El encanto de Bogotá

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Una ciudad persistente

Sagrario detalle de portal, capilla del sagrario (Dumfahrt)Detalle de balcón, Colegio San Bartolomé (Dumfahrt)Detalle de estatua y campanario, catedral primada (Dumfahrt)Detalle de portal, barrio La Merced (Dumfahrt)Detalle de cornisa, centro histórico (Dumfahrt)Escudo en piedra, barrio La Candelaria (Dumfahrt)Detalle de arco ojival, centro histórico (Dumfahrt)Escultura en piedra, sector histórico (Dumfahrt)

Texto de: Alvaro Gómez Hurtado
Líder Político

Allá en lo alto, entre brumas y lluvias, como escondida en los cerros, siempre estuvo la Capital. Su razón de ser fue ésa. La capitalidad no le sobrevino, como a otras ciudades, cuando ya eran. Bogotá nació, en medio de la inmensidad, alejada de todo, en el centro geográfico de algo que aún no existía, para ser Caput, cabeza lo poco conocido, lo mucho por conocer, todo debería girar en torno suyo. Y esa certeza de ser el centro, le dio a Santa Fe de Bogotá su carácter.

Ello explica que, desde un principio, siendo apenas un conjunto de chozas, sus limitaciones y pobrezas tuvieran dignidad. Y milagrosamente, sin murallas, sin escuadrones, casi sin alguaciles, fue la sede de la autoridad. Obedecida siempre, también sin cárceles, sin autos de fe, sin expediciones punitivas. Algo le había sido otorgado que la hizo solemne en su humildad y que suscitó la reverencia y el acatamiento de las otras villas y ciudades. En su indefensión y en su aislamiento, Santa Fe de Bogotá habría merecido, en tiempo de los romanos, el calificativo de augusta, que ellos otorgaban a sus fundaciones preferidas para darles un carácter maternal. La ciudad fue pacífica porque se sabía importante. Fue pacífica siempre, aun en tiempo de guerra. Y la supremacía de sus habitantes no se afianzaba en la fuerza sino en la dignidad de una representación de valores superiores: el Rey, el orden, la Fe- más tarde la ley, la voluntad popular. En el aislado microcosmos de la nación colombiana durante el siglo XIX, Bogotá podía considerarse como el centro de¡ mundo. Tuvo el acierto de encontrar grandeza en un universo de relatividades menores.

Y creó su propio estilo. Consiguió un amaneramiento indispensable para singularizarse, para hacer sentir su superioridad. Y ello se obtuvo con humor sutil, repentista y mordaz. No hay entre los tipismos colombianos uno más seguro que el del cachaco. La manera de ser del bogotano fue imitada en las provincias vecinas, donde ello era posible y contrastada en las distantes donde no era viable ninguna asimilación. El mando bogotano muchas veces aparecía sombrío. Era la ciudad del águila negra en su escudo, con cerros vecinos de color carbón, los habitantes ritualmente vestidos de negro, y negras también las aves que la sobrevolaban. Este aspecto adusto, favorecido por el clima, era el aparato formal de su superioridad.

Y Bogotá, estancada durante siglos, tuvo que soportar en pocas décadas el crecimiento atropellado, que le impuso esa capitalidad que antes le había dado sus valores esenciales. Y llegaron multitudes de migrantes, y los edificios perforaron la capota de nubes, y los barrios se extendieron como resecas cartas de naipe y todo el preciosismo de una existencia meticulosa se convirtió en un manejo inesperado de grandes números, de volúmenes crecientes, de hacinamiento de cosas disímiles. ¡Cosa era de volverse loco!. Y todos los días más de lo nuevo, más de lo desconocido, más de lo que parecía in dominable.

Y la ciudad se mantuvo con su dignidad inhiesta, con una extraña seguridad en la perduración de sus características primordiales. Los jóvenes que no conocieron a la vieja Bogotá, le atribuyen ahora calidades iniguales a las que siempre tuvo, como si nada hubiese cambiado, como si las multitudes fueran nativas de esta urbe, como si hubiera habido tiempo y constancia para unificar temperamentos. La capitalidad actual tiene una virtud unificante. Disciplina. Se transforma en una bogotaneidad que las gentes adoptan sin resistencia, como una condición inevitable.

La ciudad sigue creciendo, con ímpetu que no declina, sin planeación, ocupando espacios que no le deberían pertenecer, pero haciéndolo con ánimo provisional con la certidumbre de que un día, la riqueza que habrá de sobrevenir le permitirá enderezar los entuertos que ahora se cometen contra la lógica y la estética por causa de ¡os apremios del crecimiento.

En medio del cambio, la ciudad de los latínales aceptó una consigna: in sou esse perseverare. Seguir siendo la misma. Y por ello Bogotá cumple hoy su misión de siempre, sin perder su talante. Imponiendo su estilo en medio del barullo de la modernidad.

 

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