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Fútbol

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El contagio de una pasión

Texto de: Hernán Peláez Restrepo

El fútbol es quizás el fenómeno más grande de masas en la actual cultura. Nadie puede explicar qué fuerza nace cuando chocan 22 jugadores en un campo abierto, o en un mamotrético estadio. Por qué millones de personas en el mundo –y el más claro espejo de ello es un mundial– se interesan, viven, sufren, y gozan con este espectáculo.

En Colombia, desde los albores del siglo pasado, el fútbol fue creciendo paralelamente al interés por verlo y a la pasión por disfrutarlo. A partir de entonces ha seguido en permanente oscilación. Históricamente hablando, siempre se supo que el fútbol ingresó a Suramérica por los puertos marítimos, en nuestro caso Barranquilla. Aunque algunas versiones sostienen su ingreso por Pasto, la semilla traída por los marineros ingleses fue germinando. En sus horas de ocio en tierra, estos marineros armaban juegos que no sólo despertaban la curiosidad de los nativos, sino que los animaban a participar.

Nuestro fútbol, este profesional, comenzó con un transplante de tecnología procedente del sur del continente, cuando en 1948 se formalizó la primera huelga de futbolistas profesionales en Argentina, cuyos líderes fueron el arquero peruano José Soriano de River Plate, y uno de los más grandes jugadores, como resultó ser Adolfo Pedernera. Pasada la huelga, como casi siempre ocurre, uno de los que “pagó el pato” por el atrevimiento fue el maestro Adolfo que se fue a un exilio futbolístico al Atlanta, modesto equipo de barrio de Villa Crespo... Pero fue él quien llegó a Millonarios y decidió, con dirigentes como Alfonso Senior y Humberto Salcedo F., armar un genuino tinglado de figuras y reforzar equipos al mejor estilo de la NBA estadounidense.

Aparecieron entonces jugadores argentinos, uruguayos, paraguayos, peruanos, costarricenses, brasileños y hasta una formación húngara, desertora del fútbol magiar y anclada en Santa Marta. Fue evidentemente un fútbol prestado. Iban y venían los jugadores, sin transferencias internacionales y mucho menos reconocimiento a sus equipos de origen. Una típica liga pirata, al margen de la FIFA. Todo terminó en octubre de 1954, cuando por el llamado Pacto de Lima, los jugadores extranjeros debieron regresar a sus países para legalizar su situación. El espectáculo desaparecía, pero la semilla había quedado.?

Es entonces cuando comienza el verdadero fútbol colombiano... Muchos de aquellos protagonistas de El Dorado viajaron a Europa –los más grandes Alfredo di Stéfano, Alberto Villaverde y Héctor ‘Pibe’ Rial–, otros a México, y otros a sus países de origen.

Era evidente que la época de las vacas flacas iba a llegar a nuestro fútbol. Entre 1955 y 1959 se vivió ese periodo dramático, con suspenso por la supervivencia. En la década del sesenta se sintió una leve recuperación y creció en algo el interés del público.

En los setenta nuestro fútbol se refrescó con la presencia de distintas escuelas futbolísticas. Recibimos directores técnicos yugoslavos y la escuela de Estudiantes de la Plata. Aparecían Zubeldía y Bilardo, representantes genuinos del fútbol resultado. Poco a poco, nuestro fútbol fue alcanzando presencia en el ambiente suramericano.

En la década de los ochenta llegó la escuela uruguaya con un maestro como Ricardo de León, que había sido discreto jugador del América de Cali en El Dorado. Fue un gran estratega, y trajo un poco la revolución del fútbol de presión y aprovechamiento basado en el baloncesto. En esta etapa, gracias sobre todo a ‘Pacho’ Maturana, nuestro fútbol comenzó a descubrir su propia identidad. Simultáneamente, aparecieron los dineros del narcotráfico. Y fue así como varios equipos recibieron una inyección innegable de talento costoso, pero con consecuencias graves. Y fue el fútbol el más perjudicado, así aquel dinero mal habido haya llegado también a otras esferas de la economía del país.

Sin embargo, a partir de los noventa, el fútbol ha saneado sus ingresos, gracias a la publicidad en las camisetas, a la televisión y al cambio ofrecido por la misma competencia futbolera. Dos campeonatos en un año, la aparición de la división B, donde simultáneamente el ganador recibe el premio de ascender a la categoría A, y el peor el castigo de descender, la televisación de juegos, la lotería deportiva, ayudaron a los equipos. De paso, fueron obligados a dar oportunidad a los jugadores menores de 20 años, con lo cual el fútbol se rejuveneció.

Hoy en día en el exterior hay más de 100 jugadores colombianos, en demostración de la erradicación de complejos y en reconocimiento al talento de los nuestros, sin ignorar el valor, que aún es bajo si se compara con los parámetros que manejan los grandes exportadores de jugadores como Brasil, Argentina, Uruguay y Paraguay.

He visto una metamorfosis en el hincha colombiano. Desde la época en que a los estadios llegaban casi sólo hombres, con abrigos, bufandas y sombreros, tacaños en aplausos y emociones, hasta los hinchas de hoy, hombres y mujeres pintarrajeados con los colores de su equipo, la camiseta, la bandera, la agresividad y los cantos de apoyo o de rechazo.

Pero hay otros cambios. El resultado es actualmente el único alimento espiritual válido. Perder es prepararse para la revancha, porque el fútbol siempre ofrece esa oportunidad. Nuestro aficionado pasa hoy con relativa facilidad de la emoción a la decepción, sin degustar o padecer, como debiera, el triunfo o la derrota.

Nuestro fútbol es eso: vivir pendientes 12 meses del balón y sus protagonistas, de las ejecutorias siempre en entredicho de los árbitros y de los procedimientos de los dirigentes, de la pasión que podemos comunicar los muchos periodistas y valiosos colegas dominados por esta afición.

Por eso, reconstruir la memoria futbolística del país es importante. En ello radica el valor de las crónicas que conforman este libro escrito, ¡quién lo hubiera pensado hace unos años!, por una mujer. Carolina Jaramillo Seligmann, la joven periodista colombiana y aficionada en serio, que con rigor ha realizado una investigación a fondo para producir estos 100 textos ilustrados con más de 500 fotografías históricas y sustentados en más de 300 citas y casi medio centenar de entrevistas.

Recorriendo el pasado, apreciando el legado de quienes nos contagiaron esta pasión, podremos esperar un mejor futuro. Porque a nuestro fútbol hay que aportarle altas dosis de fe y de optimismo, confiando en que se robustezca y se fortalezca la afición en todos los niveles. Porque si bien hay directivos, jugadores, jueces y periodistas, al fútbol profesional sólo lo sostienen los hinchas que se meten la mano al bolsillo para comprar su boleta.

Pero, al cabo, el fútbol es vida. Y, como tal, corre paralelo a las ejecutorias del ser humano. Por ello, nada mejor que contribuir a sostener las ilusiones para tener un fútbol grande, de jerarquía, bien posicionado en el concierto mundial del balón...

Tal es el objetivo y la óptica de este trabajo que presenta Villegas Editores sobre la historia de nuestro fútbol profesional, desde comienzos del siglo XX hasta nuestros días.

Un recuento con historias y homenajes, reconocimientos y opiniones. Un desfile de nombres, figuras y hechos imborrables, que ingresan así a la memoria documentada del fútbol colombiano.

 

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