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Casa de Campo en Colombia

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Breviario para la Casa de Campo

La Calera, Cundinamarca.  Pereira, Risaralda. Anapoima, Cundinamarca. Anapoima, Cundinamarca. El Retiro, Antioquia. Anapoima, Cundinamarca. Támesis, Antioquia. Santágueda, Caldas. Manizales, Caldas. Neira, Caldas. Anapoima, Cundinamarca. Santa Rosa de Cabal, Risaralda.

Texto de: Germán Téllez Castañeda

“La ciudad comienza donde termina el campo”.
Luis Raúl Rodríguez Lamus

Al comenzar el siglo xviii, la corona británica, en cabeza de la reina Ana, le hizo a uno de sus arquitectos favoritos, sir John Vanbrugh, lo que podría ser el encargo profesional de ensueño: diseñar una gran mansión campestre, el palacio de recreo más importante del reino, prácticamente sin límite de tamaño ni de presupuesto y sin un propietario de por medio que creara dificultades a lo largo del proceso de diseño o de obra. El edificio construido según ese proyecto abstracto, sería la compensación o el agradecimiento real para el primer duque de Marlborough, varias veces victorioso sobre los detestados franceses, en la última guerra en el continente europeo, quien sería inmortalizado por sus enemigos en una canción infantil repetida en idiomas y colegios del mundo entero y convertida aquí y allá en coplas escabrosas, “Malbrouck s’en va-t-en guerre…” y “Mambrú se fue a la guerra…”.

Fue escogido, para construir el magno obsequio arquitectónico para “Mambrú”, no un lugar urbano sino un bello paisaje en la apacible campiña inglesa, cerca a donde, siglos atrás, había ocurrido la célebre batalla de Blenheim, matanza feroz que le daría categoría de sitio histórico y sangriento al proyecto campestre de sir John Vanbrugh. A la reina le fueron propuestos varios arquitectos quizá más aptos que Vanbrugh pero las malas lenguas insistieron siempre en que el favoritismo de ella hacia él no era solamente arquitectónico, así bordearan ambos la tercera edad. La celebridad social de Vanbrugh entre la aristocracia inglesa lo haría pasar a la historia como autor de una tras otra mole en el macizo y desolador neoclasicismo británico. Algún detractor suyo propondría un merecido epitafio para sir John: Pesa bien sobre él, tierra… pues él más de una pesada carga puso sobre ti.

La idea básica de la casa de campo, explicada por Alberto Saldarriaga en el texto introductorio del primer volumen de esta selección gráfica, se puede resumir así: se trata del escenario de esa otra vida que todo buen burgués requiere de cuando en cuando para deshacerse temporalmente de las fatigas de la existencia cotidiana y/o rutinaria. La teoría era que el palacio de Blenheim fuese el refugio campestre para el recreo del jefe militar agotado por el trajín y los peligros del oficio de las armas y la caballería, así como un lugar para que el buen duque de Marlborough pasara sus años de retiro en relativa tranquilidad, lejos del ajetreo mundano. La tranquila campiña, con sus añosos árboles, praderas, venados, perdices, liebres y algún furtivo zorro, le brindaría ocio y reposo luego del largo periodo de batallas feroces que habían marcado su vida. El arquitecto Vanbrugh perpetró para el sitio de Blenheim –sin tener la menor idea de que su obra, una vez realizada, le sería obsequiada al duque de Marlborough y pensando, justificadamente, que estaba destinada al uso de la familia real– el más enorme palacio campestre del reino de Inglaterra, inconvenientemente simétrico, con las tradicionales y astronómicas distancias entre cocinas y comedores, desmañadamente barroquizado y totalmente indiferente a las características ambientales del lugar. El día de la entrega del regalo arquitectónico al duque, este llegó con sus compañeros militares y una buena provisión de whisky, “port ’n’ sherry” (oporto y jerez) y coñac francés, pensando hallar allí alguna confortable y apropiada casa de campo. Quedó petrificado al ver la mole gigante que Su Majestad le obsequiaba. Tal parecía como si varias manzanas del centro de Londres hubiesen sido llevadas intempestivamente al campo. Cuando Marlborough logró recuperar el habla, agradeció el regalo con seca y helada cortesía militar y se negó de plano y para siempre a entrar al edificio que debía inaugurar. Dio media vuelta y con sus amigos, en medio de improperios, retrocedió hasta el borde de la pradera al frente del edificio. Hizo traer una gran tienda de campaña militar –la forma más elemental de refugio campestre– y la colocó con su abertura apuntando al campo abierto, de espaldas al nuevo palacio. “We shall have a few drams here… then a few more, shall we?”, fueron sus palabras.

“Vamos a beber unos tragos aquí… y luego otros más, ¿no es así?”, y se sentó con sus camaradas y viejos amigos de otrora sobre asientos militares plegables a beber uno tras otro dram, jugar cartas, cantar, reír y discutir de batallas y aventuras. Llegaron músicos lugareños y alguna que otra “dama de compañía”. El recreo del combatiente, en suma. Los invitados “civiles”, incluyendo al arquitecto Vanbrugh, se esfumaron discretamente. El duque jamás entraría al palacio de Blenheim. Pasaría la noche con sus amigos y ocasionales amigas en la headquarters’ tent, lejos de los 66 000 metros cuadrados de construcción que le habían sido obsequiados por la reina Ana. La tienda de campaña era una forma primigenia de habitáculo de recreo que resultaba familiar y placentera para el veterano militar, pero el palacio de Blenheim –que según Marlborough, habría requerido la mayor parte del regimiento de la Guardia Doméstica de Su Majestad (los chaquetas rojas) para el servicio, mantenimiento y vigilancia del edificio y sus tierras aledañas–, ¿cómo se podría definir?

La perfecta casa de campo para el veterano duque habría sido todo lo que la mole de Blenheim no era. La historia falla una y otra vez en proveer la arquitectura adecuada para una función de muy difícil definición y extraños límites como es lo que el ser humano hace socialmente mal y desconoce en general: el descanso.

En la casa de campo se permiten libertades conceptuales que no se hallan en otros géneros arquitectónicos. Si la casa es “de arquitecto”, este actúa con una libertad casi total, no estando bajo la agobiante presión de las dimensiones de un predio siempre exiguo para construir ni tiene que cumplir con normas limitantes de diseño propias de un contexto urbano, preceptos funcionales o criterios utilitarios predeterminados por las costumbres o usanzas de la vida urbana. De ahí la marcada ausencia o escasez de cánones ortodoxos de diseño, de reiterados principios de funcionalidad o de fórmulas de moda (a. “tendencias”) arquitectónicas en esta selección de casas de campo colombianas. Las “tendencias” aparecen ocasionalmente en estas páginas, más en el mobiliario y la decoración interior que en la arquitectura misma, como debe ser. La razón de fondo para ello es elemental: la casa de campo puede ser tan amablemente impráctica y arbitraria; o tan amplia o reducida como se quiera y da igual. Cumple con su cometido y no pasa nada. Cierto desorden y alguna informalidad son el sello de la casa de campo, donde pueden estar o no, y nadie se molesta por ello. El lector convendrá en que el perfecto orden doméstico visible en las fotografías que conforman este volumen se debió producir con ocasión de la toma de esas imágenes.

En el campo, el usuario termina por aceptar y adaptar su conducta a todas las condiciones que el diseño y la construcción de su refugio le imponen, dominado como está por condiciones climáticas y geográficas aplastantes. Una casa de campo es primordialmente agradable. Si el usuario emprende la tarea de modificar su casa de campo, será para crear otras imposiciones diversas de esta hacia sí mismo. Todas las relaciones físicas con un paisaje circundante son más o menos aceptables, según la enorme variedad de sensibilidades de los usuarios de residencias campestres alternativas y temporales. El repertorio espacial y formal que se puede utilizar en ellas sólo estaría limitado por la imaginación del arquitecto y/o el propietario. Se podría decir que las casas de campo son las vacaciones informales del diseño arquitectónico.

El recreo propiamente dicho que supuestamente ocurre en la casa de campo viene luego, con todas las complicaciones implícitas en el abandono de la rutina cotidiana asociada a la vida urbana. El dueño de una casa de campo pasa de trabajar para sí mismo o para otros en la ciudad a trabajar para su casa campestre, la cual puede ser tan exigente con el grupo humano que la usa como su apartamento urbano, o quizás más. La vida familiar sólo tiene, actualmente, fugaces momentos de verdadero reposo e intimidad y muy pocos de auténtico ocio, dondequiera que ocurra. No en vano, el historiador inglés Lewis Mumford señala en La cultura de las ciudades que el único lugar realmente privado e íntimo que le queda al hombre contemporáneo en su propia casa de ciudad o de campo, es el cuarto de baño. Vivir, en una casa cerca al mar o en una ladera montañosa implica tareas, deberes, obligaciones, necesidades, oficios menores que configuran, ellos también, un trabajo, no importa de cuánta servidumbre o equipamiento se disponga. En la casa de campo también se plantea el dilema de si es el habitáculo el que sirve al hombre o este el que es esclavo del lugar que creó para sí mismo. En esa compleja relación ocurre, la mayoría de las veces, una servidumbre mutua y una difícil relación de amor-odio entre el lugar y su habitante ocasional. Se entienden entonces las implicaciones intelectuales y espirituales del episodio de la tradición japonesa: un monje shintoista, en un momento de delirante exasperación, le prendió fuego al célebre pabellón dorado de Kyoto, el más hermoso del mundo asiático, pues no podía soportar la perfecta belleza de su arquitectura ni la de su profunda integración con los estanques y los jardines circundantes. ¿Complejo espasmo estético o vandalismo furioso, común y corriente?

Los emperadores, la clase gobernante, los políticos y comerciantes romanos abordaron la cuestión de la doble vida a la cual los obligaban las particulares circunstancias de una inevitable evolución histórica y social: no bastaba tener una residencia en el centro de una ciudad. Había que huir de ella cuando las presiones, el estrés o el caos de la vida familiar se tornaban excesivos; cuando era imposible tener un tiempo para descansar física y espiritualmente de las demandas impuestas por una creciente complicación de las usanzas sociales, laborales y familiares. Se trataba además de un objeto y símbolo de clase, prestigio y representación social.

El primer refugio creado por los romanos para aliviar esa presión ha trascendido todas las épocas de la historia: el club social. Las termas de Caracalla son la cumbre de esa primera alternativa arquitectónica para la casa urbana. En la sociedad de Roma imperial, machista en la teoría pero matriarcal en la práctica, el club social fue el último refugio efectivo para los hombres que escapaban de su medio familiar asfixiante y de sus mujeres insoportables.

Las villae, residencias campestres construidas a distancias cada vez mayores del centro de Roma o de otras ciudades del imperio fueron la solución a esa temporalidad apenas efímera que provee el club social. La relación de la residencia campestre romana con el paisaje circundante se deduce actualmente del análisis de las ruinas y cimientos descubiertos en numerosos lugares: aquella constituyó un género arquitectónico muy diferente del que se conoce como urbano. Las residencias burguesas de Roma o Pompeya debían estar orientadas inevitablemente hacia sus patios interiores, mientras la “villa” campestre abría sus fachadas y extendía sus dependencias en todas direcciones. La “villa” en esencia, jugaba con el paisaje, creando relaciones fantasiosas o poéticas entre el espacio natural circundante y sus propios espacios artificiales. Las más lujosas residencias romanas se apiñaban en las colinas en torno a los foros imperiales y apenas unas pocas de ellas lograron tener algún jardín de moderado tamaño, dando sus fachadas hacia callejones tan estrechos como lo permitieran las normas urbanísticas dictadas orginalmente por Nerón. Se explica así el origen circunstancial de la fabulosa casa de campo imperial próxima a Roma, conocida hoy como la Villa Adriana.

Para los invasores árabes de la que fue en tiempos pretéritos la provincia colonial de Iberia, no pasarían desapercibidos los dos géneros residenciales creados por los antiguos pobladores romanos de la provincia. En el siglo x los califas cordobeses, encerrados en las murallas de su ciudad, retomaron la tradición romana, dejando para la historia una fastuosa casa de campo, hecha exclusivamente para el ocio y el placer, abierta al cielo y a todos los horizontes, más que a pequeños patios y plazoletas interiores, aunque también los tuviese: Madinat-az-zahara, la ciudad-jardín o la ciudad florida, levantada en el más bello lugar que lograron hallar, a menos de dos leguas del centro de Córdoba. Los califas eran descendientes de gentes nómadas que enfrentaron los desiertos africanos para llegar por fín a las riberas del alto Guadalquivir, es decir, a la sucursal del paraíso sobre la tierra. Obligados a vivir en ciudades, como cualquier otra cultura en tierra ibérica, sintieron la nostalgia de los grandes espacios abiertos, a los cuales debían oponer su propia versión del paraíso, el jardín del palacio o la casa donde el agua corre eternamente o reposa en los estanques. La casa de campo es un paraíso artificial restringido, para mirar desde él a esa otra versión del paraíso natural implícita en el paisaje. Se comprende el afecto y el acendrado interés socio-político de los reinos islámicos en tierra ibérica por el campo, al comprobar allí la proliferación de casas de campo y alquerías. Se puede pensar que sea cierta la bella leyenda de que, en la época del califato cordobés y los reinos nazaríes granadinos, una ardilla podía ir, sin tocar tierra, de Córdoba a Granada, saltando de copa en copa de los cedros, naranjos, limoneros, olivos, robles, encinas, alcornoques y abedules. Luego vendría la gente castellana de los Reyes Católicos y con ellos la devastación arbórea del sur de Hispania, la desertización del campo por cuenta de los rebaños de ovejas y el abandono de la cultura islámica del agua como fuente de vida.

Al fenómeno de la aparición de la casa de campo como un género arquitectónico en la historia colombiana corresponde otro suceso aun más significativo: la muerte de la casa urbana. A partir de la segunda mitad del siglo xix la dualidad social ciudad-campo comienza a fraccionar la existencia familiar de la burguesía comerciante y otros grupos análogos, creando primero la versión nacional del club social urbano y el club campestre más tarde.

Ambos absorben una parte cada vez mayor del tiempo de vida en familia que inicialmente transcurría en su totalidad en la casa urbana. La antigua casa de hacienda colonial cambia gradualmente su papel sociológico en lo tocante a la existencia familiar: de lugar de trabajo y vida activa pasa a ser sitio de recreo y refugio con respecto al trajín urbano. Si a esto se suma la creación deliberada, en otro lugar, de algún rancho, refugio o casa campestre, “para fin de semana”, el tiempo que la familia pasará en su residencia urbana será aún más limitado. Interviene entonces otro fenómeno sociológico: tradicionalmente, las familias burguesas tardaban mucho en fraccionarse, los hijos permanecían al lado de sus padres durante más tiempo y el tamaño de las residencias de las distintas clases sociales permitía, mal que bien, esa coexistencia generacional que hoy ya no es posible. La llamada “aceleración del tiempo histórico” trajo como consecuencia la disgregación familiar muy temprana, rápida y marcada, configurando así la obsolescencia e inutilidad de la casa urbana. Se inició también y adquirió características dominantes el fenómeno de la migración urbana, es decir, la trashumancia reiterada de familias y grupos sociales dentro de las ciudades: la vieja casa de los abuelos dejó de ser el centro de la vida familiar en la ciudad y luego ocurrió lo mismo con la de los padres. Estos se verían eventualmente precisados a prescindir de su casa de segunda mitad del siglo xx pues sus hijos habrían partido hacia sus propias residencias a temprana edad. La casa de los padres conformaba, así, un género arquitectónico en vías de extinción. En adelante la vida de “los mayores” se concentraría en edificios de apartamentos y en la vida en comunidad, estando prácticamente vacías las casas que habían alojado a la totalidad de familias, que ahora sólo contaban con un máximo de dos integrantes. La muerte de la casa urbana consiste en la demolición de esta y su reemplazo por un edificio de múltiples unidades de vivienda, un estacionamiento de automóviles, un centro comercial o un bloque de oficinas. Si bien es un complejo proceso el de crear y construir una casa de ciudad, matarla es sorprendentemente fácil y rápido: basta con abandonarla, saliendo de ella sin mirar atrás. Acto seguido, la muerte fea y triste –como la de los seres humanos– de la casa citadina, sobrevendrá a corto plazo. Es una anomalía la supervivencia de una residencia urbana cuyos propietarios tengan también una casa de campo y/o, además, sean socios de un club campestre. La casa de campo es parte vital de la admisión tácita de que ya no se tienen raíces profundas en ninguna parte, con todo lo que ello implica. La casa urbana sólo es reemplazable por otra casa urbana. El apartamento, el club y la casa de campo no son sus sucedáneos o sus sustitutos sino su lápida y su epitafio.

Así como la ciudad-jardín, es decir, la pretensión romántica de llevar la ciudad al campo había demostrado ser una hazaña irrealizable, se vio también que llevar el campo a la ciudad, el sueño favorito de Le Corbusier, no era más que otra engañosa imposibilidad. El péndulo de las pretensiones históricas vuelve a oscilar en el siglo xxi con la casa de campo. Se dirá que una casa campestre es una porción microscópica de la ciudad instalada en el campo, que contamina y avería mínimamente un lugar reducidísimo del paisaje natural y que sus efectos perjudiciales son despreciables. Para una solitaria casa de campo esto es así, pero, en el caso de las docenas y centenares de casas de campo, en ese tremendo boom constructivo e invasivo –señalado por Alberto Saldarriaga en la introducción del libro Casa de recreo– que está ocurriendo aquí y allá en Colombia, ¿qué efectos acumulativos tienen a largo plazo? ¿qué paisaje natural o qué comarca sobreviven a un apiñamiento de casas de campo que en algunos lugares, como las Islas del Rosario, o el valle de Iza, o el de Sogamoso, asume ya un carácter de tugurio? Un exceso numérico de algo muy bueno es, por lo general, pésimo. La esencia del género de las casas de campo es que sean escasas, ejemplos únicos y situados a gran distancia entre sí. Si esta condición no se cumple, el “recreo” simplemente no es posible. Sin excepción, las casas incluidas en esta nueva escogencia a través de la geografía colombiana pertenecen a un nivel cualitativo muy elevado, aun dentro de su considerable variedad formal, espacial y tecnológica. Cada una de ellas es una regocijante fiesta (breve, como suelen ser las fiestas) del espíritu. Lo preocupante no serían esos, los buenos ejemplos, bien diseñados y mejor construidos, correctamente relacionados con los lugares donde se localizan, sino la multiplicación incontrolada de la ordinariez arquitectónica desatada en el campo, a expensas de los hermosos paisajes colombianos.

Se puede decir entonces que este libro muestra una significativa fracción de lo que realmente son, o debieran ser, los elementos constitutivos de una posible cultura arquitectónica campestre en nuestro país.

El burgués, momentáneamente transformado en campesino, mira al paisaje. No le basta estar de pie en una colina o en una llanura, expuesto al viento, la lluvia, el sol implacable, los insectos, el frío o el calor. Requiere estar ahí, sentado o tendido en una hamaca, contradictoriamente expuesto y a la vez protegido, integrado y separado simultáneamente del mundo exterior por la presencia material de su casa de campo. Está en el lugar pero a la vez se halla fuera de este. Capta apenas una parte del paisaje que se extiende ante su vista, pues ha crecido teniendo como necesidad vital, un primer plano perceptivo de muro, ventana o puerta. Ese interpuesto trozo de construcción vuelve artificial o afecta el resto de lo que el usuario de la casa campestre puede ver y no poco de lo que puede sentir. Este no mira gradual o pausadamente ese paisaje como lo haría un nómada, un campesino, un cazador, un artista o un animal predador, pues su visión urbana promedio no es, por lo general, selectiva. Ha debido destruir previamente toda una colina para extraer materiales arcillosos o pétreos de ella, además de crear una plataforma donde instalar su casa y de arrasar con buena parte de una llanura para abrir un camino y transportar los materiales así obtenidos para construir con estos su albergue “de recreo”. Ha debido también talar gran parte de un bosque, ojalá en un lugar distante de su casa de campo, para obtener la madera para cubiertas, pisos, muebles e incluso para encender la chimenea y hacer asados campestres; y ha debido también alterar el curso de un arroyo, desecar un lago y cegar algún manantial para tener, paradójicamente, agua en el lugar donde va a construir y para que, por fin, la hermosura artificial de su casa de campo exista y le dé albergue a su cuerpo, a su espíritu y, con alguna buena suerte, a sus ratos de descanso. La casa de campo tiene un altísimo precio histórico y ambiental, el cual lo paga el paisaje circundante, la región vecina o el pueblo más cercano. Las aves del lugar beberán, de ahora en adelante, agua clorada, fluorada y filtrada de la piscina de la casa de campo, sin insectos ahogados, semillas, hojas, polvo traído por el viento o algún ocasional renacuajo u oruga. O esperar al próximo aguacero, junto con los ratones campestres, los veloces murciélagos y los búhos nocturnos.

La cuestión esencial sigue siendo la misma: un paisaje de nuestro país adquiere una dimensión ambiental extraordinaria si en él hay una casa campestre de época colonial. Esa casa de maestro constructor, sólida y vigorosa, carente de pretensiones arquitectónicas, no fue nunca una “casa de campo” pero es dueña absoluta del lugar donde se localiza. Venida de muy lejos en el tiempo y en las distancias geográficas, tiene tal poder significativo que, al ser vista por vez primera, ya no será posible imaginar el lugar donde se halla sin la presencia de esas formas construidas o sin la simbiosis maravillosa que estas plantean entre lo natural y lo artificial, producto de una larga y afectuosa experimentación y un profundo y misterioso sentido de lugar. ¿En qué medida y en cuántas de las imágenes incluidas en el presente volumen se puede percibir esa relación mágica entre lugar y arquitectura? Entra en juego aquí el ingrediente enigmático del sentido de captación de imagen del lector. Cada quien verá en estas páginas lo que para su sensibilidad particular son logros, casos indiferentes o negativos. Ello es gratificante pero de importancia accesoria. Lo vital es que algunas de esas imágenes despierten en el observador alguna oculta pero profunda nostalgia del paraíso y quizá el misterioso sentido de lugar que todos llevamos, en mayor o menor grado, con nosotros.

Dice Antoine de Saint-Exupéry en Ciudadela­: “Conozco aquellos que buscan el mar al paso lento de sus caravanas, y desean el mar. Quienes al llegar sobre un promontorio y dominar esa extensión plena de silencio y espesor… respiran la acidez de la sal y se maravillan de un espectáculo que, de momento, no les sirve de nada, pues no se captura el mar… Entonces toman provisiones de horizonte y traen a casa la beatitud que han encontrado. Y la casa se transforma de que exista en alguna parte la llanura al alba y el mar. Pues todo abre sobre algo más vasto que sí mismo. Todo se torna sendero, ruta y ventana sobre algo más que sí mismo”.

 

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