Ricardo Gómez Campuzano

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Narración de la vida de un pintor felíz

Ricardo Gómez Campuzano (1891 - 1981)

Cesto de frutas. 1909Sendero de Fusagasuga. 1910Ganado en La Virginia. 1912El mayordomo. 1902Paisaje (La Unión) Cundinamarca. 1916Gitana. 1925Agustina. 1926Mercedes. 1924María del Carmen. 1924Ninfas perseguidas por sátiros. 1924Las hilanderas. 1924El cardenal desconocido. 1925Desolación. 1917Percherones - Canadá. 1951El patrón. 1929Maja de Gómez. 1927Lavadoras. 1930Ranchos de La Virginia. 1935Aurora. 1929Ramón Barba. 1930Inés e Isabel. 1932Madre joven. 1929Condesita de Podwills. 1935Elena Abello Gómez. 1942Inés. 1931Margarita. 1943Maternidad. 1930La hacienda. 1930Mercado en La Vega. 1940Despensa de yerbabuena. 1939Bailarinas. 1944

Los pollitos. 1943
El baño. 1941Luz artificial. 1934Ricardo. 1939
Napoleoncito. 1933Beatriz. 1945
Diciembre. 1943
Beatriz y sus conejos. 1939
Día de campo. 1935Lucía. 1951
Inesita. 1931Margarita. 1946
Isabel. 1947

Inés de Gómez. 1928
Autorretrato. 1940
Carolina Vásquez de Ospina. 1968
Roberto Gómez Saíz. 1918

Carmen. 1947
Samuel Inje Delgado. 1936
Inés de Gómez. 1939
Inés Delgado Padilla.  1928Ricardo Gómez Delgado. 1946
Margarita con su guitarra. 1962
Maria Cecilia. 1944
Inesita. 1945María de Jesús Campuzano de Gómez. 1925
Isabel Padilla de Delgado. 1941

Misa en la hacienda. 1945
Rosario en familia. 1962

Cafetal. 1934

Desnudo - Canadá. 1954
Cecilia. 1926
Puerto Salgar. 1946
El novillero. 1962El novillero. 1966
Portada en el valle. 1947

La voragine. 1965
La voragine. 1965
Barcas en Cartagena. 1948
Barcas en Denia. 1969
Mar en Nueva Escocia, Canadá. 1963
Paisaje de la sabana. 1945
Cambulos en el Valle del Cauca. 1945

Texto de Guillermo Hernández de Alba

Dos caballeros de antiguo linaje antioqueño los hermanos Nicolás y Salvador Gómez de Urueña de Castro, casado el primero con doña Bárbara Restrepo Isaza y el segundo con doña Mariana Restrepo Isaza, prolongan su estirpe en la capital de la Nueva Granada, donde fundan hogares respetabilísimos que florecen en nietos de rara selección. José María Gómez Restrepo contrae matrimonio con doña María Josefa Saiz Nariño, nieta del Precursor don Antonio Nariño, uno de cuyos nietos se llamará Ricardo Gómez Campuzano; y Vicente Antonio Gómez Restrepo, político tempranamente fallecido forma su hogar con doña Mercedes Diago y Suescún, de quienes nace doña Vicenta Gómez Diago, esposa de don Ricardo Silva, padres del glorioso poeta José Asunción Silva y Gómez. No es casual esta relación de familia, que acaso el propio Gómez Campuzano jamás tiene en cuenta; lo admirable es ver florecer la inspiración poética en esos retoños del mismo tronco, mientras a Silva Gómez no le es esquiva la gloria poética que envuelve su memoria inmortal. A los pinceles de Gómez Campuzano salta la poesía que también impregna toda su obra. Uno y otro estos primos segundos poseen el don divino de la inspiración.

Por los caminos misteriosos de la sangre la herencia antioqueña de Ricardo se refuerza al casarse su padre don Roberto Gómez Saiz con doña María de Jesús Campuzano, en quien convergen claros apellidos montañeses como los de Mejía Arango y Lorenzana; la fuerza del santafereñismo aportado por los Saiz Nariño es ratificado y afianzado al recibir Ricardo las aguas bautismales el 30 de septiembre de 1891 en la Iglesia parroquial de La Veracruz, de manos de Fray Rafael Almanza. Ricardo Fermín, el neóito, queda calificado como irreducible bogotano, así lo agobie la herencia fecunda de la sangre materna que busca unirse con otro caudal paisa del padre.

Pertenecer a la casa bogotana de los Gómez Saiz significa raro privilegio, pues en ella concurren los linajes que de antiguo han sabido representar las cualidades propias de la sociedad tradicional santafereña. Once son los vástagos de la fecunda casa don Rafael María esposo de doña Dolores Alvarez y Gutiérrez Vergara; don Luis María casado con doña María Josefa Umaña Tobar; don Emiliano contrae matrimonio con doña María Jesús Grajales Ortiz; Eduardo desposado con su prima doña Julia de Brigard Saiz; Roberto casado con doña María de Jesús Campuzano; Ana María esposa de Pantaleón Gutiérrez Ponce de LeN?; María Teresa esposa de don Andrés Marroquín Osorio; Daniel casado con María Teresa Grajales Ortiz y Nicolás contrae matrimonio en primeras nupcias con doña Elena Tanco Cordovez y en segundas con doña Rosa Dávila Ordóñez; por último, doña María Josefa Gómez Saiz esposa de don Juan de Brigard Nieto.

Para los bogotanos viejos, para quienes principalmente se escriben estas páginas, la anterior enumeración constituye memoria queridísima de hogares memorables donde converge y acendra la más clara expresión del bogotanismo. Cristianos viejos; celosos defensores de la tradición; ingeniosos en grado sumo; amigos del comentario volandero que mueve a risas, alegres sin estridencias; lectores asiduos del tesoro bibliográfico español y francés, amantes de la poesía que hace soñar; amigos de afianzar su arraigada fe religiosa en la lección diaria de la Imitación de Cristo y de la devoción mariana que cultivan con la recitación en familia del Rosario de Nuestra Señora; hombres de corte y de campo, amigos de los deportes venatorios y de caballería; de palabra cierta y honor a flor de piel, orgullosos de su estirpe; hábiles para el comercio, las armas y las plácidas labores campesinas que arruinan o enriquecen; muchas veces amigos del azar, pero buenos perdedores; hábiles danzarines, dotados de fino oído para rasgar las cuerdas del trío clásico, tiple, bandola y guitarra; galanteadores inseguros pero rigurosos jefes de hogar en ocasiones excesivos. Conversadores brillantes, comentaristas impiadosos; cuidadosos de su traje y persona, visten a la manera inglesa y saben alternar acertadamente en los más variados medios sociales; son desde luego, inconstantes, su clara inteligencia ejercitada con método progresivo se fiesta a veces en selectas figuras honor de la sociedad y de las letras. Practican la caridad sin ostentación y cualquiera sea su color político expresan su respeto por la iglesia y sus ministros, como son tolerantes con sus rivales azules o rojos; la tolerancia es el fruto síntesis de su peculiar manera de ser.

A tales varones Dios ha dado mujeres extraordinarias, dechados de virtud, de belleza, de gracia, de fina inteligencia y buena cultura Intelectual; fuertes de espíritu, capaces de superar el Infortunio; caritativas por demás. Nacidas de hidalga estirpe, injertada al añoso tronco ibérico; crecidas en un hogar de cristianos y caballeros, hermosas con buen aire y discretas con agudeza cortesana; modelos de esposas y de madres, asaz religiosas, patronas y fundadoras de instituciones de caridad y de servicio social; sencillas y cultas sin ninguna pretensión, lectoras entusiastas y admiradoras de los antiguos Ingenios, practican las bellas artes, el bell canto, el magisterio para infantes y la producción de finas obras de lencería, bordados y tejidos. Una fe religiosa irreductible las permite enfrentar cualquier desgracia y les da normas para conducir con pleno acierto la educación de los suyos. Mujeres que cumplen su vida corno en el siglo XIX, en el internado de su hogar paterno, el recogido claustro del colegio o ya mayores al unirse en matrimonio asumen la magna responsabilidad de trocarse en educadoras, en conductoras discretas pero fuertes de su hogar, superándolo y venciéndolo todo; saben esgrimir espontáneas el amor de la dulzura, de la suave imposición para vencer las asperezas del caprichoso temperamento del compañero de su vida y encauzar por los caminos del bien ascendente a los frutos de su amor.

La casa de los siete patios

De una sola planta y robusta traza colonial desarrolla sus estancias sobre un amplio patio solado de ladrillo. A él se asoman la sala, generalmente cerrada, el cuarto del plano o de la tertulia y sucesivas alcobas que abren sus ventanas sobre el camellón de Los Cameros, hoy calle 15, las menos y sobre la carrera novena las más que se prolongan hasta media cuadra por el norte, con espacios rectangulares de los que se numeran seis, incluida la amplia huerta y la alberca y lavadero; cerezos, brevos, uchuvas y toma teras, alternando con rosas de Castilla, geranios y malvas. Casasolar propicia para ser poblada por numerosa tropa infantil, como la que constituyen Alberto, Ricardo, José María, Enrique, María, Carolina y María Elena Gómez Campuzano, nacidos de una pareja feliz formada por don Roberto Gómez Saiz y doña María de Jesús Campuzano Mejía, ya mencionados.

Grave pero amable don Roberto, profundo creyente religioso y hábil comerciante; ejemplarmente maternal doña María de Jesús, llamada a ejercer la más hermosa y querida autoridad sobre su tribu. Don Roberto después de un breve viaje por Europa en compañía de su pariente don Wenceslao Pizano Elbers, se establece definitivamente en su ciudad natal, donde funda su hogar y al igual de sus hermanos, se decide por la carrera del comercio tan bien calificada en sociedad, no como ocurre en otras latitudes donde se la mira con desdén. Al contrario, en Colombia y particularmente en Bogotá ha sido de especial estimación por haber sido ejercida de antiguo por caballeros de cristalina honradez e hidalga estirpe. En las tres Calles Reales de la ciudad o en la de Florián, paralela de aquéllas, se abre el excelente comercio capitalino, regido por hombres ilustres que conserva la tradición, no sólo por su razón social sino por el señorío de sus propietarios.

Niñez amabilísima la de los Gómez Campuzano, preservados casi todo el año dentro de los gruesos muros de su casa de los siete patios, encierro semimorisco heredado de la no muy remota Colonia, que estimula la picardía y agudiza el ingenio de los niños que crecen al abrigo de la hermosa casa. Temprano falta el mayor, Alberto, víctima de sus aficiones cinegéticas, limpiando su escopeta una bala furtiva propicia la pleuresía que da cuenta de la vida del mayorazgo. Como hermano mayor queda Ricardo, el amablemente insoportable, travieso, burlón y pícaro. El que se ingenia ideando travesuras o desesperando a la señorita Obando o a la señorita Julia las sufridas institutrices, cuya diaria tarea concluye tantas veces en lágrimas. La preparación para la primera comunión doblega, al menos por corta temporada, las inocentes rebeldías. Es entonces, al recorrer la Calle Real acompañado por su niñera, camino del Colegio de la Presentación donde la Hermana Inelda lo prepara, cuando sus ojos curiosos se detienen sin cansancio ante las vitrinas que exhiben litografías y estampas que al retornar a casa trata de retener en su memoria pictórica. Por la salida diaria al Colegio de la Presentación donde con otros niños de su calidad social, parientes tanto de ellos como su primo Emilio de Brigard, trata de entender las complejas lecciones del catecismo, y el misterio insondable de la Eucaristía templa su travesura. En compañía de la muchacha del servicio más respetable detiénese el niño ante escaparates del comercio en busca de estampas que admirar y que estudiar en preludio de una vocación que nace avasalladora. La imaginación se desborda y da frutos suculentos, como aquel pelele que arma con ocasión de la boda de una de sus hermanas y que termina por asustarlo hasta la angustia transmitida a todos sus hermanos que, espantados, abandonan el cuarto de la ropa, lugar de la hazaña, cuando Ricardo viste con una vieja levita, unos cuantos palos y unas toallas, la figura de un muerto, cuya cara pinta con tal realismo tétrico que hace estallar la tropa infantil en lágrimas y gritos que llenan el ámbito de aflicción y de zozobra difíciles de calmar. Otras veces, las más, las pilatunas mueven a risa. Una tarde nos cuenta María Elena, la simpatiquísima hermana menor de Ricardo y por consiguiente la que más ha de sufrirle en su niñez y juventud, el mayor incurre en una falta de las suyas, por la cual sus padres le incitan a pedir perdón humillándose para doblegar su carácter. Cae la noche; regresa don Roberto de sus quehaceres comerciales y de practicar su vieja devoción de concurrir, a las cinco de la tarde a la iglesia de La Concepción de los Padres Capuchinos, a meditar la hora santa; mamá convoca a todos al rosario en familia, pero falta Ricardo; todos musitan las piadosas oraciones marianas cuando inesperadamente penetra al recinto del oratorio una a manera de tortuga, ingeniosamente figurada por un canasto pando, fusagasugueño, de los que se usan para las camisas de planchar, que se mueve lentamente hasta el lugar donde mamá y papá presiden el rosario; grande es el estupor; es Ricardo que de tan ingeniosa manera se humilla sumiso. Hasta donde más humillación

Su vivo carácter hace presentir las dificultades que su educación traería. Una nueva profesora le inicia en el dibujo elemental y sobre la dura corteza de una granadilla deja el testimonio de una genial aptitud para el paisaje. Su obra muy celebrada va a adornar el tocador de su hermana Carolina y los cuadernos de tarea se llenan de balbucientes dibujos y peregrinas concepciones.

Viene después el colegio, de donde lógicamente sería expulsado; definitivamente es un niño molestón e inquietísimo, con una increíble imaginación y tina simpatía encantadora, que todo lo convierte en regocijo e intrascendencia. Piensa su preocupado padre en la única solución que para esa clase de males se encuentran por entonces. No pueden ver con buenos ojos el mal ejemplo del hermano mayor sobre temperamentos tan dóciles como los de José María o el pequeño Enrique tan responsables, tranquilos y alegres. A Chepe en quien crece un afortunado homo de negocios, sus hermanos, como adivinando el porvenir, le llaman Gómez Plata, y Enrique que desde su infancia juega con la arcilla modelando burritos, caballos y perros o figuras populares, dueño de un lápiz y tina plumilla maestros, que se harían célebres en las Cerámicas Gomar, mientras sus hermanas mayores María y Carolina, ornamento de la sociedad de que forman parte, constituirían sus hogares con dos caballeros como Miguel Camacho Carrizosa y Liborio Cuéllar; la pequeña María Elena continuaría al lado de sus padres y hermanos hasta el año de 1922 cuando contrae matrimonio con un político de fama, el barranquillero Amadeo Abello Salcedo. José María se casa con una linda mujer, Blanca Uribe Portocarrero, arrancada del ramillete que forma con sus hermanas tan admiradas de la sociedad. Enrique une su vida con la gentilísima Leonor Dávila Ortiz y todos continúan la hidalga tradición de sus mayores injertando a su estirpe linajes como el suyo.

Ricardo va entonces al Seminario Conciliar. Qué noticia tan dichosa para doña María de Jesús, espejo de madres piadosas Volar a labrar con sus hábiles dedos el mejor encaje posible para adornar el roquete del novel seminarista. como para el arzobispo, diz que fue nos dice María Elena . Todo es regocijo y preparativos del esmerado ajuar del monigote. Ya lo imaginan luciendo en el ceremonial dominical de la Basílica o por la calle con su banda azul, su famoso roquete y el no menos peregrino bonete. Regresa la paz doméstica; los domingos preparar regalado comiso para el curita; las galletas más ricas, los bocadillos más esmerados, en cuya composición alternan la vieja y querida cocinera y la madre feliz. Luego las visitas y las contadas salidas a casa para constatar que Ricardo viene físicamente a menos cada día; que de nada valen los famosos fiambres; acaso las penitencias; día a día se adelgaza el seminarista que, si tal sigue, no puede terminar el año. Mal que bien cumple sus deberes escolares y religiosos, pero un día, siempre se le ve tomando notas y más notas en el libro piadoso de estudio, mira fijamente al prominente profesor de turno y su mano ligera corre con el lápiz sobre el papel, en expresión de atento comentario a la sentencia 0 a la frase latina del momento. Tanto quehacer mueve la curiosidad de los respetables profesores y un día, cuando más languidece la pequeña figura del estudiante, que con ello sólo busca el pretexto inexorable para regresar a su casa, encuentran los libros cuajados de dibujos con rápidos apuntes pictóricos de sus maestros. Es esta la razón de tanta ejemplar atención del presunto estudiante A casa, pues, con él. Es lo que desea Ricardo desde el primer día. Adiós espléndido roquete, sotana abrigada, ostentosa banda azul...

En casa le espera al lado del serio semblante de su padre, la comprensiva doña María de Jesús, la que sin saberlo ha desarrollado en su hijo la irresistible vocación del arte. Cuando en los alegres días decembrinos la familia toda, jinete en probadas bestias procedentes de las haciendas de los tíos Gómez, madruga al amanecer camino unas veces de la hospitalaria sabana de Bogotá y otras del tibio abrigo de Fusagasuga, es la ocasión propicia para despertar en los hijos el amor a la naturaleza. Si en la casa de Bogotá en horas mañaneras los Incita a abrir prontico los postigos de la alcoba para admirar un bello amanecer y les hace amar las flores del bello jardín que cultiva, camino de Fusagasugá la lección es perfecta; pasada la boca del monte en San Miguel, comienza el descenso por antiguo y caracoleante camino de herradura de origen colonia, el olor tibio de la tierra, el colorido de la flora intertropical, la hermosa fronda de árboles y arbustos variadísimos, doña María de Jesús hace detener la tropa con el anuncio de que en o venidero descenderán lentamente para poder disfrutar de tanta maravilla. Helechos, orquídeas, chochos, cámbulos y gualandayes, variedad inmensa de corazones que florecerán en anturios y variados cartuchos; los revoloteantes pájaros de sonoro canto y plumaje precioso; la torrentera que de repente inunda el silencio con su amable rumor; la cascada inesperada, la roca inhiesta y magnífica; la rara planta adecuada para el jardín doméstico, que doña María de Jesús hace arrancar con cuidado, como bello fruto de la temporada veraniega. De aquí, de este camino umbrío saldrá uno de los cuadros de Ricardo, que merecerá el lauro de honor en 1910.

El gran paso está dado. La madre afectuosísima, compensada en su lucha ardua y sostenida para encauzar al hijo, a veces tan descontento de su propia vida y de cuanto tiene en casa, todo bienestar, ocasión adecuada para que la excelente Misiá María Jesús le aconseje subir camino de la Quinta de Bolívar, hasta la casucha miserable, donde una infeliz tullida espera la muerte, a quien deberá levarle el canastico rebosante de buen fiambre, cuyas dramáticas circunstancias enseñarían al adolescente a comprender cuánto y cuán valioso lo que la vida del hogar tiene para él. Ya es hora dice la excelente madre de que conozcas el dolor y sepas apreciar cuanto Dios en su bondad te da. De tal calidad humana son las lecciones para doblegar el recio carácter del inconforme muchacho. No en vano en la mesa de labor, entre hilos y encajes se ve siempre el libro inefable de Fray Jesús, La Perfecta Casada, que no falta entonces en el ajuar de toda desposada; que hila su vida con el ejercicio permanente de las virtudes teologales prudencia, justicia, fortaleza y templanza. Serena y firme, con la placidez de una misión cumplida con la dulce entrega total a los suyos; inquisidora su amable mirada; la noble cabeza ornada por provectas canas, en suave reposo las blandas y blancas manos prontas para el estímulo, envuelta en amplio traje blanco, así, en amable descanso veraniego plasma Ricardo el retrato inefable de la madre. Misiá María Jesús, la conductora segura y tierna de su larga y encantadora familia, tan alegre, regocijada y recursiva.

Si en el Seminario todo es dibujo, vencida la resistencia de don Roberto, doña María de Jesús vuela a instalar un buen estudio para su Ricardo. Es por ahí, entre paletas, pinceles y colores que se orientaría para siempre la vocación de su hijo mayor. Un excelente maestro, don Ricardo Borrero Alvarez, conduciría al aprendiz que dueño de su propio estudio, ninguna otra cosa desea, sueña salir al campo con su caja de pintura y sus breves tablas, a robarle a la naturaleza sus secretos como lo dice su querida madre, al salir de mañana en los días de campo con su maestro insigne.

El campo, la sabana que moja sus pinceles en los colores de esos atardeceres maravillosos, de las mañanas de niebla, de las tardes de sol. Por único horizonte la augusta altiplanicie tan llena de perspectivas inefables, que hay que copiar rápido como fugaz es la luz tropical. Prados, colinas y vallados, apacibles, jardines multicolores, patios colmados de luz y de color, cuando no busca el claroscuro de huertas y cocinas. Cómo penetra por sus poros ese paisaje indescriptible conocido desde su niñez y juventud, cuando se suceden los dos meses de diciembre y enero en que la familia sale a expansionarse por las praderas del Funza; cuando luciendo corroscas y calzando alpargatas, todo es amable libertad, ámbito abierto para reír, cantar, gritar, correr y emprender picantes aventuras. Como pájaros libres de su jaula, los Gómez Campuzano corretean por doquier; madrugando a conseguir lombrices para la pesca del capitán y poder ofrecerle a la niña grácil de la vecindad que hacer palpitar tempranamente de amor el inexperto corazón del chiquillo; buscar en las orillas los apetecibles cangrejos; organizar ruidosos paseos entre convecinos; trepar a los carros de yuntas y entonar cantares y copias al compás del tiple, la bandola y la guitarra que diestramente tocan encabezados por Ricardo, lo que los hace huéspedes invitadísimos durante el veraneo. /k llegar la Nochebuena, disfrutar de ingeniosas apuestas de aguinaldos y disputarse el canasto de la lama, los quiches y el coral para arreglo del Nacimiento.

Amable, muy amable y grata pasa rápido la primera juventud de Ricardo. De nuevo el estudio del pintor tan cuidadosamente preparado por su madre, mientras el padre no se resigna, hombre de empresa e infatigable trabajador en el comercio, a que su hijo mayor sea simplemente un pintor. Hace el último esfuerzo por orientar a su hijo por caminos más remunerativos y lo envía con uno de sus yernos, el señor Liborio Cuéllar propietario de haciendas en el Tolima, con la esperanza de que las fecundas faenas agrícolas y ganaderas lo hagan reflexionar y la bienandanza de su cuñado lo decida por el trajín agrícola. La ocasión es felicísima. Lo primero en preparar es su caja de pintura y buen número de pequeñas tablas para manchar, lápices bien tajados, libretas para bocetar y para los apuntes rápidos. De esta experiencia surgirá una aproximación mayor a la naturaleza, un conocimiento más diestro de las vibraciones solares de las tierras bajas y el dominio de la anatomía de reses y caballos, el alarde de los jinetes calentanos tan expeditos de impedimentos y la sabiduría de la perspectiva ilimite. Ya en el campo es el primero en el ordeño, en la faena de herrar y en la vespertina de apartar, pero trepado sobre las talanqueras empuñando solícito su lápiz no hay movimiento del ganado que no dibuje, ni escena de gañanes que pase inadvertida, prácticas inolvidables que acicatean aún más su inspiración. Afianzado en su invencible vocación, en su amor por el paisaje nacional y el costumbrismo ambiente, regresa a Bogotá para recibir lo inesperado pero tan largamente deseado. Nada diferente al estudio puede interesar al futuro maestro.

Ante la irreductible vocación artística es preciso esmerar el arreglo del estudio que sería a manera de sancta sanctorum para los demás hermanos, particularmente para los menores. El maestro Borrero desata la caudalosa vocación que señala el camino ascendente del triunfo. Pequeñas tertulias con selecto grupo de amigos y amigas entre los que será siempre preferido Guillermo Koop Castello. Las pequeñas tablas de bocetar se convierten en moneda en el bar de la esquina que dirige un emigrante europeo; allí corre discreto el aguardiente y cuando papá pregunta de dónde sale Ricardo, éste contestará impertérrito de debajo de la casa de tía María Teresa, lo cual es muy cierto, pues en los altos del bar queda la casa de don Andrés Marroquín Osorio casado con doña María Teresa Gómez Saiz.

El Centenario de 1810

Un suceso histórico extraordinario, la conmemoración en 1910 del primer centenario de la Independencia Nacional, da origen a variadas iniciativas oficiales para estímulo de las ciencias, las artes, las letras, el comercio, la industria, la agricultura y la ganadería. El 20 de julio es testigo de la apoteosis que la ciudad entera tributa al tatarabuelo inolvidable el Precursor don Antonio Nariño, al erigir su estatua en la plazuela de San Victorino, teatro el 9 de enero de 1813 de uno de los triunfos militares más ilustres de los hijos de la ciudad de Bogotá. Al lado de su padre y de sus tías forma Ricardo en el desfile memorable organizado por prestantes damas de la sociedad. Rodeando hermosos pabellones, niñas y jóvenes descendientes del héroe portan coronas de laurel para el abuelo; María Elena, la menor de la casa Gómez Campuzano, no puede con el peso abrumador que la domina del cual la libran, sorpresivamente sin decir una palabra, unas primas mayores, que desconciertan a la portadora, tan cuidadosa y coquetamente arreglada con primoroso encintado vestido blanco y al igual de las demás luciendo rizados que se asoman bajo la copa del florecido sombrero en boga.

Las crónicas de entonces recuerdan entusiasmadas El 20 de julio, a la una y media, se verificó de la manera más solemne, la inauguración de la estatua de Nariño. Este ha sido el número más hermoso del programa, el que ha hecho desbordar el entusiasmo y el que ha encendido en llama patriótica nuestros corazones. Todo el señorío de Bogotá, cuanto hay de más hermoso y de más distinguido en esta capital, se reunió en el Palacio de San Carlos y luego, en procesión nunca vista en esta ciudad, desfiló hacia la Plaza de Nariño... La concurrencia a este acto solemne fue como nunca se había visto antes en Bogotá. Era una masa compacta. Imposible moverse, imposible salir. La Revísta de Colombía agrega La fiesta tomó las dimensiones colosales de un diluvio de flores y de un atronador concierto de himnos y aplausos, de modo que la voz de los oradores encargados de proclamar las grandezas e infortunios del héroe se perdió entre la confusión de la apoteosis de un pueblo delirante de amor.

Jamás olvidarán quienes participan de la grandiosa escena la figura extraordinaria del héroe, cuyo culto reverbera en el corazón de sus afortunados descendientes. La casa de Gómez Campuzano que se numera entre éstos, sabrá manifestar su veneración por el ilustre prócer cuatro años más tarde por medio de los ahora balbucientes pinceles de quien secretamente se envanece porque por primera vez sus obras pictóricas se enfrentarán a la primera exposición pública alternando con los maestros consagrados de entonces y un grupo notorio de quienes, como Ricardo, dan el paso definitivo para triunfar o para ser olvidados.

Como todo es nacional desde el cemento de los pisos hasta el hierro de las techumbres, la sección artística preparatoria de la exposición la integran don Andrés de Santa María, Presidente; don Alberto Borda Tanco, tesorero; don José Manuel Marroquín Osorio, don Andrés Martínez Montoya, don Enrique Silva Rey, don Mariano Santamaría, don Pedro Carlos Manrique y don Pablo Rocha. Los días del centenario serán memorables para Gómez Campuzano; del aprecio, amistad y estimación por sus noveles producciones pictóricas por vez primera decidido y satisfecho presenta en público dos muestras que consagran su decidida vocación La niña y el caballo y Sendero umbroso de Fusagasugá, que alcanzarán inesperado lauro. No importa que el trofeo se exprese en modesta suma si el tribunal que lo juzga es tan preclaro.

El jueves 28 de julio es el día señalado para la esperada exposición de Bellas Artes. Un noble discurso pronunciado por el joven presbítero José Manuel Marroquín Osorio abre al público la numerosa muestra pictórica y escultórica, que colma el ámbito del hermoso palacio construido al efecto consagrado a la belleza.

El doctor Enrique Olaya Ministro de Relaciones Exteriores, escribe en mensaje internacional:

En el pabellón de Bellas Artes se destacan no pocos cuadros que revelan en sus autores una personalidad vigorosa y un notable conocimiento de los procedimientos artísticos modernos; y en el conjunto de la exposición se puede apreciar la notable difusión que ha alcanzado la pintura en esta ciudad, tanto en forma de afición aristocrática, de que son muestra bellos cuadros de damas de la más alta sociedad, como en forma de profesión que quizá empiece a ser regularmente lucrativa. Hay obras de maestros ya conocidos que figurarían sin desdoro en los salones europeos.

Un jurado peritísimo integrado por los señores Pedro Carlos Manrique, Antonio Gómez Restrepo, Hernando Santos, Rafael Duque Uribe, Ricardo Santamaría y Simón Chaux, otorga la medalla de honor al maestro Ricardo Acevedo Bernal; los primeros premios a los jóvenes Eugenio A. Zerda, Jesús María Zamora, Margarita Holguín y Caro, Domingo Moreno Otero y Pablo Rocha. Los terceros premios a José María Portocarrero y a Roberto Páramo. El segundo galardón a Miguel Díaz Vargas y Eugenio A. Peña. Finalmente son señalados con menciones honoríficas Margarita P. de Sánchez, Benito Restrepo Gaviria, Rosa Ponce de Portocarrero, Alfonso González Camargo, Soledad Montoya y el señor Ricardo Gómez, por varios paisajes.

Prevalecen en la exposición los paisajes, las amables copias de la naturaleza, que desde finales de siglo ha divulgado entre nosotros el pintor y escritor español don Luis de Llanos. Sus cuadros, nerviosos, justos, pintados directamente del natural y en un gran ambiente nativo forman una escuela de la hermosísima sabana de Bogotá. El maestro Llanos trae a nuestra ciudad la herencia de Fortuny y del poético influjo de Barbison que desarrolla aquí el paisaje como género aparte.

Al respecto comenta el maestro Roberto Pizano, en página inédita El fortunismo, que reinó con toda la fuerza de la moda, produjo un arte espontáneo que no exigía ni estudios pesados y fatigantes ni cultura artística. Redúcese entonces el dibujo a croquis, la pintura a apuntes y notas; el conjunto carece de importancia, porque los detalles distraen la atención; los fines más elevados del arte se supeditan a la habilidad y gracia de la factura. Pero esta tendencia hizo que, al propio tiempo, nuestros pintores fueran al natural sin otra preocupación que copiarlo directamente. De aquí nació un naturalismo poco profundo pero que mostraba el deseo sincero de inspirarse en nuestro ambiente. Este movimiento se determinó en la Exposición del Centenario, en 1910.

De nuevo el paisaje, descubrimiento del Renacimiento y particularmente de los flamencos, cobra durante el siglo XIX toda la importancia como género llevado a la exaltación por la Escuela de Barbison, que influye no solamente en los impresionistas franceses, sino también en la pintura española después de Francisco de Goya. Popularizado en todas partes. Lo que es en toscana panoramas sin fin de colinas cultivadas, de valles con ríos formando meandros, una monótona variedad de elementos coordinados.

Generación del Centenario

Después del 20 de julio de 1910, cuando nace a la vida nacional la celebrada Generación del Centenario, Ricardo tiene 19 años y de qué manera tan honroso como impreso su nombre en libros, periódicos y revistas. Casadas las hermanas mayores, permanecen los tres varones, de los cuales el menor, Enrique, tomará más tarde caminos tan hermosos del arte como la escultura y el dibujo, mientras José María es el brazo derecho de su padre y disfruta de rara capacidad para los negocios; la menor de las mujeres, María Elena, estará sometida a la voz de mando de su hermano mayor que vigila todos los pasos de la niña que va haciéndose mujer, la que por fortuna, además del medio postigo abierto en su coqueta ventana, tiene la oportunidad de compartir con muchachos como ella, del encanto furtivo del amor naciente, no solamente con la fugaz aparición en la ventana sino en las clases de baile donde sus amigas Samper Sordo en su hospitalaria casa de la carrera octava a inmediaciones de la bellísima iglesia de Santa Clara. Cada salida es negociada con Ricardo, con la obligación de servirle de modelo en su estudio; así nacen la Chica del sombrero Jipa, al aire libre y tantas otras producciones de entonces.

En adelante, la Escuela de Bellas Artes. La dirige el mejor pintor colombiano contemporáneo, Andrés de Santa María, y alternan en el magisterio Ricardo Acevedo Berna, Ricardo Moros, Ricardo Borrero Alvarez, Roberto Páramo y Francisco A. Cano. Entre sus condiscípulos se distinguen Domingo Moreno Otero, Eugenio Zerda, Miguel Díaz Vargas y Pedro A. Quijano, que con Jesús María Zamora, José María Portocarrero, Pablo Rocha y Marieta Botero integran la generación pictórica del Centenario.

Gómez Campuzano llega a la Escuela con el bagaje de su asombrosa facilidad pictórica, su ingénita alegría y las lecciones recibidas del maestro Borrero, cuya influencia es definitiva. En 1910 se hace acreedor al segundo premio en la clase de dibujo y al primero en la de pintura, que así ratifican el trofeo alcanzado en la exposición nacional de ese año. En los de 1911 y 1912 conserva triunfante el Primer Premio. El Rector Acevedo Bernal deja en documento oficial dirigido a los Senadores y Representantes, el siguiente testimonio.

El señor Gómez Campuzano, joven de 19 años de edad, ha cursado en este establecimiento Dibujo y Pintura en los dos últimos años con éxito sobresaliente, tanto que en mi concepto y en el de sus profesores es uno de los alumnos de más distinguida vocación que haya ingresado en el Plantel. Además de su raro talento, tiene recomendables cualidades morales y gran entusiasmo por el estudio.

El señor Gómez C. ha obtenido los primeros premios en las clases que ha cursado y en las últimas exposiciones ha merecido entusiastas elogios de la prensa y del público inteligente.

El memorial se dirige a pedir al Congreso Nacional la creación de una beca para perfeccionar en Europa sus estudios de pintura. No es propicia por entonces la solicitud. El estudio doméstico que su inefable madre le prepara solícita cobra cada día más popularidad. Muchachos y muchachas de la sociedad visitan asiduos a Richitar querido y al joven maestro que los divierte con su cháchara, los encanta cuando coge el tiple y entona bambucos, galerones y bundes o los maravilla cuando regresa de sus excursiones por montes y valles, cuando, como dice en su casa, va a arrancarle los secretos a la naturaleza, que deja impresos en fugaz momento aprisionado por su paleta en bocetos plenos de luz, pequeñas tablas cuya furtiva venta en la botellería de la esquina alimenta su inofensiva bohemia de juventud. Lo entusiasman las niñas bonitas, a las que canta la copla:

Como cerezas en gajo
Son las muchachas bonitas
Quiuno quiere escoger una
y las escoge toditas.

La peligrosa facilidad de sus recreaciones acumula cuadros a cuadros. La cosecha anual es numerosísima y le mueve a organizar exposiciones frecuentes, sacrificando la calidad por la cantidad, pero su obra gusta muchísimo por fácil, ligera y agradable.La base de su carácter y de su producción es, en efecto escribe Roberto Pizano, la alegría para trabajar pinta por el placer de pintar sin otra preocupación ni inquietud alguna; produce sin fatiga y su obra causa el mismo placer con que está ejecutada. Ufano ofrece en mayo de 1912 su composición Ganado en reposo a su maestro Francisco A. Cano, que lo admira y aplaude. Mancha rápida, color indeciso donde triunfa el gris; fronda rumorosa y acendrado realismo.

En el mes de noviembre de 1912 una breve esquela del Presidente de la República, doctor Carlos E. Restrepo, dice:

Mi amigo don Ricardo Es usted muy caballero y muy artista; y yo su agradecido servidor y amigo. Semblanza literaria perfecta Muy caballero y muy artista, en ella se resume la larga trayectoria de quien ahora en plena juventud es ya digno de tal homenaje.

La exposición que la Escuela prepara para el mes de noviembre de 1914 no puede realizarse y Gómez Campuzano y otros artistas condiscípulos como Pedro A. Quijano, se han preparado cuidadosamente para concurrir. Como no quieren quedarse ensayados organizan con cierta petulancia moceril su primera exposición personal. Piden al Ministro de Educación les permita el uso del conocido y novísimo Pabellón de Bellas Artes del Parque de la Independencia para llevar a cabo nuestro propósito en la misma fecha señalada por el Ministerio de Instrucción Pública. Los dos tenemos un número de obras suficientes para decorar satisfactoriamente el salN; y por otra parte creernos contribuir con esto al progreso y la cultura de la Patria, ya que en todos los centros civilizados hay casi siempre exposiciones de pintura, colectivas o individuales, oficiales o particulares.

Así inician los jóvenes pintores las muestras individuales que años después aparecen entre nosotros. La entrada al acontecimiento pictórico cuesta diez pesos, pero también se reparten boletos de cortesía para la prensa y artistas en los que se lee:

Pueden entrar a la Exposición de Pintura Gómez y Quijano. Permanente. Bogotá, noviembre 1914.
La tarjeta de invitación, inusual entonces, dice R. Gómez Campuzano y Pedro Quijano saludan a usted atentamente y tienen el honor de invitarlo a la inauguración de su Exposición de Pintura, que tendrá lugar el sábado 7 del presente mes en el Pabellón de Bellas Artes del Parque de la Independencia, a las 4 p.m.
Bogotá, noviembre de 1914.
Esta invitación sirve de boleto de entrada.

Con esta exposición señalada por el éxito, se cierra el prometedor período juvenil del futuro maestro. Todos recuerdan su Bodegón de 1909 de tan excelente naturalismo; sus paisajes premiados, como la Niña y el caballo, elemental expresión de su ternura ante la infancia que le caracterizará más tarde. Ahora está en sazón para buscar nuevos rumbos o perfeccionar los que trae. La estancia de personas de su familia en España le da oportunidad de aprender, por lo pronto, cómo se va a la Madre Patria, donde maestros pintores de fama internacional se reúnen en las escuelas de Barcelona y Madrid. El 8 de septiembre de 1916 se le expide pasaporte para España, autorizado por el ilustre Ministro de Relaciones Exteriores, don Marco Fidel Suárez, y su Secretario, don Antonio Gómez Restrepo, dos nombres notables.

Tiene veinticuatro años; talla, ciento sesenta y cinco centímetros, heredada de su abuela doña María Josefa Saiz Nariño, también chaparrita, de quien vienen los rasgos Nariño que lo distinguen. Ojos pardos, infatigables para retener la rápida evolución de la luz y la fuga de los colores. Tiene una cicatriz sobre la sien derecha, memoria sin duda de algún buen porrazo sufrido en su inquieta infancia. Ahora es dueño del mundo.

El itinerario tradicional parte de la estación central de los ferrocarriles que lo lleva a Girardot, de aquí un barco de los llamados del Alto Magdalena, de nuevo el traqueteo del ferrocarril hasta el puerto magdalenense de La Dorada y otra vez hasta Barranquilla y Puerto Colombia el maravilloso Río Grande de La Magdalena con sus paisajes inolvidables, la algarabía de los pericos, el vuelo blanco de las garzas, los caimanes y babillas oteando en las márgenes el aire donde revuelan manadas de insectos; las demoras desesperantes para el leñateo y la pesca y a todas horas el desfilar de espesa vegetación boscosa de canoas y viejos champanes y balsas ligeras y la brega marinera con los caprichos del río, el de las maravillosas auroras y los prodigiosos atardeceres cuando el río es de oro y es violeta y es multicolor hasta sumirse en la coruscante noche, llena de gritos y clamores de la fauna nocturna. A bordo la tertulia se reanima, todo es propicio a la expansión amable de la música de cuerda, al apunte picante y oportuno, en una palabra, la hora espiritual para el novel viajero cargado de ilusiones y esperanzas. Vendrá por fin en Puerto Colombia el abordar el trasatlántico español rumbo a Barcelona.

De la hermosa Barcelona, a la que regresa un año después, pasa a Madrid que será La Meca. Ahora a trabajar Le esperan el taller de los maestros y el incomparable Museo del Prado. Dibuja intensamente y hace algunas copias magistrales que le permiten realizar de tamaño natural.

La calidad de su joven pintura le brinda la ocasión de participar en el Salón Permanente del Círculo de Bellas Artes, en la sexta exhibición Quincenal del 10 al 24 de febrero de 1917, que se celebra en los bajos del Palace Hotel. Con el número 26 figura su Choza de indios, Colombia. Es el primer calificado, honor que recibe en la Madre Patria, teniendo en cuenta la calidad de los expositores entre los cincuenta y ocho artistas a quienes acogen entre los cuales figuran Roberto Domingo, Eugenio Hermoso, Tomás Muñoz Lucena, Mariano Oliver y Antonio Vila, dignos de renombre en la historia de la pintura en España. Entre los grabadores aparecen Carlos Verger y Castro Gil.

El tiempo vuela y se apresura el regreso después de un año de intensa labor, durante el cual se esmera en el dibujo de la figura humana que lo conduce hacia el retrato, que le reserva renovados triunfos. El 10 de agosto de 1917 aborda en Barcelona el Montevideo que lo trae a la memorable Cartagena de Indias.

Las primicias del retorno serán el retrato de su padre que realiza con afortunados toques de luz y feliz claroscuro. Impreso deja el rostro grave pero amable de su progenitor don Roberto, que no puede finalmente menos que aceptar como buena la carrera artística de su hijo, de quien pronto habrá de separarse nuevamente para no volverse a ver. De esta nueva breve etapa bogotana es su drama campesino, la vaca mugiente que llora al ternero despeñado, muerto mientras a lo lejos un grupo de buitres volando en círculo sobre la víctima espera la hora del tierno banquete.

Cromos la memorable revista de Arboleda y Valencia y luego, por afortunados largos años de los hermanos Tamayo Alvarez, convierte las portadas de su hebdomadario en muro de exposiciones para presentar desde ellas escogidas muestras de arte nacional hasta formar una verdadera antología a la par que un registro histórico de la aparición de noveles y consagrados artistas. En 1919 en el número 149 aparece La Portera, la clásica gallega dicharachera y maliciosa que envuelve su rostro marchito pero fuerte con juvenil pañoleta que la define y modela con la misma espontaneidad con que el recio pincel de Gómez Campuzano, el señorito Ricardo, sabe copiarla con rápido y pastoso pincel. Otras veces, reiteradas por cierto, alcanza el pintor bogotano a lo largo de su larga vida artística los honores de la memorable portada de Cromos.

De su fecunda tarea bogotana anterior a su segundo viaje a España, queda una linda Escena bogotana, en la que se rinde un homenaje a la mantilla, tan hondamente vestida por nuestras mujeres y tan coquetamente llevada por las más jóvenes; en segundo plano un viejo vergonzante arrastra lentamente sus pasos abrumado por los años y por el pesado abrigo. Gracia y verdad son las cualidades del verdadero pintor de costumbres y a Ricardo no le faltan.

Su Majestad Don Alfonso XIII de España acaba de crear dos becas para que artistas colombianos jóvenes prosigan estudios en la célebre Academia de San Fernando, de Madrid, y con una de ellas es favorecido el futuro maestro Gómez Campuzano; la otra es adjudicada a Domingo Moreno Otero.

Un documento oficial que recibe el 5 de septiembre de 1921 del Ministro doctor Miguel Abadía Méndez, le comunica la buena nueva, confirmada por la Secretaría, número 163, que además le asigna viáticos al afortunado pintor. Ni un minuto de espera para regresar a la añorada España.

Ahora todo es apresurarse. El 10 de septiembre obtiene el pasaporte, el 30 se embarca en Barranquilla y el 25 de octubre de 1921, de nuevo en su Madrid, donde permanece hasta el mes de julio de 1926. Se hospeda en el Pasaje Alhambra 1, no lejos de las aulas de San Fernando, de cuya Escuela especial de Pintura, Escultura y Grabado recibe la siguiente autorización:

Permítase la entrada en las clases de esta Escuela a don Ricardo Gómez Campuzano, súbdito americano. Madrid, 10 de noviembre de 1921. Miguel Blas.

La posesión de este pase significa la realización de un sueño acariciado por tanto tiempo. El 30 de septiembre se matricula en las clases de dibujo del natural, colorido y estética del color.

Pocos días después el Subsecretario de Universidades le envía el siguiente billete:

Por Real Orden de esta fecha, Su Majestad el Rey (q.D.g.) ha tenido a bien concederle a usted una beca para cursar sus estudios en la Escuela de Bellas Artes, con la dotación anual de cuatro mil pesetas, que percibirá mensualmente por conducto del Habilitado de la mencionada Escuela.

Lo que participo a usted para su conocimiento y satisfacción. Dios guarde a usted muchos años. Madrid, 21 de noviembre de 1921. El Subsecretario, Zabala.

El texto de la Real Orden, valedera también para su colega Moreno Otero, lo recibe el 28 de enero siguiente. Desde el 6 de noviembre tiene permiso oficial para copiar en el Museo Nacional de Pintura y Escultura, el celebérrimo del Prado, al que consagrará horas fecundísimas de lección inolvidable. Sucesivamente es prolongada para los años 1923 y 24, autorizada por el Director A. de Bernete y Nonet.

En El Prado se convierte en copista magistral, con la fortuna de poder trasuntar al tamaño natural. Rubens, Alonso Cano, Murillo, Rafael, Velázquez y Goya se convierten para él en maestros inolvidables que le entregan los secretos de su paleta para que el bogotano los disfrute. De estos años maravillosos en Madrid quedan en su estudio y son ahora orgullo de su Casa Museo Las Hilanderas, La Fragua de Vulcano, Las Ninfas perseguidas por los sátiros, La Virgen del Pañuelo, El Cardenal desconocido, El Niño Dios Pastor, La Maja desnuda, Doña Tadea Arias de Henríquez San Juan Bautista. No importa que haya que esperar mientras otros colegas hacen lo propio, particularmente cuando quieren copiar el Cardenal, de Rafael.

Concurre a la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1922 con un paisaje de inspiración colombiana, registrado así en el periódico La Libertad Un pintor americano, Gómez Campuzano, nos hace ver en un paisaje de su país una nota trágica, porque el cielo es de color de sangre y la tierra pone espanto en el ánimo por lo tétrico y sombrío. Sin duda Ricardo en la serenidad de cielo azul madrileño, pinta la nostalgia de los atardeceres sabaneros cuando el moribundo sol se envuelve en sangre y oro, mientras las sombras de la noche se apresuran por el dilatado horizonte.

Se propone estar presente para honor de su patria en los salones de Otoño y Nacional, donde alterna con condiscípulos memorables como Eugenio Hermoso y los Zubiaures, Chicharro, Gisbert, España y Capo y Ruiz de Luna y tantos otros entre los que no debe faltar el hombre anuncio como todos llaman al más extraño de sus compañeros, pero también el más glorioso, el famoso y cuasi legendario Salvador Dalí.

En 1923 dos pinturas de Gómez Campuzano son avaluadas en New York por US$1.500 la una a good plece of work y US$1.000 a pleasing subject wiell painted. Es su primera salida al mercado universal, acreedora a tan buena cotización para la época. Grupo de verano el uno, con un niño cabalgando en un burrito y al lado, con una coqueta sombrilla, la joven madre en medio de un paisaje de árboles y un cielo azul radiante; escena campestre la otra en la que una niña da de comer a sus gallinas en hermosa campiña con alegre casa campesina. Es la expresión de la más querida temática del pintor; las escenas de género en las que está llamado a triunfar.

A Bogotá llegan frescas noticias sobre el joven maestro y los progresos cada día mayores. Una fotografía de su taller en Madrid publicada en Cromos, en la que aparece pintando el retrato de su modelo, muy a la manera de Romero de Torres, despierta la inquietud de los entendidos ante el temor de que la fácil y alegre manera del paisajista se vea influida por la fuerza convincente de sus maestros, temor que hace público Roberto Pizano y que mueve a protestar a otro paisajista notable boyacense Rafael Tavera, a quien replica Pizano con suma honestidad para explicar las razones de su comentado Juicio:

Al referirse a los pensionados de Madrid, el señor Tavera generalmente serio en su crítica, en la cual trata de laudable manera de ilustrar al público, procede con malicia al fingir defender al señor Gómez de un ataque que no está en el ánimo de nadie; al contrario es para éste un elogio lo dicho claramente por mí sin dejar lugar a equívocos, respecto a que haría más por sí mismo y por su país llevando a cabo en Europa exposiciones de paisajes de Colombia, que él interpreta muy bien y con los cuales se haría una reputación que no logrará mientras imite tan medianamente artistas de reputación europea. En cuanto que debe pintar figuras para ponerlas en sus paisajes convengo en ello, pero está en un error el señor Tavera al creer que en un estudio cerrado se aprenda a pintar figuras al aire libre.

Se inicia en Bogotá una nueva era en el movimiento artístico; la promueven críticos autorizados como Gustavo Santos, Max Grillo, Joaquín G¸el, Roberto Liévano y por supuesto Roberto Pizano Restrepo. Dos exposiciones de pintura y escultura individuales alternan con las de maestros franceses, belgas y españoles que prometen días mejores para el arte nacional, que en cierta manera quiere ponerse al día con el arte de postguerra, así prevalezca entre nosotros la tradición académica de escuela española con un afortunado realismo formalista. Todo ésto hace más necesaria la salida de nuestros jóvenes pintores y escultores al exterior en busca de otras fuentes, renovadoras unas promotoras otras de nueva vida y nuevos ámbitos.

Gómez Campuzano, que se resiente un poco por el adecuado concepto de Pizano, oye entre tanto en Madrid la voz de sus maestros como Benedito y Moreno Carbonero le enseñan Aprenda usted a copiar lo que tenga delante. Y cuando sepa pintarlo, puede usted desfigurarlo para buscar originalidad. Entonces es posible que la encuentre. Pero es más posible que después de que usted sepa pintar, tenga compasión de las cosas y adquiera respeto de sí mismo.

Mas, no es Ricardo para caer en el peligro de las fáciles teorías del futurismo, del cubismo y otras negaciones artísticas capaces de anular las mayores facultades, como se teme por entonces. Al contrario se acendra en él cada día la marca indeleble de la Academia de San Fernando en su trato con el retrato y es cada día más Gómez Campuzano en su trato feliz con el paisaje que es su destino y en el retrato su magna lección. No se conoce en su abundantísima obra pero ni siquiera un ensayo de aquellas maneras fugaces de expresar el arte que inmortaliza Picasso.

El Gobierno Nacional, comprensivo de los limitados recursos del becario y de la cuantía de la pensión, tiene el acierto de asignarle una suma modesta en el desempeño de la Cancillería del Consulado General en Madrid a partir del 1o. de junio de 1922, reforzada por Decreto 1.246 de 5 de septiembre de 1923. Tan excelente noticia le permite una más cómoda instalación en la Calle de Ventura de la Vega, 12, donde le sorprenderá la dolorosa noticia de la muerte de su padre don Roberto, acaecida el 5 de abril de 1924.

Su compañero Moreno Otero, sus profesores y condiscípulos lo rodean con el afecto a que se hace acreedor por su talante bogotanísimo, fino y culto, con el gracejo a flor de labios. Así me lo recuerdan en 1947 cuando ocupó un sillón en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, al lado de quienes lo conocieron, como discípulo o como compañeros, como don Manuel Benedito, de quien tanto aprendió; Eugenio Hermoso o los Zubiaures. Si hasta las gentes de escaleras abajo tienen una palabra de afectuoso recuerdo para Gómez Campuzano, que hace suyo el ambiente madrileño y debe ser asiduo de la Granja del Henar y de tascas de crédito. La tremenda guerra civil del 36 no es capaz de borrar su memoria; de tal manera arraiga en los madriles inolvidables.

Para el curso de 1924-25 reside en Carranza 13. Estudia colorido y composición, teoría de las Bellas Artes, estudios de las formas arquitectNicas y dibujo del natural en movimiento. Expone una vez más en el Salón de Otoño, más no conocemos la temática de la obra exhibida.

En 1925 asume, además, la responsabilidad del Despacho del Consulado por licencia concedida al titular, el recordado don Walter MacLellan?, encargo reiterado el 29 de julio con pleno beneplácito del respetable diplomático que expresa en un B.S.M. a su apreciable Canciller y amigo y le ruega el favor de pasar cuanto antes por este Consulado para convenir la forma en que habrá de sustituir al firmante durante la licencia que le ha sido concedida, sustitución dispuesta con todo agrado de quien escribe por el excelentísimo señor Ministro de Colombia en este Reino. 1926 señala la culminación de sus estudios con los cursos de Dibujo de ropajes, Pintura al aire libre y Pintura decorativa. Romero de Torres, Simont y otros maestros de la máxima alta calidad completan el ciclo académico iniciado en 1922 con sujeción al plan aprobado por Real Decreto de 21 de abril del mismo año.

El 10 de junio de 1926 es día de gloria para el bien calificado maestro bogotano, a cuyo favor don Manuel Menéndez y Domínguez, catedrático de la Escuela Especial de Pintura, Escultura y Grabado y Secretario de la misma, expide el certificado de aprobación de todas las asignaturas correspondientes.

Una carta autógrafa del maestro Julio Romero de Torres corona esta etapa seria, juiciosa y profunda de la completísima formación académica de Ricardo Gómez Campuzano. Dice, así:

Señorita Cecilia Robayo.
Distinguida señorita:
Contestando a su grata carta referente a la brillante crónica de una interview celebrada conmigo, del notable escritor Guillermo Camacho y publicada en la famosa revista El Mundo al Día, de Bogotá, debo decirle que en aquella conversación los juicios que expresé de la labor artística de los compañeros y amigos Gómez Campuzano y Moreno Otero fueron de gran alabanza como corresponde a tan admirados maestros; y tengo una gran satisfacción en comunicárselo y le envío un saludo extensivo a sus compatriotas.
Siempre afectísimo amigo, qe.b.ss.p.
J. Romero de Torres.

Poco antes de concluir sus estudios es invitado por Mr. Wm. Alanson Bryan, Director de los Angeles Museum of History, Science and Art and The Otis Art Institute a participar con una de sus obras en la Exposición Panamericana, organizada por el Instituto. inocencia es el título del cuadro que es acogido con gratitud. Es su segunda salida a la gran nación del Norte y señala como la anterior el reconocimiento franco de su mérito. A propósito de la primera, dos años más tarde don Diego Martínez C., Agente Comercial de Cartagena, le enviaría el documento original del archivo, con los siguientes términos:

Como supongo le gustará ver la carta de que le hablé por la cual fueron valorados sus cuadros por la Fearon Galleries de New York, en mil quinientos y un mil pesos respectivamente. Entonces se me dijo, si fuera artista conocido, valdrían más de diez mil dólares cada uno. Lo que me place, pero no vaya a hincharse con esa lisonja.

 

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