz funcionalista, con influencias estéticas de personajes como Richard Neutra y Mies van der Rohe, las casas de Obregón Valenzuela fueron en su momento los ejemplos más logrados de la nueva arquitectura doméstica colombiana. Algo similar sucede con las casas realizadas en ese mismo período por las firmas Ricaurte Carrizosa Prieto y Triana Vargas Rocha en Bogotá y por Lago Sáenz y Borrero Zamorano Giovanelli en Cali. Geométricamente rigurosas, estas casas modernas se trabajaron como composiciones abstractas, con una clara separación de zonas por función, racionalmente planeadas para ser construidas impecablemente, con un manejo diestro de los planos horizontales y verticales, de los cerramientos y de las aberturas y con un estudio esmerado de todos los detalles. Pocas de estas casas han sobrevivido y las que lo han hecho, han sido modificadas al punto de ser irreconocibles.

La acogida de estas nuevas formas habitacionales fue sorprendente y rápida. Entre 1950 y 1960 se puso de moda ser modernos. El interés modernizador permeó prácticamente todos los grupos sociales urbanos y se desarrolló una transformación notoria en la estructura física de las ciudades, ocasionada por la expansión de las áreas de vivienda en las periferias de los antiguos centros. Aparte de las casas proyectadas por arquitectos, se produjeron casas modernas hechas por constructores y por obreros de la construcción. El atraso centenario de las técnicas constructivas se vio rápidamente sustituido por el auge de las construcciones en concreto, con ventanería metálica, con acabados diversos en las fachadas y con la apariencia inequívoca de lo moderno.

El período abstracto de la casa colombiana no duró más de dos décadas. Las discusiones suscitadas en torno a la arquitectura a finales de los años 50, despertaron inquietudes acerca de la validez de los fundamentos de esa corriente funcionalista-abstracta. Aparecieron nuevas opciones, se abrieron nuevas posibilidades.

“El lugar, el paisaje, los volúmenes funcionalmente necesarios son los elementos de base que, organizados, van a crear, por un lado, ese espacio intencional y por otro la integración del conjunto al lugar. La posesión del espacio exterior no se limita por consiguiente al espacio en sí, sino que lo prolonga dentro de un espacio general, creando de inmediato un paisaje arquitectónico a partir de una realidad: el paisaje existente, y de una base lírica: los diferentes espacios entre los volúmenes”.9.

Con esas palabras, escritas en relación con un proyecto de Fernando Martínez Sanabria, el arquitecto Rogelio Salmona planteó, en 1959, lo que sería el manifiesto de un cambio en la arquitectura y en la actitud de algunos profesionales frente a las corrientes funcionalistas que para ese momento se habían institucionalizado como las más representativas de la arquitectura moderna. El cambio se originó y se desarrolló en Bogotá y después se extendió a otras ciudades del país. Sus principios se orientaron hacia la arquitectura llamada orgánica, de acuerdo con los términos dados en la discusión internacional del momento y, especialmente, con las ideas del historiador italiano Bruno Zevi, en ese momento opositor radical del funcionalismo. La arquitectura paradigmática para este movimiento fue en un comienzo la del estadounidense Frank Lloyd Wright y la del finlandés Alvar Aalto. Posteriormente la influencia de la obra de Louis Kahn fue definitiva.

La historiadora Silvia Arango relata de la siguiente forma el nacimiento de esta corriente arquitectónica:

“Aunque marginal en sus comienzos y reducida a pequeños círculos de Bogotá, la evolución de la corriente topológica en la década del 60 será de gran importancia posterior. Los planteamientos originales de esta corriente, cuando se formularon a finales de los 50, tendieron a identificarse de manera confusa con el ‘organicismo’, significando con ello libertad formal, líneas curvas, espacios intrincados e integración con la naturaleza circundante. En el panorama mundial, pasado por el cedazo conceptual de Bruno Zevi, parecía que eran efectivamente Wright y tal vez Aalto quienes representaban una ‘arquitectura del lugar’, consciente de la geografía y de los materiales locales. La versión de Zevi sobre Wright y su énfasis en la particularidad del espacio y la ideología ‘organicista’ tendrían una amplia difusión y aceptación en ciertos medios académicos. A mediados de los años 60, por ejemplo, ‘Saber ver la arquitectura’ era uno de los pocos textos de consumo estudiantil. Ante la precariedad de los esfuerzos teóricos nacionales, las elaboraciones de Zevi vinieron a llenar las necesidades de reflexión de un grupo que buscaba afanosamente respaldar conceptualmente sus intuiciones de diseño. Sin embargo, estos planteamientos iniciales resultarían pronto insuficientes, y además, la presión ejercida por las realidades locales obligaría a un desarrollo conceptual y arquitectónico propio”.10.

El entusiasmo despertado por esa nueva aproximación a la arquitectura contagió toda una generación de brillantes profesionales residentes en Bogotá y se extendió en menor escala a profesionales residentes en otras ciudades, en las que el espíritu racional persistió por más tiempo. La casa bogotana fue así durante varios años la más representativa de esta nueva concepción de la arquitectura y se convirtió en un paradigma cuya influencia se hace sentir todavía en Colombia. A raíz de este cambio de orientación se inició una etapa fructífera de búsqueda de alternativas espaciales y formales, expresadas mediante el manejo de materiales a la vista, especialmente el ladrillo y la madera. La casa fue uno de los campos preferidos de exploración. En ella se experimentaron formas y espacios distintos de los ya establecidos en el lenguaje funcionalista. De esas exploraciones surgió posteriormente la idea de la arquitectura del lugar, término que indica un sentido del espacio que va más allá de lo meramente funcional.

Hacia finales de la década de los años 70 se manifestaron en el medio profesional colombiano algunas inquietudes y brotes de rebeldía contra los modelos entonces ya establecidos y formalizados. La coincidencia de estas inquietudes con el surgimiento de las nociones posmodernas en la arquitectura y en general en la cultura no fue del todo casual. La década de los años 70 fue un momento generalizado de inquietudes en todos los campos. Las propuestas de modos alternativos de vida cobraron importancia y se extendieron por todo el mundo, sin mayores excepciones. El reconocimiento de las otras culturas fue significativo. Ello condujo a la importante revaloración del patrimonio arquitectónico y de las arquitecturas vernaculares, con sus espacialidades tan diferentes y en cierto modo tan distantes de la concepción moderna del espacio. Al mismo tiempo, se estableció la conciencia de lo latinoamericano como un fenómeno digno de atención y análisis.

La arquitectura de la casa en las dos últimas décadas ha tenido como referencia, bien sea para afirmar o para contradecir, aquello que se propuso entre los años de 1950 y 1970. La crítica a la modernidad y en especial al funcionalismo, ha favorecido la valoración de la arquitectura del lugar como una expresión particular y cargada de elementos interesantes. La mirada a las vanguardias de la primera arquitectura moderna ha permitido, de manera paralela, una recuperación de sus principios formales. El encuentro con la tradición ha dado cabida a exploraciones espaciales y técnicas que buscan elaborar con nuevas ideas aquello cuyo potencial de actualización está latente. Y, lo que es más significativo, nuevas generaciones de profesionales manifiestan, a través de sus obras, su actitud hacia la arquitectura y, en particular, hacia el tema de la casa.

La mirada retrospectiva a lo que ha sido la trayectoria de la casa moderna en Colombia, permite ver con facilidad el contrapunto que se originó entre la aproximación abstracta, funcional y racional y la aproximación de índole orgánica, que se mostró sensible a las cualidades ambientales y espaciales del lugar. El dualismo, que a veces se resolvió en forma de polaridades, a veces en forma de síntesis, marcó y sigue marcando aún, de manera definitiva, la pequeña historia de la casa moderna en Colombia. Los mejores ejemplos muestran, como siempre han podido hacerlo, el talento y la sensibilidad de quienes encargan, proyectan y realizan ese compromiso trascendental que significa hacer el espacio para que otros lo habiten.

Hoy, en pleno auge de la idea de una posmodernidad, el paradigma de la casa moderna persiste y ejerce su influencia sobre lo que se construye cada día. Hablar de una casa posmoderna es algo todavía difuso, en la misma medida en que es difusa la discusión acerca del principio y el fin de la modernidad. El espíritu de la época, considerado a comienzos del presente siglo como una sustentación de la nueva arquitectura, es hoy sustituido por un enjambre de espíritus de distintas épocas y de distintos lugares. La casa moderna es visitada por todos ellos.

Notas

  1. BERGER, Peter et al. The homeless mind. Penguin, Middlesex, 1970.
  2. BERMAN, Marshall. Todo lo sólido se desvanece en el aire. Siglo XXI, México, 1989, p.1.
  3. PARRA, Lisímaco. “Modernidad y ciencia”, en AA.VV. Estructura científica y desarrollo social. Misión de Ciencia y Tecnología, Fonade, Bogotá, 1990, p. 564.
  4. GARCIA Canclini, Néstor. Las culturas híbridas. Grijalbo, México, 1990, p. 13.
  5. ORTEGA, Alfredo. La arquitectura de Bogotá (1924). Ediciones Proa. Bogotá, 1988, p.74.
  6. ARANGO, Jorge y Martínez, Carlos. Arquitectura en Colombia. Ediciones Proa, Bogotá, 1951, p. 32.
  7. MARTINEZ, Carlos. Arquitectura en Colombia. Ediciones Proa, Bogotá, 1963, p. 13.
  8. TELLEZ, Germán. “La arquitectura y el urbanismo en la época actual. 1935 a 1979”. En AA.VV. Manual de Historia de Colombia, Tomo III. Instituto Colombiano de Cultura, Bogotá, 1979, p. 367.
  9. SALMONA, Rogelio. “Notas sugeridas por un proyecto.” En Revista Proa No. 127, Bogotá, 1959.
  10. ARANGO, Silvia. Historia de la arquitectura en Colombia. Universidad Nacional, Bogotá, 1989, pp. 237-238.

 

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