Museos de Bogotá

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Museo Iglesia de Santa Clara

Aspecto interior de la
	iglesia de Santa Clara.
	La ornamentación presenta relieves de
	madera dorada con inspiración botánica,
	pintura mural decorativa, retablos con
	imágenes policromas, celosías
	estrelladas y cuadros al óleo. El retablo
	mayor es testimonio del más depurado
	arte religioso.
Aspecto interior de la
	iglesia de Santa Clara.
	La ornamentación presenta relieves de
	madera dorada con inspiración botánica,
	pintura mural decorativa, retablos con
	imágenes policromas, celosías
	estrelladas y cuadros al óleo. El retablo
	mayor es testimonio del más depurado
	arte religioso.
Aspecto interior de la
	iglesia de Santa Clara.
	La ornamentación presenta relieves de
	madera dorada con inspiración botánica,
	pintura mural decorativa, retablos con
	imágenes policromas, celosías
	estrelladas y cuadros al óleo. El retablo
	mayor es testimonio del más depurado
	arte religioso.
Aspecto interior de la
	iglesia de Santa Clara.
	La ornamentación presenta relieves de
	madera dorada con inspiración botánica,
	pintura mural decorativa, retablos con
	imágenes policromas, celosías
	estrelladas y cuadros al óleo. El retablo
	mayor es testimonio del más depurado
	arte religioso.
Anónimo.	
	Santa Clara de Asís. Siglo XVII	
	Madera policromada.		
	1,75 x 66 cm.Anónimo.		
	San Antonio de Padua. Siglo XVIII.
	Madera tallada y tela encolada.	
	160 x 82 x 54 cm.
Anónimo.
	Santa Teresa de Jesús. Siglo XVIII.
	Yeso y tela engomada policromada.
	153 x 86 x 48 cm.Anónimo.
Sagrado Corazón de Jesús. Siglo XX.
Yeso policromado.Anónimo.
San Vicente Ferrer. Siglo XVIII.
Madera tallada policromada.
63 x 34 x 18 cm.Baltazar de Figueroa.
	Desposorios Místicos de Santa Catalina
	de Alejandría. 1668.
	Oteo sobre tela. 131 x 10 1 cm.
Anónimo.
	San Guillermo de Aquitania. Siglo XVII
	Oteo sobre tela. 178 x 105 cm.
Anónimo.
	Arzobispo Arias de Ugarte. Siglo XVII
	Oteo sobre tela. 194 x 124 cm.
Anónimo.
 	Santa Rosa de Lima. Siglo XVII.
 	Oleo sobre tela. 156 x 106 cm.
Atribuido a Gaspar de Figueroa 
	San José y el Niño. Siglo XVII 
	Oleo sobre tela. 163 x 109 cm.
Gaspar de Figueroa.
	Santa Clara de Asís. Siglo XVII.
	Oleo sobre tela. 129 x 90 cm.
Anónimo.
	Santa Rosa de Viterbo. Siglo XVII.
	Oleo sobre tela, 155 x 108 cm.
Atribuido a Agustín García Zorro de
	Aseche.
	San Francisco de Asís
	recibiendo los estigmas. Siglo XVII.
	Oleo sobre tela. 139 x 131 cm.
	Atribuido a Agustín García Zorro de
	Useche.
	Santa Teresa de jesús. Siglo XVII.
	Oleo sobre tela. 139 x 131 cm.

Texto de: Enrique Pulecio Mariño

Situada en 1947 la fecha de la inauguración oficial del conjunto conventual de Santa Clara, éste ha sido considerado como uno de los más antiguos, más cargados de historia y más hermosos de cuantos se han conservado en Bogotá y en el país. El templo que fue concebido por el maestro Matías de Santiago para las religiosas clarisas, posee una sola nave abovedada con un presbiterio también abovedado y un coro a los pies.

Entre la nave y el presbiterio hay un arco llamado del triunfo o total que establece una diferencia entre los dos espacios. Con sus dos accesos laterales sobre el costado oriental, el conjunto se equilibra con dos confesionarios. Ocho ventanas dejan filtrar la luz que ilumina el recinto de manera parcial. El coro en otro tiempo se separaba de la nave por celosías de madera, hoy inexistentes. La sencilla disposición del plan arquitectónico se vio, sin embargo, grandemente enriquecida por la pintura mural que recibieron sus costados laterales y por la rica colección pictórica que fue poblando hasta cubrir totalmente estos espacios. El retablo mayor de la iglesia es ya, en sí mismo, de un gran interés artístico y arquitectónico, testimonio del más depurado arte religioso aplicado en los templos católicos. Entre el templo como originalmente fue construido y el que hoy conocemos hay no pocas diferencias. Se ha establecido, por ejemplo, que desde el año en que se dio por concluida la obra hacia adelante y en un período cercano a los 150 años, el conjunto fue transformándose paulatinamente, adquiriendo la forma que en su interior hoy conocemos. Quedan no obstante muchas cosas en su lugar de origen como el hermoso retablo de “San Martín repartiendo su capa con un pobre”, lienzo atribuido a Gaspar de Figueroa. Lo que resulta claro y completamente comprensible es el hecho como el templo fue enriqueciendo su extraordinaria colección de arte religioso al correr de los tiempos, gracias a las generosas donaciones que las monjas clarisas recibían para embellecer el templo y colmarlo con motivos de la fe cristiana.

Si el retablo de “San Francisco” se emplazó debajo del coro en 1652, y hoy está situado en el costado occidental de la nave, esto significa que las sucesivas readecuaciones, hacen parte de los avatares de los tiempos. El tiempo de Santa Clara es el de la Colonia, es claro, pero el del Museo de hoy es el de la readecuación de la mirada, que del culto pasó al arte, comprendido con su sentido histórico. Es un hecho. En 1969 con un alto grado de deterioro, la iglesia de Santa Clara fue adquirida por Colcultura para convertir el templo en museo, que es lo que hoy tenemos. Conserva desde luego la riqueza del templo, la de sus pinturas murales, sus lienzos, pilastras, etc., pero el lugar ya ha sido desacralizado.

Entre el severo exterior del edificio y su piso interior hay un contraste enormemente llamativo. El estuche de su bóveda tachonada de flores de madera dorada, los retablos aquí y allá, la mencionada pintura mural, las celosías estrelladas y la extraordinaria colección de cuadros al óleo, recubren incesante, mente los muros sin dejar un solo espacio vacío. Tal profusión de arte constituye un conjunto mural ensamblado de manera tan intensa que la sensación visual en un primer momento es la del deslumbramiento. El legado pictórico proviene de los siglos XVII y XVIII y cuando los artistas que se establecen en la Nueva Granada abren sus talle, res, de los cuales proceden buena parte del arte religioso de iglesias, conventos y ermitas. Los temas de esta iconografía pertenecen al Antiguo y al Nuevo Testamento, repitiéndose tantas veces sus motivos en versiones diferentes.

Se ha establecido que no hay un plan iconográfico concreto en la disposición de la imaginería del templo, más bien prima la ubicación de los lienzos con un criterio decorativo. La “arbitrariedad” de su ubicación puede ser explicada por el hecho que el mosaico fue completándose poco a poco, según los cuadros iban llegando al templo. Esa ubicación, teniendo en cuenta el carácter sagrado que tuvo lugar, hoy no reclama una racionalización museográfica pues este aparente desorden es el trazado de otro orden; aquel perteneciente a las cosas que se van haciendo paso a paso, en un lento pro, ceso de incorporación. Los 103 cuadros, muchos de ellos firmados por Gaspar y Baltazar de Figueroa y Gregorio Vásquez de Arce y Ceballos, las imágenes en relieve que son 24 tallas en madera estofada con figuras policromas ensambladas, la riqueza general del templo, que en su interior crea tan espléndido conjunto, proveniente de los siglos XVII y XVIII, es hoy en la ciudad uno de los rincones más apreciados como legado de una época histórica aquí referida a su expresión más acendrada: el arte devocional religioso.

 

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