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Contenido:

Herederos de los Incas

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Presentación

Surigui, Bolivia.Sacsayhuaman, Perú. Quotabambas, Perú.Otavalo, Ecuador.Pisaq, Perú.Amantani. Lago Titicaca, Bolivia y Perú.Camino inca hacia Machu Picchu, Perú.Sacsayhuaman, Perú.Moray, Perú

Texto de: L. Enrique García
Presidente Ejecutivo de la CAF

Cuando los españoles llegaron al territorio de lo que hoy se denomina “Imperio Incaico”, se encontraron con un universo encantado, en el más mágico de los sentidos, en donde, en palabras del cronista Juan Betanzos, que se cita más adelante en estas páginas, los indios hablaban “como en un sueño”. Y es que la cotidianidad de los súbditos del Inca debía desarrollarse exactamente así, en un escenario de lagos y selvas y montañas sagradas, pero, aun en los espacios domésticos, como en un sueño compartido entre el común de los mortales, el Inca (“un mediador entre el mundo sagrado y el profano”) y los dioses: el sol, el trueno, Viracocha (el dios creador), Huiracocha (que “cuando andaba producía tempestades, terremotos, aluviones y erupciones volcánicas”) y la madre tierra, Pachamama.

Los estudiosos se refieren al Imperio Incaico como a un conjunto de “redes de relaciones”, que debía, pensamos nosotros, avanzar bajo la tierra y entre la conciencia y el subconsciente de los hijos del imperio, como las hifas, esas “telarañas” que constituyen la infraestructura subterránea de los hongos, y que aun a los súbditos de las esquinas más alejadas del Tahuantinsuyu les otorgaba sentido de propósito común y pertenencia. Hoy, en términos informáticos, diríamos “el software” del imperio.

La sensación que deja la lectura de este libro es que el polvo sedimentado sobre las ruinas del imperio a lo largo de los cinco siglos transcurridos desde la llegada de los españoles, sólo ha cubierto con una sutil película de olvido esa hifa de magia y paradoja que sigue conectando entre sí y con su pasado a los descendientes de los Incas. Basta con correr un poco la mano sobre el polvo de la desmemoria, para que afloren y germinen llenas de vida (y a veces de vigencia) sus semillas mitológicas.

El imperio de la paradoja ha decidido, por ejemplo, que la cadena de montañas más larga de la Tierra lleve el nombre de “Cordillera de los Andes”, cuando el vocablo original Anti o Antis denominaba, precisamente, a las selvas tropicales y a sus habitantes (que también formaban parte del imperio), en oposición a los habitantes de las altas montañas. Nosotros, la CAF, para citar sólo el ejemplo más al alcance de la mano, debemos nuestra condición de “Corporación Andina” a esa paradoja.

Pero si profundizamos un poco más bajo las hojas, encontramos también, por ejemplo, que esa búsqueda de acceso a recursos complementarios, ese intercambio de mitos, así como de productos y de plantas, a que hace referencia uno de los textos de este libro; esos conceptos de reciprocidad y redistribución, esa coexistencia de contrarios, que según otro de los autores están en la base del llamado “pensamiento andino”, no sólo constituyen la raíz del sentido de pertenencia, consciente o subconsciente, de quienes se identifican a sí mismos étnica y culturalmente como descendientes directos de los Incas, sino también la base del sentido de propósito común que, en medio de nuestra exuberante y compleja diversidad, nos debería vincular hoy a todos los pueblos de América.

Es cuestión, entonces, de bucear un poco en el pasado. A lo mejor los caminos de los chasquis esconden todavía el secreto de las mejores rutas. A lo mejor, parafraseando a Morris Bermann (el autor de El reencantamiento del mundo), estamos todavía en capacidad de “reencantar” nuestro continente americano, trenzando a las mitologías primigenias las mitologías del siglo XXI.

Este libro se convierte, así, en guía de campo para buscadores simultáneos de raíces posibles y futuros ocultos.

 

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