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Fútbol

En Colombia

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Un juego infinito

Texto de: Carolina Jaramillo Seligmann

Cuando suena el pitazo final, cuando el balón deja de rodar, cuan- do las tribunas quedan en silencio y las redes dejan de temblar... ese es el instante en que la soledad y la quietud, aparentemente, se apoderan del aficionado; el momento en que las sillas quedan vacías y la grama inmóvil. Aunque, en realidad, para el auténtico seguidor, para el entusiasta adorador de la pelota, el fin de un par- tido es tan sólo la antesala del siguiente.

Porque para este apasionado, el fútbol existe más allá de los 90 minutos que componen un encuentro oficial –mera formalidad im- puesta por las reglas del juego. Su pasión es permanente, razón constante de ser, en definitiva, un juego infinito. El fútbol desafía el orden, los límites del tiempo y del espacio, las ambivalencias suje- tas a la victoria o la derrota.

Así, casi un siglo después de que el primer balón rodara en Co- lombia, la pasión y la devoción por el mismo siguen más vivas que nunca. Alimentadas por cada uno de los instantes registrados en este libro, por cada uno de los personajes que han engrandecido a través del tiempo el nombre del fútbol colombiano, dándole signifi- cado con cada victoria y vida con cada gol.

Cada celebración en un estadio colombiano es un eco de lo que ocurre simultáneamente en cientos de rincones del país, con- vertidos, en virtud de una quimera, en campos de juego: la calle pavimentada, el campo verde, la playa calurosa, el terreno bal- dío, la llanura, donde niños y niñas, muchachos y muchachas, hombres y mujeres rinden tributo al balón.

El fútbol colombiano es un ente vivo, que se multiplica en cada uno de sus habitantes, se transforma, se adapta a su tiempo y continúa en permanente evolución. Tal vez la única constante es la emoción que siente el hincha cuando la tricolor o su equipo favorito salta a la cancha; cuando se ve representado por un color o una bandera, cuando se siente identificado con una forma de jugar, de sentir y de vibrar. “Dime cómo juegas y te diré quién eres”, porque al fin y al cabo el fútbol es un lenguaje más. Un lenguaje que expresa la diferencia que existe entre los pueblos y refleja ese temperamen- to que los hace únicos y les permite reconocerse en un mundo cada vez más globalizado.

Y es precisamente en las distintas canchas repartidas por el mundo donde encontramos los argumentos que nos permiten ver con op- timismo el futuro del fútbol colombiano. Ya son muchos los es- cenarios donde nuestros futbolistas están escribiendo la historia de este deporte: en las ligas de Italia, Francia, Inglaterra, Brasil y Argentina, entre otros. En los campeonatos suramericanos, en los juveniles, en las Copas América y en las Copas del Mundo.

El balón sigue rodando y el mundo girando, a medida que se fusio- nan las lenguas, las razas, las culturas. Mientras tanto, Colombia avanza y se reinventa en un constante devenir. Y el fútbol sigue allí, intacto, permanente, como testigo viviente y confesional de 100 años de historia.

Es un ritual que se repite una y otra vez, un día tras otro, en un fluir siempre incesante, porque nunca un gol es suficiente y to- dos, todos los partidos merecen una revancha.

 

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