Luis Restrepo

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A fuego lento

Texto de: Miguel Adriá

La arquitectura de Luis Restrepo es tranquila. Cautiva por su atemporalidad, su proporción, en la que resuenan ecos de la modernidad clásica. Restrepo trabaja a “la antigua”, como le gusta decir. Le interesa cocinar cada idea a fuego lento, en un proceso que inicia con el acercamiento al cliente y lo prolonga varios meses hasta finalizar el desarrollo del proyecto ejecutivo. Restrepo no participa en concursos, no hace maquetas ni presentaciones con renders, animaciones y demás recursos. La tercera dimensión de la arquitectura se la imagina desde los planos. En su despacho todo es en dos dimensiones. Los proyectos se componen de plantas, alzados, secciones –muchas secciones– y detalles constructivos.

Luis Restrepo (Bogotá, 1960) inició sus estudios en la Universidad Javeriana y terminó la carrera de arquitectura en la Universidad de los Andes, para cursar una maestría en la Universidad de Michigan, abriendo un pequeño despacho a su regreso.

El trabajo de este arquitecto pausado es sumamente personal y enfocado en la vivienda. Su carrera se inició veinte años atrás remodelando departamentos. Si bien no pasó profesionalmente por ninguna oficina destacada que le orientara los primeros pasos, tuvo ocasión de remodelar varios departamentos proyectados inicialmente por Fernando Martínez, sin duda uno de los arquitectos más notables de mitad del pasado siglo, al que acudió en repetidas ocasiones a consultarle aspectos de las reformas en curso. Para Restrepo sería fundamental la influencia empírica de la obra del “Chuli” Martínez, quien siempre fue generoso con él, a pesar de que seguramente albergaba la sospecha que el joven arquitecto no tardaría en “dañar” alguna de sus obras. Más tarde conocería la obra de Enrique Triana y la de Rogelio Salmona, así como la influencia de Alvar Aalto en todos ellos. Restrepo entendió que el origen de la arquitectura moderna colombiana no sólo procede de las construcciones vernáculas coloniales y mediterráneas, sino que se nutre con la influencia escandinava y el énfasis que ésta daba a la expresión del material –el ladrillo, la madera– y a la solidez e introversión de los espacios.

En el complejo y contradictorio mosaico latinoamericano, el argentino Jorge Moscato identificaba algunas particularidades nacionales1. Si para Argentina el concepto había que buscarlo en el dominio de la razón y para México en su monumentalidad, es decir, en el dominio de la forma, la arquitectura colombiana adquiere su identidad a partir de la expresión de la materia. Y la materia colombiana se expresa, por excelencia, desde la modulación y la textura del ladrillo. Esta arquitectura tuvo sus primeras apariciones en Colombia en las casas estilo Tudor del primer tercio del pasado siglo, y tomó fuerza con las primeras obras de Fernando Martínez, Dicken Castro y otros notables arquitectos que exploraron el potencial constructivo y formal del material, hasta convertirlo en un signo de identidad bogotano, donde los mejores barrios se tiñeron del anaranjado de la arcilla cocida.

Heredero de estos sólidos antecesores –que nacionalizaron sabiamente un material con el que se ha construido la historia universal y retomaron las lecciones de la modernidad más heterodoxa–, Luis Restrepo perpetúa los valores atemporales desde su austeridad aristocrática y la indiferencia hacia las corrientes de la arquitectura contemporánea. Restrepo es un corredor de fondo que reivindica la ausencia de información y el slow food. Como Deleuze y Guatari afirma que con “la globalización no nos falta información. Tenemos demasiada. Lo que nos falta es creación”.2

Su lenta marcha le ha permitido dar contenido concluyente a su certeza y elaborar su discurso conservador. Discurso que parte de los valores de la modernidad discreta, que va de Arne Jacobsen y la abstracción volumétrica vinculada al lugar y a los materiales sin concesiones, pasando por las casas berlinesas de Mies van der Rohe en los años veinte, construidas y moduladas en ladrillo, donde los prismas se yuxtaponen y los planos se interceptan en composiciones próximas al neoplasticismo holandés.

Desde su pragmatismo, Restrepo acepta la realidad para convertirla en un elemento del proyecto. Una realidad conformada por los tres factores que para Alberto Saldarriaga definen sus criterios proyectuales: el lugar, el cliente y la idea de la arquitectura.3 Si para este crítico “la conciencia del lugar se asume como un signo de identidad de la mejor arquitectura colombiana”, para Restrepo el lugar es el punto de partida, no de llegada. Su relación con el sitio, con el lugar, con la naturaleza, no es mimética, no hay referencias orgánicas. La abstracción de lo construido sugiere la relación con el lugar, sin alterar el terreno ni los trazos topográficos, distinguiendo lo natural de lo artificial.

La relación de Luis Restrepo con el cliente es estrecha y respetuosa a la vez. Sus proyectos son el resultado de un pausado proceso de acercamiento, procurando ofrecer un ambiente neutro donde los usuarios se apropien del espacio sin interferencias del autor. Como Adolf Loos un siglo antes, deja que los espacios domésticos evolucionen libremente con sus dueños: “No sufro para nada –dice Restrepo– con lo que hagan los que viven en sus casas”.4

El tercer aspecto que apuntaba Saldarriaga se refiere a la idea de arquitectura, que reduce vagamente a la “naturalidad” con que se elabora, “sin recurrir a artificios o excesos, apelando a lo esencial: el espacio, los materiales y la luz”, una naturalidad que rechaza lo superfluo sin tener que llegar a ese “minimalismo de última moda”. Su gusto por lo esencial lo distancia de sus colegas locales interesados en producir arquitecturas adjetivadas y llenas de referencias. Restrepo subraya la prioridad de la idea, desprendiéndose de lo accesorio, de lo fenomenológico.

Luis Restrepo rehúsa los discursos teóricos reciclados, esquiva cualquier clasificación. Su trabajo lo conecta tanto con los grandes arquitectos colombianos, como con los que pertenecieron a la segunda generación del Movimiento Moderno, y que domesticaron el dogmatismo de los pioneros de la modernidad. Restrepo marca el territorio con trazos fundacionales, regresando siempre al mismo proyecto, donde forma, materia y espacio son consecuencias simultáneas, como se puede demostrar desde un análisis detenido de sus obras y proyectos realizados en este nuevo siglo.

Buena parte de esta producción se encuentra en Anapoima, tierra caliente, al sur de la ciudad de Bogotá. Ahí se vive al aire libre y los espacios domésticos no se cierran. Una decena de casas de fin de semana –construidas y en construcción– se componen de piezas sueltas, de prismas autónomos que corresponden a las distintas partes del programa: las recámaras, la cocina, el comedor y la sala. La posición de estas cajas o prismas responde al lugar, abriéndose a las mejores vistas o abrazando el espacio central que deja al aire libre. Las cajas mantienen su contundente pureza, evitando intersecciones geométricas y detalles sofisticados.

La Casa del Alto se compone de tres elementos, física y programáticamente independientes, a los que se llega casi por azar, en zigzag, a través de un patio cuadrado que organiza la posición de los prismas con deliberada ambigüedad. El elemento principal es un techo cuadrado que alberga la sala y el comedor en dos niveles y un sólo espacio abierto, apoyado en cuatro patas extremas. La habitación principal se adosa a este primer cuerpo. El segundo elemento contiene las áreas de servicio, y el tercero lo componen tres grandes habitaciones que se abren sobre la piscina y el paisaje, dominado por un espectacular árbol de chicalá de flor amarilla.

La Casa C C comparte la aparente modestia de algunas obras californianas de Richard Neutra, prácticamente cerradas y frágiles hacia la calle, desde donde se accede como a un laberinto y se avanza más por descarte que por convicción. Básicamente son dos cuerpos paralelos desplazados sobre un eje de circulación. Uno contiene las áreas privadas y nocturnas, y el otro las diurnas que se abren hacia las mejores vistas.

A diferencia de las anteriores, la Casa R D se orienta hacia la tranquila calle de acceso y al leve desnivel del terreno, ubicando la piscina entre el cuerpo de servicios y el plano elevado sobre el que se desplanta un techo que cubre la sala. Este techo, construido a dos aguas, se distancia de las referencias indonesias o mexicanas que se publican en revistas de estilo de vida, para retomar el techo popular campesino colombiano, estructurado con modestos troncos de madera rolliza.

La ambigüedad del acceso es menos evidente en la Casa V D. El paseo arquitectónico exterior se va apoyando en pequeños muros ciegos, que albergan los servicios a un lado y el cuerpo de las recámaras al otro. Éstas son cuatro piezas iguales con acceso y patio independientes que, de manera similar a las habitaciones de la Casa de Huéspedes Ilustres de la Presidencia que Rogelio Salmona construyó en Cartagena, se abren a las vistas del paraíso doméstico. El tercer cuerpo es un plano horizontal, soportado en sus aristas con sólidas columnas cuadradas, que alberga el comedor y la sala. Al comedor se le adosa el cuerpo de la cocina y, a su vez, la sala se ubica medio nivel más abajo, abierta hacia la piscina y la naturaleza circundante.

En la Casa C B el criterio, basado en una composición de volúmenes independientes alrededor de la sala y la piscina, redunda en los ejemplos anteriores. En este caso, un eje de circulación perpendicular al acceso articula las habitaciones en pares, a un lado, y la cocina y el comedor, al otro. La sala queda en la parte central, articulando tanto el programa doméstico, como la relación entre lo construido y la piscina. Una vez más, la modestia y la ambigüedad del acceso dan paso a la espectacular sorpresa del espacioso estar central.

Todas estas casas, comedidas en su construcción, de materiales modestos y extensiones prudentes –de 250 m2 a 350 m2– sacan partido del detallado trabajo de carpintería, de las puertas abatibles, las ventanas deslizables o los mosquiteros basculantes. A su vez, desaparecen en el paisaje profundamente ajardinado, dentro de parcelas hasta diez veces mayores que su área construida.

El proceso de trabajo de Luis Restrepo muestra una continuidad con la experiencia acumulada por sedimentaciones, sin sobresaltos. Desde las plantas resuelve el programa con inmediatez. Su trabajo es discreto, casi manual, donde el detalle no se diseña, se elude o se integra a lo permanente, a los muros y a los pisos. En estas casas de tierra caliente, Restrepo explora el potencial de la simplicidad volumétrica con propuestas contundentes y precisas, que dialogan con el paisaje. En buena medida se trata de variantes de un único esquema original, donde un programa convencional de segunda residencia se fragmenta en cajas aplanadas y pintadas, que articulan su espacio común y abierto entre las distintas piezas. Alberto Saldarriaga ya mencionaba en la anterior monografía de Luis Restrepo5 los mecanismos de integración espacial en sus interiores domésticos. Debido a “los cambios ocasionados por la pendiente del terreno, la doble altura (…) y mediante divisiones o muebles de baja altura” de los que destaco la integración entre mobiliario y espacio que “se aprecia en el tratamiento de los muebles fijos”, incorporando nichos y repisas en los muros, o bases sólidas que fijan la posición de camas y mesas.

En Chía, al norte de Bogotá, se encuentra otro racimo de casas proyectadas por Luis Restrepo a lo largo de los pocos años de este siglo. Todas ellas, de nuevo, atienden desde su misma lógica los intereses del cliente, la relación con el lugar y la idea de la arquitectura desarrollada con “naturalidad”. Aquí los programas son algo más complejos que en tierra caliente, por tratarse de casas de primera residencia, si bien siguen respondiendo a necesidades convencionalmente burguesas y estereotipadas. El lugar aporta los elementos necesarios que dan identidad propia a este conjunto; la topografía ayuda a conformar estas casas de manera escalonada; y el clima induce a residencias compactas que, si bien se relacionan con el exterior abriéndose a las mejores vistas, sus interiores son integrales. Todas ellas están compuestas por volúmenes escalonados, no sólo en el sentido de la pendiente, sino perpendicularmente a ésta, formando un conjunto relativamente complejo, compuesto de elementos simples que se entrelazan los unos con los otros. Este principio es el tema fundamental de las casas de Chía, resultando bien distintas las unas de las otras, por lo variado que es su programa interior, las necesidades y aspiraciones de los propietarios.

El escalonamiento riguroso con la forma del terreno y el uso del ladrillo con un tono tierra son el resultado del afán de proponer volúmenes que se integran con el terreno. Las Casas R Z, V A, B C, Rodríguez y Calaguala, comparten el uso de un único material en sus exteriores. En ladrillo natural –de preferencia reciclado de viejas construcciones– modula los planos y los huecos, a la vez que ofrece una unidad cromática y atemporal a todo el conjunto profusamente arbolado. Estas casas tienen una doble lectura, casi antagónica, entre la volumetría que definen sus exteriores y el espacio que contienen sus interiores. Desde afuera, consecutivas yuxtaposiciones de prismas escalonados confieren una complejidad volumétrica que sugiere fragmentaciones internas constantes. Sin embargo, los interiores son casi siempre espacios diáfanos y únicos que expresan la complejidad de la sección transversal –la de la pendiente del terreno–. A su vez, la composición de las fachadas, que se expresa en la posición de las ventanas sobre la superficie de ladrillo, responde desde su interior a posiciones estratégicas sobre las vistas escogidas.

Son casas que expresan la pertenencia al lugar desde la fuerza de rozamiento de sus cajas escalonadas sobre la pendiente de las laderas. Este rozamiento permite situar cada una de ellas en una posición específica y en un contexto único, para expresarlo literalmente en su interior, desde la sección transversal. Así, las salas a doble altura ocupan el lugar principal sobre la pendiente y una pasarela superior se aboca sobre el doble espacio y da acceso a las habitaciones. Las zonas de servicio desaparecen bajo las áreas nobles de las residencias.

Si la complejidad proviene de la sección, las plantas son esquemáticas, esenciales, estructuradas por bandas paralelas. En el interior los materiales son unitarios, de modo que un mismo piso de madera o de barro cocido, entre paredes lisas y blancas, se extiende por todos los ámbitos, exacerbando la unidad espacial.

En la Casa R Z hay una doble condición con respecto a las vistas: la panorámica, que resulta de la pendiente de la montaña, y la lateral sobre un bosque colindante. La casa se orienta en una u otra dirección y abre espacios sobre la esquina en la que se conjugan las dos vistas. Las distintas áreas domésticas se enzarzan alrededor de la cocina y la escalera. Si bien los ámbitos de la casa están claramente zonificados, existe una comunicación vertical entre ellos que, sin perder su independencia, forman parte de un único espacio.

En la Casa B C el comedor es el centro de la casa. Todas las dependencias confluyen espacialmente sobre la doble altura, en distintos niveles. La luz penetra desde las altas ventanas enfatizando el plano inclinado del terreno sobre el que se construye la casa.

El mejor ejemplo de la búsqueda de un solo volumen interior en el que convergen todos los espacios se halla en la Casa Calaguala. Las áreas privadas se abren al paisaje a través de los altos ventanales de la doble altura del espacio del área social. Un sistema de grandes puertas y de circulaciones independiza completamente las alcobas que se encuentran, de acuerdo con el escalonamiento de la casa en la montaña, un piso por encima de las áreas públicas.

A diferencia de los anteriores proyectos, se enfatizan los ejes horizontales a través de los cuales se comunican los espacios, apenas separados por los volúmenes de las chimeneas.

El proceso de trabajo de Restrepo muestra el hilo conductor y la constancia con la experiencia acumulada, que le llevan a repetir y perfeccionar los pocos detalles del espacio doméstico, como los cajillos de luz rasante, los escalones o los barandales. La “morada para habitar” que construye Luis Restrepo, desde su resistencia a los vaivenes estilísticos, hilvanan un cierto carácter autobiográfico. Lejos de los ensayos del existenz minimum repetible y estandarizable de los primeros arquitectos modernos del pasado siglo, las casas de Restrepo no renuncian a las ventajas espaciales de la tradición ni al confort de la modernidad.

En Bogotá, sus casas toman la ciudad e incrementan la densidad, hasta convertirse en edificios de departamentos. Con la misma sobriedad de arquitectos como los holandeses Claus & Kaan, su trabajo en residencias unifamiliares da un salto de escala sin conflicto alguno, para conformar edificios. Los dos ejemplos que aquí se muestran –el edificio Portal del Museo y el edificio Chicó Alto–, conservan la misma unidad aparente que otorga el muro de ladrillo como único material, la repetición sistemática de llenos y vacíos –de planos y huecos de las ventanas–, aunando el alineamiento de fachada y altura con el resto de la ciudad, para completar su trazo silenciosamente. Desde el interior de sus departamentos se busca, como en las casas del norte, la mejor apertura hacia las vistas, desde la expansión espacial que confiere el corte transversal de sus penthouses y que invita a levantar la vista hacia las montañas y el cielo.

El edificio Portal del Museo abarca un frente completo de manzana, de cara a un parque. Se utiliza un sólo material –ladrillo oscuro– para toda la fachada, dando uniformidad y discreción al conjunto. Unos balcones de pronunciado espesor aportan ritmo y relieve compositivo al plano de fachada, generando juegos de luz y sombra. Los dos últimos pisos del edificio están remetidos del plano de fachada del monolítico edificio de ochenta metros de largo, sobre el que emergen los elementos de remate y chimeneas. Los apartamentos responden a las distintas solicitudes de cada programa, con gran variedad de soluciones; sin embargo, todos ellos coinciden en grandes espacios que se abren a los balcones y a las vistas.

El edificio Chicó Alto es un conjunto de cuatro unidades con características propias de una casa (relación con las áreas exteriores, privacidad, especialidad), que goza de los beneficios de un edificio (ascensor, parqueos generosos, portería, sistemas técnicos comunes). Está situado en un barrio de casas con un perfil urbano uniforme, que el edificio mantiene, escalonándose de la mitad del lote para atrás.

La sección escalonada libera en la parte delantera unas generosas terrazas que pivotan alrededor del núcleo vertical de escalera y elevador. En su interior se explotan las condiciones espaciales ensayadas en las casas, con ventanas altas que dibujan una diagonal virtual que redunda en la inclinación natural del terreno.

La tarea del arquitecto es construir. Es transformar la realidad desde la comprensión del lugar y de las necesidades del cliente. Luis Restrepo construye un estilo propio a fuego lento, desde la herencia clásica moderna –en el manejo de las tipologías domésticas–, y la de los grandes arquitectos colombianos –en la discreción aparente y el uso del ladrillo visto–.

Hacerse arquitecto es un proceso complejo y Restrepo lo viene haciendo desde su apuesta por la permanencia y la atemporalidad de la arquitectura, que conecta quizá, con su admiración por unos pocos arquitectos de impronta muy personal, como Alvar Aalto, Ralph Erskine o Álvaro Siza. Su trabajo ha evolucionado sin pausas y sin dudas, corroborando sus primeras intuiciones: la simplicidad deliberadamente esquemática de las plantas; la riqueza espacial a partir de la sección; los espacios domésticos que se apropian de las vistas escogidas en el paisaje; y un estilo fácilmente codificable.

Así, Luis Restrepo persigue atmósferas y levanta construcciones de ladrillo desde su doble condición, vernácula y abstracta, colombiana y universal a la vez, confinando el confort y el diseño contemporáneos en espacios serenos y atemporales.

Notas

  1. Adriá, Miquel, Editorial Arquine 33, septiembre 2005.
  2. Deleuze, Gilles y Guattari, Félix, en Mil Mesetas: capitalismo y esquizofrenia, Pre-textos, Valencia 1988.
  3. Saldarriaga, Alberto. “Acerca del hacer y del quehacer de la arquitectura”, en Luis Restrepo. Arquitectura: Villegas Editores, Bogotá, 2000, p. 7.
  4. Notas extraídas de las conversaciones entre este autor y el arquitecto Restrepo durante las visitas a las casas en julio de 2006.
  5. Saldarriaga, Alberto. Op. Cit . p. 11.

 

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