Mauricio Gómez

Con la mano izquierda

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Presentación

Mauricio Gómez con tres de sus obras, la víspera de la inauguración de la exposición en la Galería Diners de Bogotá, el 19 de agosto de 1999. Fotografía: William Fernando Martínez, El Tiempo. Autorretrato de espaldas en el estudio, 2000, último cuadro en óleo sobre lienzo, realizado con la mano derecha.

Texto de: Jean-Claude Athané

Abogado de profesión, Mauricio Gómez nunca pensó en dedicarse a la pintura. Fue más bien, como resultado de una serie de vicisitudes, que descubrió en sí mismo el camino de la pintura y su necesidad creativa.

Si las dramáticas condiciones impuestas por los narcotraficantes colombianos no lo hubieran forzado a abandonar su primera vocación –el periodismo–, tal vez aún estaría comentando la actualidad mundial en la televisión de Colombia, ese su país que él describe como “el más violento y el más conmocionado del planeta”.

Por más de catorce años trabaja en periodismo; en la prensa, primero, y luego en la televisión. Con el tiempo, llega a ser jefe de redacción y presentador del noticiero televisivo más importante de Colombia. Como consecuencia de un reportaje poco indulgente con los narcotraficantes, recibe una amenaza contra su vida. Durante dos meses se ve obligado a desplazarse escondido en el baúl de un automóvil. Luego de un frustrado intento de secuestro, del cual se salva milagrosamente (gracias a un semáforo en rojo), se ve forzado a abandonar el país. Para ese entonces, más de medio centenar de periodistas habían sido asesinados o secuestrados en su país. Su propio padre, comprometido políticamente, será asesinado en plena calle, algunos años después.

Mauricio Gómez viaja a Atlanta, donde es contratado para trabajar en el International Desk de la cadena CNN.

En Colombia, el periodismo carecía sin duda de medios materiales pero, aunque peligroso (o tal vez por ello), era, para quienes lo ejercían, una verdadera actividad, tanto intelectual como física. En Estados Unidos, en cambio, donde los recursos técnicos son abundantes y muy perfeccionados, Mauricio Gómez queda muy pronto absorbido por la máquina, inmovilizado doce horas diarias ante la pantalla de su computador.

En ese momento, toma sus primeras clases de dibujo y pintura en el Atlanta College of Art. Tiene cuarenta años.

“Para mí, dice, fue un choque y un descubrimiento”. Luego de año y medio trabajando en Estados Unidos, decide abandonar el periodismo para consagrarse a la pintura. Viaja a París para aprenderla.

Fue entonces cuando, en mi curso de dibujo en las aulas del Carrousel del Louvre, y luego en la Académie Poussin, lo conocí. Corría el año 1992. Muy pronto pude medir con cuánta profundidad y solidez estaban anclados en él “el deseo y la necesidad”.

Mauricio Gómez, el artista, había nacido. Nacido de circunstancias que trastornaron su vida. Tal vez podría decirse que se convirtió en pintor gracias a esas circunstancias.

En 1999 la Galería Diners de Bogotá presenta su primera exposición. Por solicitud del artista tuve la oportunidad de escribir algunas palabras en su catálogo.

Conservo una honda impresión de la presentación que de sus obras me hizo Mauricio Gómez. Estábamos en un espacioso taller en las afueras de París, poco antes del envío de sus lienzos a Colombia: grandes rostros pintados, a veces de más de dos metros de altura, formaban el fondo de un cuadro en volumen, una especie de cofre o caja con iluminaciones. Frente al cuadro, una gasa, un velo ligero, donde se reproducía una imagen fotográfica de la misma pintura.

La densidad propia de la obra, su carga pictórica y espiritual permitían que esta mise en scène, que hubiera podido no ser más que un accesorio anecdótico, desapareciera para dar paso a una impresionante monumentalidad. Con el más mínimo desplazamiento, el visitante veía cómo, de un plano al otro, la obra desarrollaba sutiles modulaciones que ampliaban el carácter inicial de la pintura. De ese conjunto emanaba un ambiente de misterio sagrado.

“... Cripta de íconos erigidos”

“Figuras monumentales en sus tabernáculos”

“Recia turba de humanidad hecha de rostros multiplicados y confundidos...”

Estas son algunas de las frases que escribí entonces...

No era necesario conocer el itinerario del artista para adivinar que sus obras surgían de profundos desgarramientos y que pretendían exorcizar lejanos terrores. Me parecía que expresaban un deseo de redención.

Las raíces de la creación se nutren en terrenos que están más allá de lo fácil. Estas pinturas no eran, en manera alguna, fruto de la facilidad.


Siempre he defendido la idea de que la obra no se realiza sólo gracias al conocimiento o la habilidad del artista, sino que puede incluso beneficiarse de tal o cual carencia, de tal o cual incapacidad, de tal o cual circunstancia adversa o dolorosa. En gran parte mi enseñanza se basa en esta convicción.

Si “el deseo y la necesidad” están sólida y profundamente anclados, el artista podrá superar impedimentos y desventajas que desanimarían a cualquier ser humano común.

Gracias a lo que no puede hacer o a lo que no puede hacer más, inventará, en su perseverancia, un nuevo camino, medios nuevos, superará lo infranqueable y descubrirá armonías imprevistas.

El Arte no se desarrolla recorriendo sólo los caminos mejor trajinados. En tanto que la facilidad o la habilidad dejan con demasiada frecuencia a la obra (seductora) en la superficie del talento, al verdadero artista la dificultad lo lleva a la profundidad. En más de un aspecto Mauricio Gómez es un ejemplo a favor de este concepto. Nace a la pintura luego de enfrentar una dura realidad y su obra avanza actualmente con el auspicio de un nuevo infortunio, esta vez impuesto por su propio cuerpo.

Este libro, dedicado a él y titulado Con la mano izquierda, presenta básicamente las obras más recientes del artista.

Hasta 1999, Mauricio Gómez hacía sus cuadros de la manera tradicional, es decir, sosteniendo un pincel con su mano derecha y aplicando los colores sobre un lienzo enfrentado a él. Esto se vuelve progresivamente impracticable a medida que se le desarrolla y expande una dolorosa tendinitis que le impide levantar su brazo derecho. Serán necesarias numerosas operaciones. Vendrá luego un período sicológicamente difícil hasta el día en que, impulsado por la imperiosa necesidad de expresión, el artista coloca su lienzo en el piso. Intenta pintar con movimientos horizontales, pero su mano derecha, aun en estas condiciones, no logra funcionar. La mano izquierda toma entonces el relevo.

En este momento se desencadena un desorden considerable en las relaciones gesto-pensamiento-emoción-sensación-imaginación, que, en cierta forma, abre en el artista un espacio interior hasta entonces desconocido. Este es el espacio que Mauricio Gómez descubre y explora hasta el día de hoy.

Muy pronto el soporte horizontal revela la utilización de materiales nuevos y diversos. Los colores asumen los tonos de distintas arenas compactadas entre sí por un cemento maleable, capaz de fijar sobre el lienzo hasta objetos insólitos. El pincel es reemplazado por la espátula de albañil. Su toque realza las superficies pictóricas y llegará a ser, algunas veces, osamenta de la obra.

Los comienzos son relativamente tímidos. Lienzos pequeños plasman los primeros experimentos. Doce retratos, inspirados en la película de Wim Wenders Buena Vista Social Club, provienen de esta experiencia. Poco a poco emprende obras de mayor envergadura. Su dimensión estará determinada, en el pequeño taller que ocupa en el centro de París, por la altura del cielo raso y por el tamaño de la puerta. A las primeras arenas, a las primeras lentejuelas, se suman materiales improbables a los cuales el artista dota de una realidad plástica.

Un entusiasmo inesperado lo empuja a toda clase de exploraciones. Experimenta también con collages. Del impedimento de su propio cuerpo y de su superación, derivará una felicidad jamás imaginada.

Esos nuevos enfoques no son, en este caso, el resultado de simples búsquedas estéticas y plásticas al utilizar procedimientos que el arte contemporáneo ya ha autorizado y explotado. El interés muy particular de este logro en el caso de Mauricio Gómez es que fue prácticamente impuesto por la incapacidad en que se encuentra de funcionar “normalmente”.

Es, claro está, un hombre de su tiempo, culto e informado sobre la creación artística que lo rodea, y es, gracias a los materiales de su época, que logra sobreponerse a su dolorosa incapacidad física. Incluso si algunas influencias se pudieran evocar, estas se encontrarían en la frescura de su fervor creativo y en el clima propio de su poética interior, donde él explora éste, su nuevo espacio, e inventa sus posibilidades expresivas. Su producción guarda la autenticidad de una reacción creativa de supervivencia.

Mauricio Gómez abre unos ojos infantiles ante el brillo de las lentejuelas, ante el juego fascinante del prisma en el espejo mágico de los papeles holográficos. El exilio y la formación en el extranjero no cortaron sus raíces culturales que lo han alimentado con la ardiente y colorida riqueza suramericana.

No obstante, la seriedad de las primeras pinturas permanece. La obra reciente es tanto novedosa, como distinta y similar a la precedente.

Jugando con materiales nuevos, diversos y, a veces, mágicos, ella refleja de nuevo, por encima de cualquier falsa pretensión, una humanidad conmocionada; paisajes-rostros surgidos de erupciones primarias, que nos transportan en ocasiones hacia maravillosos viajes más allá de las estrellas; estelas erigidas, al ritmo de la espátula, en tótemes protectores, cuya reverberación plena sólo puede ser captada por el espectador al desplazarse frente a ellos... Tanto en sentido real como figurado, quien mira estas obras está obligado a moverse.

Mauricio Gómez se siente actualmente atraído por el volumen, por la escultura. Sus últimos cuadros, en los que la materia está a menudo en relieve, juegan ya con las sombras y la luz.

Pero algunas obras en tres dimensiones revelan nuevas búsquedas en las cuales el color no está excluido. Por el contrario, desempeña un papel importante.

Bustos preexistentes pero vestidos de hologramas que hacen jugar, en las tres dimensiones, todos los coloridos acordes y transforman en fiesta el rostro de la muerte o el antiguo retrato. De igual forma, en una plastilina para niños, muy ligera, que sólo endurece un poco con el tiempo y el contacto con el aire, una pasta blanca o roja o verde o azul o amarilla..., Mauricio Gómez –permitiendo que los colores se mezclen pero no se confundan– crea rostros modelados por la mano izquierda en este frágil y maleable material, rostros pequeños sólo en su dimensión, rostros de doble faz, provenientes de mascaradas trágicas, rostros eruptivos, flores de cataclismos…


A lo largo de este texto, e incluso en el título de la obra, se hace referencia a la otra mano, que es, en este caso, la mano izquierda puesta en evidencia.

Creo innecesario precisar que no se trata, en manera alguna, de buscar con ello algo de indulgencia en la mirada, o el reconocimiento de una especie de hazaña virtuosa que agregaría mérito y virtud al artista. Aquí no se trata ni de mérito ni de valentía. Sería excesivo, sería indecente, sería incluso ridículo pensar de esta manera. El arte no puede nunca ser medido con el parámetro de valores relativos. Sería un malentendido deplorable entender así lo que aquí en verdad nos interesa, es decir, la obra de Mauricio Gómez. Obra que existe autónoma, por su propio peso, independiente de la historia y las anécdotas de su realización.

Estas anécdotas nos interesan, sin embargo, en cuanto ilustran el poder que pueden tener “el deseo y la necesidad” en la superación de cualquier obstáculo que se interponga al flujo creador. Nos interesan en cuanto subrayan hasta qué punto el cuerpo puede llegar a ser parte comprometida en la creación del espíritu, estimularla o sobreestimularla, influir en la elección de los materiales, orientar los proyectos... También nos interesan cuando nos permiten descubrir y aprender cómo en el artista, de hecho en todo ser viviente, existen espacios no explorados y fecundos cuyas puertas pueden abrirse pese a (o gracias a) obstáculos inefables.

Como profesor, desplazando y renovando obstáculos, trato constantemente de provocar tales exploraciones. Entre otras, todas aquellas que, efectivamente, la otra mano permite.

Le agradezco a Mauricio Gómez que nos haya mostrado hasta qué punto estas exploraciones pueden ser enriquecedoras y apasionantes.

 

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