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Contenido:

Débora Arango

Museo de Arte Moderno de Medellín

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Débora por Débora

DEBORA ARANGO
en su casa de Envigado
1986.LOS PATOS
Acuarela
0.32 x 0.50 m.LA GALLINA
Acuarela
0.32 x 0.51 m.LA RAZA EN LA CALLE
Oleo sobre lienzo
0.98 x 1.10 m.LA PLAYA
Oleo sobre lienzo
1.49 x 1. 19 m.BODEGON
Acuarela
0.33 x 0.50 m.LA CEIBA DE LA PLAY
Acuarela
0.31 x 0.40 m.BALDOSINES ESMALTADOS con retratos de personajes colombianos ilustres.CERAMICASCERAMICASCERAMICASCERAMICASCERAMICASCERAMICAS

Texto de Débora Arango.

Voy a referirle primero, en pocas palabras, cómo me inicié, cómo llegué a saber que mi vocación estaba en el pincel. No fui yo quien hizo el descubrimiento. Yo era una colegiala, una alumna del Colegio de María Auxiliadora en Medellín. Mi maestra, la hermana María Rabaccia, una religiosa italiana de exquisita espiritualidad, encontró que yo tenía facilidades para aprender a pintar y me contagió su entusiasmo por el arte. Más tarde, siendo apenas una aficionada a estas disciplinas, pero sintiendo ya el imperativo de la vocación, inicié mis estudios con el maestro Eladio Vélez. Asistí cuatro años a la escuela de pintura del Instituto de Bellas Artes que él dirige.

Con el maestro Eladio Vélez aprendí de preferencia la técnica del retrato. Cultivé ese estilo con entusiasmo. Pero yo sentía algo que no acertaba explicar. Quería no solo adquirir la habilidad necesaria para reproducir fielmente un modelo o un tema cualquiera sino que anhelaba también crear, combinar; soñaba con realizar una obra que no estuviese limitada por la inerte exactitud fotográfica de la escuela clásica. No sabía a punto fijo lo que deseaba, pero tenía la impresión de que mi temperamento me impulsaba a buscar movimiento, a romper los rígidos moldes de la quietud.

Un buen día hallé lo que buscaba. Los frescos de Pedro Nel Gómez me revelaron algo que hasta entonces desconocía, algo que no habla tenido ocasión de comprender. El estilo revolucionario de Gómez abría ante mí un nuevo y vasto campo de realización. Y entré por esa senda. Fueron tres años de intensa labor de aprendizaje, en mi segunda etapa de estudios. Cultivé al principio la acuarela y luego me inicié, ya al final, en la ejecución de desnudos. De la escuela del maestro Eladio Vélez conservo mucho de lo que en ella aprendí, tal como puede verse en el cuadro La merienda.

Se ha dicho que yo he realizado mi entrenamiento del desnudo bajo la tutela del maestro Pedro Nel Gómez. Esto no es bien exacto, pues aunque siga considerándome una alumna del maestro Pedro Nel, lo cierto es que todos los estudios de desnudos que he realizado los he ejecutado en mi casa, siguiendo mi propia iniciativa. La técnica de Pedro Nel ha influído poderosamente en mi estilo; pero yo he desarrollado el mío con temas propios, siguiendo mis personales inclinaciones. Creo que al artista que no domine el desnudo le falta todavía un buen trecho que recorrer por el camino de las realizaciones y algo que llenar en el dominio de la técnica. Sin práctica de desnudos, ningún artista ambicioso y devoto de su arte puede decir que ha completado su obra, esto en lo que se refiere al concepto puramente artístico. En lo referente al aspecto moral que quieren darle a esta clase de manifestaciones estéticas, realmente no comprendo qué tiene que ver con ellas la ética. Mi conciencia está tranquila y esto me basta. Claro que respeto mucho los conceptos de ciertas personas que me han expresado su desaprobación, porque las considero sinceras y bien inspiradas. Pero creo que sufren una lamentable equivocación, pues en mi concepto sólo los iniciados en estos achaques artísticos, pueden llegar a comprender el verdadero sentido de estas cosas. Repito no espero que todos estén de acuerdo conmigo; pero yo tengo la convicción de que el arte, como manifestación de cultura, nada tiene que ver con los códigos de moral. El arte no es amoral ni inmoral. Sencillamente su órbita no intercepta ningún postulado ético. Ni los mismos católicos ilustrados encuentran motivos de escrúpulos en la contemplación de un desnudo artístico. He venido a Bogotá porque me dicen que el ambiente artístico aquí es más amplio que aquí se diga algo sobre mi manera de pintar sin que se entretengan en consideraciones más o menos complicadas acerca de la moralidad de los temas.

La expresión pagana surge espontáneamente en mi temperamento. En alguna ocasión traté de dibujar el rostro casto de una mujer para hacer La mística y contra todas las fuerzas de mi voluntad resultó ser el rostro de una pecadora.

Algunos periódicos, La Defensa de Medellín por ejemplo, acogieron en sus columnas críticas sobre mis cuadros, pero no como fuera de pensarse, críticas sobre su valor artístico, sino sobre su significado moral. Los mismos compañeros y colegas míos quisieron reprocharme esa mi inclinación al desnudo y a la expresión de pasiones fuertes, que yo misma ignoraba y que produjo un extraño desconcierto entre quienes asistieron a la exposición.

El arte no tiene que ver con la moral No me preocupé por nada. Yo, simplemente, fui pintando y pintando... registrando los hechos.

Los críticos deberían leer las páginas admirables del sabio Dominico Sertillange acerca del Arte y la Vida y las del no menos docto Maritain en su obra Arte y Escolástica, antes de aventurarse en sus opiniones.

Mi especialidad es la figura, naturalmente, y más que la figura la expresión. En el colorido prefiero los contrastes fuertes.

Todos conocemos las estrecheces y dificultades que el ambiente presenta para esta clase de estudios; si he podido obtener algún triunfo en esta materia tan vasta y tan bella solo lo debo a la tenacidad interior que acompaña a aquellos que en un ambiente tan hostil se dedican a transmitir en lienzos la riqueza interior de la belleza. La consideración trivial de que el arte está ausente de todo convencionalismo y la certeza de mi sinceridad en la expresión de mis sentimientos, lograron al fin despreocuparme totalmente, y así he continuado mi obra.

Yo creo que el pintor no es un retratista al detalle. Cuando se pinta hay que darle humanidad a la pintura. Si no fuera así estaríamos haciéndole competencia a los fotógrafos. Algunas personas amigas se extrañan de mis cuadros y llegan a decirme que cómo puede ser bello un desnudo, a juicio de ellas grotesco. Ahí está el grande error. Un cuerpo humano puede no ser bello, pero es natural, es humano, es real, con sus defectos y deficiencias. Por otra parte, no se debe tener un concepto superficial sobre la belleza.

Los artistas que comulgamos con la escuela de Pedro Nel vamos alejándonos de los viejos moldes y nos inclinamos cada vez más hacia la cocepción modernista, revolucionaria, del arte destinado a interpretar el anhelo de las masas.

La labor del artista es de permanente progreso, de encaminarse hacia su propio encuentro y esa ha sido la norma que me he trazado. Tratar de que mi último cuadro sea superior por todos los aspectos al penúltinio.

En nuestro país para ser artista se necesita madera verdaderamente. No se puede pensar en triunfos económicos ni aún a largo plazo. A la vocación hay que agregar la abnegación, la constancia y otra cantidad de virtudes.

  • Selección de pensamientos de la artista DEBORA ARANGO, extractada de las entrevistas publicadas en los diferentes periódicos de Medellín y Bogotá durante las décadas de los años 30 y 40.

 

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