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Los países andinos desde el satélite

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Sin fronteras

© Fotografía METEO FRANCE
Bahía del Tablazo y desembocadura del lago de Maracaibo en el golfo de Venezuela. Estado Zulia.Población de Villazón en la región semidesértica en la zona sur del altiplano boliviano, en la frontera con Argentina.Cabo Manglares y desembocadura de un brazo del río Mira
en la costa pacífica fronteriza entre Colombia y el Ecuador.Alrededores de la ciudad de Ayacucho 
en el interior de los Andes peruanos.

Texto de: L. Enrique García
Presidente Ejecutivo de la CAF

La relación del ojo humano con el medio que le rodea es larga, compleja y apasionante. Para quienes se han sumergido, literalmente, en una cueva como la de Altamira y, la espalda sobre la tierra, los ojos en la penumbra, ven el lento surgir de los trazos rojizos que luego se convierten en una cierva o en un bisonte, el milagro inicial, que enaltece la condición humana, se repite con el mismo asombro. Asisten al registro de lo que el ojo humano capta por primera vez.

Conjuro y memoria, en esa oscuridad protectora se ha preservado uno de los grandes hallazgos de la mente, al vencer la materia y apoyarse en ella. Amoldarse a sus grietas y sinuosidades y superarlas, de golpe, en lo que es una pura creación: la cierva vuela; el bisonte corre de nuevo, acechado por los cazadores. Así ha quedado constancia de lo que fue, y el clima propicio de este interior lo preserva, intacto, hasta nuestros días. La cripta es ahora un templo donde, vencida la naturaleza por el hombre, subsiste preservando las obras de éste. Pero el ojo, en esa caverna simbólica, no abarcaba todo. Tenía que remontarse a la superficie, descubrir, con los primitivos italianos, árboles y rocas. Diseminar enhiestas cúpulas, al fondo, y erigir la figura humana, como en Leonardo, como en Durero, en referencia insoslayable. Descubrir la perspectiva fue situar al hombre, diminuto si se quiere ante la potencia de la naturaleza, al pie de los escenarios, pero convertido ya en medida de todas las cosas.

No es de extrañar, entonces, que al arribar a estas playas americanas dichas imágenes se colocasen en primer plano. Se interponían entre nosotros y una naturaleza que ya por entonces se consideraba pugnaz y ávida o, por lo menos, más rápida y absorbente que la de Europa. Una naturaleza que desbordaba todos los marcos. Por ello no conviene olvidar que antes de llegar al siglo XVI nunca pudo dibujarse un mapamundi, un verdadero mapa del mundo, como nos lo ha recordado el ensayista colombiano Germán Arciniegas en su trabajo “La imagen cambiante de los mapas”.

Fue entonces cuando surgió la idea de meter todo el mundo en un cuero. Pintar el mundo, como quien cuenta un cuento de colores, sobre un pellejo de carnero u oveja, era otra tentativa imposible del hombre por atrapar una realidad que se le escapaba por todos los puntos de la rosa de los vientos. Aún así gracias a ella nos conocieron y se fue grabando, en todas las conciencias, el nombre de América, aparecido por primera vez en uno de esos mapas que, vistos hoy en día, nos parecen más bien productos arbitrarios, propios del realismo mágico.

Pero aún así, y a lo largo de los años, estos países fueron sabiendo de sí mismos, y adquirieron conciencia de su territorio, gracias a ciertas imágenes con las cuales nos identificábamos. Lo logró Bolívar, en el turbión atropellado de su cabalgata libertadora, legándonos cinco países y prosiguiendo, con el impulso febril de sus sueños, hacia una Patria Grande que bien podía llegar desde el Río Grande hasta la Patagonia. O lo intentó con más calma y más pormenorizado, un italiano, Agustín Codazzi, que es tan colombiano como venezolano, quien dio pie, en el siglo pasado, para que nuestra cartografía se aproximase a la verdad de nuestros suelos.

Aún así, no era suficiente. Había que remontarse del suelo al cielo, y situar el ojo a ochenta kilómetros de la tierra para, mediante 200 fotos tomadas por un satélite e interpretadas por un computador, comenzar a saber en verdad quiénes éramos, y dentro de cuál planeta habitábamos.

La primera sensación, como siempre sucede, es totalmente desconcertante: formábamos parte de un cuadro abstracto. Unos trazos intensos, difíciles de precisar. Unas manchas vigorosas que se iban, poco a poco, traduciendo: el rojo se llama selva; el blanco, nubes; el azul, un mar quizá no contaminado. Asperas montañas, rugosas como piel de animal prehistórico, tal como los Andes nos impactan desde la ventanilla de un avión, con esa rotundidad de Génesis que Neruda cantó en versos inolvidables, y diminutos ríos, vistos desde tal altura como apenas finos hilos zigzagueantes, dejados caer, ahí sí, a la buena de Dios, como una pincelada de luz en medio de la compacta masa arbórea que los envuelve.

Primera certeza: no hay fronteras. Lo uno deriva en lo otro, y lo que creíamos aislado se interrelaciona. Existe una compacta integración física que va escalonándose, desde el perdido manantial semisepultado entre hojas hasta el grifo de agua que se abre en Caracas, Lima, La Paz, Santafé de Bogotá, Asunción o Buenos Aires. Todo forma parte de un todo mayor, sin el cual no podríamos existir. Por ello desde las cuencas de los ríos hasta las zonas desérticas; desde los océanos renovados con su ritmo incesante hasta las desembocaduras que se pudren en detritus, lo que comenzamos a ver es otra historia. Una historia física, a ras de tierra, contemplada con la suficiente perspectiva, como para englobarla en una totalidad única. En ella la superficie de la tierra nos cuenta sus erupciones y sus desplazamientos tectónicos; y la selva nos habla de nuevos grupos de colonos que decidieron talar unos árboles y sembrar unos granos de maíz, tan milenarios, quizá, como los que arrojaron remotos antepasados nuestros, 40.000 años antes de Cristo.

Si cada recuadro de éstos bien puede abarcar 60 kilómetros por 60, la lección que ellos terminan por depararnos es la de pensar en grande. En un conjunto donde todos dependemos de todos, y el más leve movimiento repercute y ondula a todo lo largo de esta tela electrónica que parpadea con sus señales de alarma –allí la erosión amenaza– como de alegría identificatoria: en verdad, y gracias a esas imágenes, todos nos sentimos a la vez diminutos pero esenciales. Esta región del mundo es nuestra casa y debemos cuidarla. Vistos desde lo alto, también los hombres forman una constelación. Esa constelación americana de la cual se siente partícipe la Corporación Andina de Fomento, como lo ha estado siempre durante sus primeros 25 años de existencia.

Ofrecer perspectivas novedosas y singulares para un propósito secular, como es el de la integración, constituye un reto para quienes conformamos, desde el sector financiero, un proyecto colectivo que nos trasciende y que no por ello eludimos, en su responsabilidad concreta inmediata.

A todos nosotros, en todos los países americanos, las imágenes sorprendentes y novedosas de este libro nos abren una dimensión insospechada. El ojo americano se abre sobre su propio hábitat con una proyección futurista que no imaginábamos. Pero el futuro, ciertamente, es ahora. El que todos debemos construir a partir de la conciencia actualizada que estas páginas nos reiteran acerca de la riqueza humana y natural, y la belleza única de estos países que admiramos orgullosos y por los cuales trabajamos sin pausa. Vista desde el vuelo la tierra se hace grata y hospitalaria. Esa tierra es nuestra tierra. Conservémosla.

 

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