Ricardo Gómez Campuzano

  AnteriorSiguiente  

Ricardo Gómez Campuzano. El pintor y hombre

Cambulos en el Valle del Cauca. 1945
Villeta. 1974
Tierra caliente. 1948Mangos del Valle del Cauca. 1938
Cambulos y gualandayes. 1954
Inés. 1933Banco de yerbabuena. 1975
San Gil. 1974
Ganado Cebu - Tolima. 1975
Segadoras. 1963Caballos en Bonza. 1960
Pradomar. 1956
Campesina. 1964
Sol de plata. 1941Rincón de la casa. 1969
Villa de Leyva. 1969
Calle de Córdoba. 1973
San Diego. 1974Calle de Altea. 1962
Altea. 1968
Don Quijote de La Mancha. 1957Río Magdalena. 1973
Ubaque. 1970Calle de Cartagena. 1981
Lluvia sabanera. 1981L ile de la cité de Paris. 1972Calle de Benidorm. 1970Otoño - Canadá. 1971Venecia. 1964Caballos. 1980Otoño - Canadá. 1979Invierno - Canadá. 1980Invierno - Canadá. 1975Tormenta de otoño. 1979Ermita de Segovia. 1976Cocina de tierra caliente. 1977Otoño -  Canadá. 1979Cobre y manzanas.  1979Rosas. 1979
Campos de Paipa. 1980
Caballos en Sidonio. 1963Mercado en Tibacuy. 1979
Sabana. 1981
Bodegón. 1960Paisaje del Valle del Cauca. 1981
Paso del comercio Río Cauca. 1981
Atardecer en el Valle del Cauca. 1980Río Bogotá. 1981
Mercado en Saldaña. 1979Paseo en el Río Chocó. 1936Desnudo. 1935

Texto de Álvaro Rengifo Pardo

Regreso a la tierra

Cuando en la mitad del Atlántico, de regreso a la tierra, Gómez Campuzano contempla el horizonte fundido de azules, verdes y blancos, respira tranquilo. Sus objetivos esta vez sí se han cumplido. Cómo lo sabe Sólo le basta dejar correr su Imaginación y al momento surgen por montón ideas y proyectos para realizar, al tiempo que su sensibilidad vibra cuando se imagina el reencuentro con los suyos, su paisaje, sus compañeros pintores y sus posibles amores.

Detrás estaba quedando, cada día de viaje más distante, ese mundo fantástico de San Fernando, que no era la Academia, las clases magistrales y el Taller, sino todo lo que la envolvía. La vida. El sufrimiento. La soledad. La disciplina. La felicidad. El intelecto. Los pequeños recuerdos de cosas importantes. Grabados en su mente, aparecieron la media verNica de Juan Belmonte aclamada por el Maestro Roberto Domingo, su compañero de tendido en la vieja Plaza de Toros de Madrid; un Chotis bien agarrao en La Bombilla, La Bombilla, con Mercedes, fea pero con una gracia que quitaba el hipo; una noche de tertulia eterna en el Café de Pombo escuchando las entonces Greguerías Inéditas de Don Ramón Gómez de la Serna; el sacudir la alcancía en el estudio de la Calle de Carranza, llena de perras gordas que a duras penas alcanzaban para el tabaco de un par de días ... Manuel Benedito... Julio Romero de Torres... Joaquín Sorolla... Cecilio Plá ... Valorice Campuzano, Valorice... Agustina... Verano... Calle de Amor de Dios 5... Calle del Pez... pero en un instante vuelve a la realidad. Acaba de observar en la proa del buque, un padre capuchino en posición de meditación. Rápidamente, este momento se convierte en un retrato al carbón, felizmente conservado hoy, para decirnos la realidad artística del Maestro Gómez Campuzano, en ese momento el más internacional de los pintores colombianos.

Una serena sensación de madurez invade su ser al llegar a Bogotá. La necesidad de contar sus experiencias y mostrar sus trabajos es apremiante. Por ello al tiempo que desempaca telas y pinceles, empieza la búsqueda de un sitio apropiado para mostrar y trabajar. Y pronto lo encuentra.

El hogar de la joven

El Bogotá de 1927 recibe con la somnolencia y despreocupación que lo caracterizan, al artista, que deseoso también de pulsar el juicio crítico de los bogotanos, se apresura a realizar una exposición, la primera individual después de su regreso, en uno de los severos salones de la Academia de la Lengua.

El público a pesar de su notoria indiferencia para las cosas M arte, juicio de varios cronistas de la época, reacciona y compara el trabajo anterior a los años veinte y éste, fruto de los últimos seis en la Escuela de San Fernando.

Joaquín Tamayo recoge numerosos comentarios de la muestra, en los que se habla de La fuerza de la naturaleza; del realismo lleno de luz y fuego; del dibujo superior y la suavidad en el tratamiento de los rostros de niños y mujeres. Pero no habló sobre algo que casi nadie ha comentado. La imagen del Maestro hablando, riendo sabrosamente, deleitando con ingenio a los asistentes, con esa condición humana tan especial que irradiaba su ser acompañando al arte que transmitía su obra, con lo cual estaba logrando, desde sus comienzos y sin proponérselo, el auténtico camino del éxito.

Lleno de optimismo, sin preocupaciones y con el deseo de poner a prueba su enorme capacidad de trabajo, arrienda un local espacioso y con buena luz, en los altos del Teatro Faenza, que con el tiempo se llamará El Hogar de la joven.

Merceditas Borrero, Helena Saravia, reinas de los estudiantes, Beatriz Ucrós y Maruja Delgado abrieron la puerta del estudio del Maestro a nume~ rosas jóvenes bogotanas y de otras regiones del país que querían posar, entremezclando sus deseos de ser vistas por el ojo del artista, experiencia siempre misteriosa, y de pronto por qué no, interesar el corazón del Maestro. Lo que tal vez no pensaron fue que estaban sirviendo a Gómez Campuzano, a reafirmar sus grandes condiciones de retratista, ya insinuado en la cabeza excelente de su padre pintada en 1918, con el sello de su Maestro Ricardo Acevedo Bernal, y reafirmada en los bocetos al carbón y pastel de las gitanas españolas de Benedito y Romero de Torres en sus estudios madrileños. La figura joven de mujer, con contenido espiritual, expresando alegría o melancolía en su mirada, transmitiendo sinceridad en la sonrisa, resumiendo un estudio profundo de un estado de ánimo, dentro de un riguroso dibujo anatómico, es el resultado del trabajo artístico de ese momento en que la seguridad y la confianza en sí mismo permiten al Maestro mirar el futuro con ilusión, corazón abierto y un sentimiento especial hacia su tierra y sus gentes. Emilita Nieto, amiga del pintor como la mayoría de las jóvenes que visitaban su estudio, quería también su retrato. Incumplida, nunca llegaba a la hora señalada; pero su belleza y simpatía hacían olvidar la larga espera. Una mañana, retardada como siempre, después de subir la escalera corriendo, con voz jadeante exclamó desde la puerta Richard querido, no te afanes; cuando llegues a la boca me la dejas pintar a mí, que como me la pinto todos los días se me facilita y adelantamos trabajo. El no poderla pintar no le Importó, como sí se Interesó en pintar a Inés Delgado Padilla, sobre una tela a la que ella misma en una visita anterior, le había colocado con un carboncillo un signo de interrogación.

La simpatía mutua que surgió entre Inés y Ricardo en sus primeros encuentros se convirtió pronto en noviazgo formal. La joven estudiante de arte en Bruselas, discípula del Maestro Marcel conquistó el corazón del pintor bogotano, quien nunca dudó que su inteligente amiga sería también su más severa crítica y por encima de todo su gran amor.

Su vida familiar

Alrededor de las dos de la tarde, cuando la mayoría de los invitados bailaban al compás de la orquesta de Bolívar y los Suyos, la pareja de recién casados salió discretamente de la casa para tomar el autoferro expreso que los esperaba en la Estación de la Sabana, para llevarlos a la finca llamada Irco, en El Ocaso, donde pasarían su luna de miel.

Este viaje en autoferro, lleno de ilusiones y emociones, fue también el viaje del augurio de un matrimonio feliz, compenetrado siempre en las grandes decisiones como en los pequeños detalles de su vida familiar.

Era el 8 de septiembre de 1928. A las 1130 de la mañana habían contraído matrimonio Ricardo Gómez Campuzano e Inés Delgado Padilla en la Iglesia de la Tercera de Bogotá. La pareja se había ganado la simpatía de familiares y amigos y por ello, tanto la ceremonia como la recepción ofrecida por los padres de la novia, Don Samuel Jorge Delgado y Doña Isabel Padilla de Delgado, fueron momentos de verdadera alegría para todos los asistentes.

La vida familiar de un artista siempre ha sido difícil. En muchos casos prácticamente no ha existido. Un carácter especial siempre, que busca la concentración sin horario específico de momento y duración, que desea esparcimiento y diversión posiblemente en el momento menos esperado, es algo común que hace ver el equilibrio como un estado casi nunca alcanzado.

Por ello es admirable encontrar la armonía que lograron, el espíritu artístico de Ricardo con el temperamento ágil y en movimiento permanente de Inés. Hubo un complemento entre cualidades y virtudes de cada uno, que se convirtieron, con el tiempo, en necesidades compartidas toda la vida.

Llegaron los hijos, siete en total, en medio de viajes, exposiciones, trabajo o momentos de calma. Inés, Isabel, Beatriz, Ricardo, María Cecilia, Margarita y Lucía, de mayor a menor. Pintados una y otra vez, desde su primera infancia, el gran pintor de niños y retratista insigne, nos va diciendo de su temperamento y rasgos característicos a medida que pasa la vida. La admiración por la obra de su padre fue un común denominador en todos, que son hoy también los 21 nietos y 4 biznietos.

El presente y futuro de los Gómez Delgado fue preocupación permanente del Maestro a lo largo de su existencia. Siempre fue su pincel el que se encargó de procurar lo necesario para conseguirlo, muchas veces en silencio, sin despertar angustias, transmitiendo serenidad y equilibrio, sin estridencias o exageraciones.

Una de las facetas más interesantes de la personalidad del Maestro en relación con sus hijos, fue la combinación inteligente para lograr que los momentos de vacaciones fueran al tiempo momentos para continuar su trabajo, pero sin interrumpir o cambiar ninguno de los planes iniciales del descanso, que generalmente buscaban, la pesca, el baño en el río o en el mar, en climas distintos, ilusión siempre cumplida por todos los hijos en sus distintas edades.

La fundición de plomo, juego inventado por el Maestro, tenía como material los tubos de pintura vacíos, que puestos a derretir en un gran caldero de cobre con el agua, formaban figuras casi mágicas que lograban la mayor atención de todos los pequeños. Este juego preocupaba mucho a la dueña de casa, no así las representaciones de Opera o Zarzuela, menos peligrosas, que utilizando sus excelentes dotes imitativas y de mímica levantaban el ánimo y hacían reír al más serio de los asistentes.

Las veladas familiares tuvieron siempre ese sello de buen humor marcado por el Maestro, especialmente en las épocas de Navidad, novenas que tuvieron muchas veces el acompañamiento del tiple rasgado por el Maestro quien con voz afinada cantaba villancicos difíciles de conocer seguramente por ser versiones suyas, finalmente.

El respaldo a las decisiones de los hijos mayores y menores es hoy un recuerdo vivo entre todos ellos. Para cada uno, tuvo el consejo apropiado en el momento preciso.

Su ilusión porque alguno siguiera sus pasos se cumplió finalmente.

Inés, Isabel, Beatriz y Ricardo dedicados a carreras científicas, dejaron llegar la savia artística a los hijos menores, María Cecilia, Margarita y Lucía. Fije finalmente Margarita, quien después de un gran rodeo por la guitarra clásica, con sentimiento idéntico en relación con los valores del arte, estableció un diálogo con su padre, que terminó en una identificación en la pintura, que llevó a Ricardo a transmitir y esperar la continuidad de una secuencia válida.

De lo oficial a lo particular

Cuando falleció el Maestro Roberto Pizano, la Dirección de la Escuela de Bellas Artes de Bogotá, y su prometiente programa educativo quedaron sin timón para conducir a buen puerto la muy interesante labor que se había trazado el talentoso, inquieto e inteligente Pizano, triste y tempranamente fallecido.

El Dr. Huertas, Ministro de Educación del Presidente Miguel Abadía Méndez, llamó al Maestro Gómez Campuzano a la dirección de la Escuela.

Queriendo servir, consciente de su deber y de lo que había aprendido, no quiso iniciar experimentos, sino poner en práctica procedimientos actualizados comprobados con resultados a la vista. Cambiar un sistema en donde se habían formado con tanto éxito sus maestros, Ricardo Acevedo Bernal, Francisco Antonio Cano y Ricardo Borrero, que era el mismo que existía, con pocas diferencias, al de las Academias Jullien y Colarrossi de París, San Fernando de Madrid y Bellas Artes de Roma, no tenía mucho sentido. A ellos y a otros pocos maestros, se debía indudablemente una generación muy brillante de la historia de la pintura colombiana, por el número, calidad y consistencia de los trabajos de pintores como Domingo Moreno Otero, Eugenio Peña, Efraín González Camargo, Miguel Díaz Vargas, Coriolano Leudo, Ricardo Moros, Eugenio Zerda, Roberto Páramo y Pedro Quijano, entre otros. Su vigencia estaba reconocida y aceptada. Eran su principal argumento.

Estaba Gómez identificado también con la tesis que nunca pierde actualidad, expresada hace poco por el conocido historiador y crítico de arte, Don Francisco Gil Tovar, en un excelente artículo de su columna de El Tiempo el pasado 8 de noviembre de 1986 titulada El papel de las Escuelas El espíritu y la voluntad artísticos están ya dados, o no, en quienes ingresan a ellas. Lo que en las aulas se puede poner sobre espíritu y voluntad es cultura general, cultura aplicada y buen oficio; pero esto, como se sabe, no es hacer artistas. No es posible hacer artistas, como sí lo es el dar a los espíritus artísticos los instrumentos del saber y del saberhacer, que es lo que toca a las entidades docentes de lo artístico.

Sin embargo, sus planes y recomendaciones en vez de crear colaboración e inquietudes, sólo le sirvieron para recoger ingratitudes.

La búsqueda de unos cambios radicales en el sistema educativo por un grupo de estudiantes más interesados en fines extraartísticos, acabó con la paciencia del Maestro, quien después de dos años de servir a la Escuela como Director, Profesor de Paisaje y Colorido, y Director de su Museo de Reproducciones, se retiró a lo PARTICULAR, que no era otra cosa que convertirse en infatigable viajero por el país, en busca de la luz en los paisajes ardientes del Magdalena y del Cauca, o en las frías inundaciones de la Sabana de Bogotá, para plasmar en las telas la naturaleza observada y sentida.

Su paisaje Colombiano

Acercarse a Purificación a través de los llanos del Tolima fije toda una experiencia para Gómez. Fue tanto lo que recibió de esta tierra que su luz y su color lo animaron a quedarse en repetidas ocasiones, así fuera fugazmente, para captar en rápidos apuntes esa atmósfera única.

Al llegar a la finca El Tigre, cercana a Saldaña, en 1929, se enamoró de ese ambiente rústico en donde entre crotos y ceibas, palmas y mangos, se reunían a distintas horas, pavos reales, gallinas, piscos, y gallos. En un lienzo de gran formato, la CasaMuseo? conserva La Hacienda, fruto de muchos días de observar en directo esa naturaleza, hoy una de las obras mas representativas de su realismo costumbrista.

Todos los días, por lo menos una vez, La Hacienda era observada por el Maestro en el comedor de su casa. Nunca quiso desprenderse de ella, y cuando algún comprador muy insistente y tentador lo comprometió, con su chispa espontánea y genial le contestó Æ lo siento, pero la primera opción la tienen las Del Corral

Con la idea siempre en mente de captar abiertamente la naturaleza en un contacto directo, sufriendo los rigores del clima pero al mismo tiempo exprimiendo esa posibilidad, para transmitir en su obra ese calor ardiente, el fuerte color de frutos y flores, el olor y los sonidos que salen de esa vegetación cerrada, el Maestro salió del Tigre, recorrió el Saldaña y por El Guamo regresó a Girardot, de paso para Apulo, en donde quedó extasiado con la belleza de un grupo de jóvenes lavanderas que tenían como fondo, en la orilla opuesta, una bruma llena de sugerencias. Con paciencia, sin prisas pero sin pausas, en su pequeña caja de pintura, fue gestando esa gran composición que se llama Las lavanderas de Apulo.

En ella afloran, además de sus deseos de plasmar un tema tan nuestro, una voluntad decidida de incorporar, con un idealismo romántico, el hombre al paisaje.

Al llegar a este momento de su vida artística, Campuzano, como muy cariñosamente lo llamaron en España, sabía que existían dos características principales en su creación La Factura, y su propio mundo pictórico.

En el primer aspecto, no cabe discutirle a Campuzano su dominio del oficio. Su pincelada larga, gruesa, llena de pasta para ser depositada con precisión y garbo, siguiendo siempre un ritmo envolvente y alternando una selección cromática rica y acertada, lo llevaron a conseguir una calidad y variedad de textura, inmejorables.

Su Mundo Pictórico, variado mundo pictórico, se extendía desde la humilde campesina envuelta en un sencillo pañolón vendiendo frutas en un mercado boyacense, hasta la aristocrática dama de sociedad; del último rayo de sol en un atardecer sabanero captando una nube rebordeada, al exuberante esplendor de los cámbulos y gualandayes del Valle del Cauca; de la cabecita inocente de la hija respirando ternura y transmitiendo inocencia, hasta la total descripción del carácter del conocido político; de la composición histórica con características de mural de Nariño en la Campaña del Sur, a las cocinas calentanas iluminadas por la luz penetrando a través de portones entreabiertos y asomando por debajo de calderos que parecen desprender olores con recuerdos eternos. Siente los ríos caudalosos y mansos que reflejan orillas a las que provoca llegar y se recrea en los cobres pesados que recogen sugerentes orquídeas y rosas delicadas.

Reflexionando sobre esta realidad, Gómez Campuzano, muy sinceramente cree llegado el momento de exponer su trabajo en el exterior, y escoge Nueva York como punto de partida de un periplo que lo llevaría posteriormente a Canadá y luego regresar a Europa.

Llegar a Nueva York después de salir de Bogotá, atravesando medio país por el río Magdalena y por Barranquilla embarcarse con los lienzos enormes que no sabían de viajes sino de permanecer colgados en grandes paredes, era toda una proeza.

Al no contar con contrato o conexión previa en galerías, su credencial fue su propia Obra. Mientras las telas reposaban en el hotel, Ricardo e Inés, inseparable compañera en estos trajines, recorrían calles y avenidas buscando dónde podrían ser colgadas. Es más difícil mostrar un cuadro que pintarlo, repitió muchas veces el Maestro a lo largo de su vida, y esta verdad estaba adquiriendo toda su vigencia en momentos de tanta expectativa y cansancio.

Un Crepúsculo del Valle del Cauca, y los Caminos de Villavicencio, Tunja, Vélez, Cota y Fontibón, convencieron a Mr. Kleemann, dueño de Kleemann Gallerles, quien inauguró el 4 de noviembre de 1940, una Exposición de 28 paisajes colombianos. Para los norteamericanos, no pasó desapercibida, la muestra de este pintor sudamericano, discípulo de Sorolla y compañero de Dalí en San Fernando.

Reafirmación de su personalidad artística - Canadá

Por sugerencia de amigos norteamericanos, el Maestro viaja al Canadá con toda su familia, y se Instala en Toronto, después de organizar la educación de sus hijos en diferentes centros docentes. Lo que inicialmente fue concebido como un viaje para ampliar horizontes, fue convirtiéndose, gracias a la pintura, en una vivencia auténtica en esas lejanas tierras. Cuando pasado un año alguien le preguntó de qué vivía, con esposa y siete hijos educándose en el gran país del Norte, contestó socarronamente De los regalos que no tengo que hacer en Bogotá.

La realidad era, que familias como los Michener, Mac Cloud y Lancaster, posaban entusiasmadas para el Maestro, abriéndole un camino, que del retrato por encargo lo llevó a interpretar el paisaje canadiense, con un sentimiento y una veracidad que sorprendió a los serios, organizados y sensibles canadienses.

Mientras cuatro de sus hijos mayores terminaban sus estudios universitarios, un Chirysler de color gris, modelo 1950, manejado unas veces por Inés, otras por Ricardo, recorría caminos veredales y grandes vías desde Toronto hasta Nueva Escocia.

En otoño, desde pequeñas hondonadas que daban paso a riachuelos en medio de bosques, hasta los grandes lagos, fueron pintados incansablemente en diferentes perspectivas.

El encontrar esa gama de naranjas, ocres, amarillos profundos y rojos, el otoño tan marcado de ese país, produjo al pintor una sensación estimulante y una necesidad de plasmar esa sinfonía de color, espectacular, tan distinta a sus paisajes españoles y su trópico.

Se sintió feliz al comprobar que su paleta, tan rica siempre en cantidad y calidad de colores, era capaz de captar esa atmósfera con luminosidad y profundidad. Así lo reconocieron la crítica y los espectadores que tuvieron la oportunidad de observar y adquirir su trabajo colgado, durante varios años, en una sala especial de exposición permanente, en la Galería Eaton s de Toronto.

El retrato del Padre Barona, Párroco de la Iglesia de la Porciúncula de Bogotá, colocado en la vitrina principal de la Galería, por sugerencia de su Director, fue cambiado por el de la conocida pianista Margaret Anne Irland, en esos momentos en plena temporada en la ciudad. Su autor era REALMENTE Gómez Campuzano. El era capaz de captar, con esa difícil facilidad, el alma sensible de la artista, pero además sus manos, instrumentos mágicos para transmitir su música, estaban allí reafirmando su personalidad de intérprete.

Así al comprobar esa verdad, fue desfilando por su estudio un completo muestrario de la vida canadiense del momento niñas, jóvenes, hombres de negocios, artistas y políticos.

Joaquín Sorolla y Ricardo Gómez, Maestro y discípulo, ayer y hoy estaban recorriendo para la historia, en épocas diferentes y en distintos continentes, el mismo camino del éxito, sintiendo la misma desesperación del trabajo de encargo continuo en el estudio, sin poderle dedicar todas las horas de luz, pocas en invierno un poco más en verano, al ejercicio pleno de la pintura al aire libre, su verdadera pasión, aprendida por Gómez desde tiempo ya distante y ya decididamente suya.

España

Que mejor oportunidad para reafirmar su personalidad artística, que la de volver a la Escuela que tanto le enseñó, para comprobar su realidad y aceptar el reto del futuro.

Escribí en el catálogo de su última exposición, poco antes de su muerte, en septiembre de 1981, que este regreso a España tenía entre otros objetivos, uno muy especial. El presentarse en la Sala Goya del Círculo de Bellas Artes de Madrid, después de 35 años de ausencia, con toda una experiencia profesional a sus espaldas.

Exponiendo su trabajo, quería pulsar, esta vez, el juicio crítico de los amigos, compañeros, conocedores, público y estudiantes españoles, en uno de los templos sagrados de la pintura en España, en momentos en que los movimientos artísticos, más que nunca, seguían encauzándose por caminos persistentemente modernistas.

El Márquez de Lozoya, Director del Círculo en esos momentos, en sus palabras de inauguración dijo:

Un gran pintor de la Escuela ha vuelto a esta casa, para satisfacción de todos los que, como yo, admiramos su trabajo, continuo y consistente, reflejo de un estudio intenso, motivado por la calidad de sus maestros e inspirado por sus dones de artista.

El resultado de esta exposición en 1964, aplaudida y apreciada, fue un nuevo estímulo para el Maestro. Otra vez se pudo ver al pintor, recorriendo caminos conocidos de la Sierra del Guadarrama, cercana a la capital, o en la Costa de Levante entre Valencia y Alicante, o sentado frente al mar, buscando de nuevo esa luminosidad tan especial del Mediterráneo que tanto le enseñara el genial valenciano Joaquín Sorolla.

Las Barcas de Denla, el viejo puerto de Alicante, las ventas de naranjas de la huerta valenciana, las estrechas calles de Benidorm con su cielo inconfundible y un misterioso sabor de recuerdos moriscos, la atmósfera brumosa entre la Serranía de Altana y los rizos de las olas en Altea, fueron otra vez sus temas.

El sereno y maduro pintor, encontrándose de nuevo con sus temas favoritos, continuaba su carrera, reafirmando los valores eternos de la pintura.

El Canadá le había permitido vivir una atmósfera, un color y unas gentes distintas con el éxito ya descrito. En tierras españolas le estaba sucediendo lo mismo, gracias a su talento, y a un motor detrás de su oficio que marchaba a golpes de espíritu con el cual interpretar.

La producción de la década de los sesenta tiene por ello ese sello tan especial. El de una paleta fresca, renovada, con el aire y el ambiente transparente de ese momento artístico.

Antes de regresar a Colombia, quiso visitar a su condiscípulo de la Escuela de San Fernando, el pintor Tablada, quien se encontraba enfermo en su ciudad natal, Segovia. De los innumerables recuerdos de sus muy ricas vivencias españolas, siempre recordó con afecto y simpatía lo que Tablada le transmitió la profunda huella que había dejado entre sus colegas como artista y compañero.

Recordando el tema que le había permitido participar en la Exposición de Madrid de 1923, la Ermita segoviana de Santa Ana, Tablada pudo acompañar a Gómez a recorrer lugares de recuerdos juveniles al tiempo que comprobaba la plena vigencia de su disciplina.

La decidida colaboración de un grupo de artistas e intelectuales españoles encabezados por Don José Camon Aznar, El Marquez de Lozoya, Don osé Francés y el Maestro Regino Saiz de la Maza, hicieron posible que este regreso a España fuera una etapa de realizaciones y de reflexiones futuras. No hay duda en que la evolución del Maestro en la década de los setenta, tiene como punto de partida el final de este viaje.

Evolución, maestria y ejemplo

Los años y las dolencias que llegaron con ellos, no menoscabaron jamás su espíritu y ánimos de trabajo.

En 1974, viajó por Santander y Boyacá, encontrándose con Paipa, Tibasosa, Pinchote, Girón y San Gil. Las portadas y calles de estas poblaciones empezaron a sentir la observación aguda de Gómez que ahora quería describir atmósferas y volúmenes más que dibujar con detalle fachadas y tejados.

A ello le ayudaban los tonos pasteles que iban surgiendo en pinceladas sueltas, rápidas, espontáneas, resumiendo lecciones eternas de claroscuro y perspectiva y simplicando la valoración.

Nada más ni nada menos se había consolidado la MAESTRIA, y con ella la multiplicación del tiempo. El trabajo continuaba y la producción no decaía.

Pasados unos meses, surgió de nuevo la oportunidad de viajar, esta vez a Mariquita, cuyos cerros irregulares siempre llamaron su atención. Una ola de calor muy fuerte descompensó su tensión y tuvo que regresar a Bogotá. En Villeta, sintiéndose mejor y comprendiendo que difícilmente podría repetir este viaje, convenció a su esposa de no seguir hasta la capital y poder así recrearse en este sitio, ambiente característico de tierra templada, similar en temperatura y vegetación a los de La Ceja, El Retiro, Santa Bárbara y tantos otros pueblitos antioqueños, tantas veces pintados y recordados por el Maestro.

La Ermita de Villeta y su Río, dan fe de la constancia de la tenacidad, de unos deseos inmensos de seguir activo, lo mismo que toda su pintura de 1975 en adelante, en el que transmite un mensaje casi místico, como si quisiera elevarse en busca del Creador.

Al regreso de este viaje, en pleno ejercicio de sus actividades, Ricardo Gómez Campuzano le da forma a una idea que viene gestando de tiempo atrás.

La asociación cultural

Constituir una Asociación Cultural que tenga como sede su casa es la idea. Que vaya más allá de la simple posibilidad de recorrer salas y pasillos observando su trabajo. Piensa en la música. En conferencias, conciertos y talleres.

En unión de su esposa, diseña y crea la Asociación Cultural Ricardo Gómez Campuzano con la meta muy clara de que realice y desarrolle programas culturales en beneficio de la comunidad. Y así se define.

El 25 de septiembre de 1978, se inaugura oficialmente la Asociación Cultural, con un concierto de guitarra clásica interpretado por el Maestro Roberto Barragán, colombiano radicado en Buenos Aires. Gómez Campuzano escucha y aplaude. Entiende de timbres y sonidos.

El público que llenó la Casa-Museo esa noche, a través de la música, captó la generosidad de su espíritu y entendió la más bella, estética y profunda lección de generosidad.

Recorrer su Casa-Museo, hoy un poco propiedad de todos los colombianos, es un ejercicio estimulante para el espíritu, porque por encima de cualquier consideración se antepone la identificación paso a paso de la fusión permanente, del pintor serio, estudioso y viajero, con el hombre, familiar, amable y generoso.

Última lección

Una mañana del 20 de julio con dificultad subió al estudio. Un lienzo en blanco lo esperaba. Esa ilusión tantas veces vivida le hacía superar cualquier molestia. Tres rápidos trazos al carbón aparecieron. El tema, un paisaje del Valle del Cauca. El apunte celosamente guardado en el estudio durante tiempo, era consultado y observado con tranquilidad.

Prodigiosamente, en tina hora de sesión, el cuadro estaba manchado e indicado.

A la mañana siguiente no pudo regresar al estudio. No lo pudo hacer más. El Maestro, próximo a cumplir los noventa años de edad, estaba cerrando el último capítulo de su vida pictórica, y sin duda un ciclo importante de la pintura colombiana.

 

  AnteriorSiguiente  

Comentarios