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El planeta en uno

El planeta en uno
Texto por: Miguel Reyes
Fotografía por: Gabriel Eisenband Gontovnik 
 
En la conservación y la sostenibilidad, palabras tan repetidas y tan diplomáticas, caben muchas posturas y no hay criterios estáticos para su ejecución. Su esencia, precisamente, es la diversidad, la flexibilidad, el balance y los consensos de intereses que chocan. Pero no voy a entrar en estos debates. Quisiera hablar aquí de la conexión individual con la naturaleza y del que creo es el punto de partida para ver y cuidar la vida y la belleza de este planeta. 

Brigitte Baptiste define la sostenibilidad como “un ejercicio cuidadoso de construcción creciente de bienestar colectivo, de reconocimiento de la diversidad cultural y de respeto a nuestros descendientes”. De “respeto a nuestros descendientes”, y agrego: de sentido común, de cuidar la única casa que tenemos para vivir en ella de la manera más saludable y durante el mayor tiempo posible. Aunque es una idea deseable y atractiva, ponerla en práctica es complejo. 

La conexión con la tierra, la verdadera experiencia de unión más allá de la teoría, es un despertar. Es un cambio de conciencia, es recordar el sentimiento del vínculo que tenemos todos con lo que nos sostiene y da vida. Es recordar que al acercar la naturaleza nos acercarnos a nosotros mismos. 

La Tierra está viva y todas las vidas en ella son mágicas. Esa simple verdad, que se oculta entre entre pantallas, carros y edificios, siempre ha estado ahí. Pero se nos olvida que todo nace de la Tierra, que vemos en la misma luz y respiramos lo mismo. Entre tanto ruido se hace más evidente la ilusoria división entre lo que es naturaleza y lo que no, entre la naturaleza y nosotros. Cuando, en realidad, no hay tal separación. 

Las religiones y los libros sobre espiritualidad han repetido por siglos que todos ‘somos uno’, que nacemos y morimos de una misma fuerza, que todo proviene de una misma energía expresada a través de una incontable diversidad de especies. Sin embargo, la misión es ver al ‘otro’ en uno, conectarnos con lo que nos rodea, ver el afuera adentro y viceversa. Cuando lo logramos, cuando por instantes se siente esa unidad, experimentamos lo que algunos llaman la ‘disolución del ego’. Pero luego volvemos a la lucha, a creer que estamos solos y separados de todo ‘lo demás’.  En esa separación de ‘yo’ y lo ‘otro’ veo el origen del problema ambiental en el que estamos. En la idea de que el humano está en el centro de esta creación y, por lo tanto, puede hacer uso y abuso de la naturaleza, en la idea de creerse separado y superior al resto de seres vivos.  

“El que nos encontremos tan a gusto en plena naturaleza proviene de que ésta no tiene opinión sobre nosotros” -Nietzche

Parque Nacional Natural Serranía de Chiribiquete

                                                   
Parque Nacional Natural Serranía de Chiribiquete
Fotografía: Gabriel Eisenband Gontovnik
Parques Nacionales Naturales de Colombia

Vuelvo a la sostenibilidad para pensar cómo vivir en nuestro entorno y, a riesgo de sonar irresponsable para los científicos, me atrevo a decir que la mejor manera de ser sostenible es siendo sensible. Sensible por las demás especies vivas, por el aire y el agua que nos dan vida, sensible por la belleza de toda la creación, en la que nosotros somos apenas una especie más entre millones, pero a la vez, en la que cada quien es único e irrepetible. Por eso, ante todo la sensibilidad debe ser hacia sí mismos. No hay poder mayor que la acción individual, y ese individuo es apenas una milésima parte de este entramado de ecosistemas.

Más allá de predicar sobre el veganismo, los autocultivos, los métodos alternativos de transporte, el paso previo a todo eso es sentir y sentirse parte de ese todo. De ahí vendrán las respuestas para saber qué comer y cómo tratar el aire que respiramos. Por las consecuencias de nuestros actos, que ya son evidentes, sabremos qué nos conviene hacer para sobrevivir, para ser sostenibles.
Es un trabajo que empieza en uno y termina en uno, no valen la pena las comparaciones, no hay manuales ni reglas, no hay intelecto ni palabras que valgan. A pesar de que eso intente comunicar con ellas ahora, es imposible obligar a amar, es imposible obligar a ser sensibles. 
 
Parque Nacional el Tuparro - Nueva área Cinaruco
Fotografía: Gabriel Eisenband Gontovnik
Parques Nacionales Naturales de Colombia

En Colombia tenemos todo para serlo. Es un país bendecido por la naturaleza. Basta con repetir que la Sierra es el corazón del mundo, que tenemos dos océanos, un lugar de otro mundo como Chiribiquete, el país más rico en aves, mariposas y anfibios, y quizá el más biodiverso del planeta. Esta abundancia de vida, sin embargo, convive con guerras, divisiones y odios. Colombia es un país marcado por la violencia (perdonen la obviedad).  Por fortuna –y a la fuerza– estamos entrando en una nueva era. El coronavirus y la crisis ambiental que nos acechan son una oportunidad para bajarnos de la ilusoria cima en la que nos creemos como especie, para desmitificar el antropocentrismo y fundirnos entre la infinidad de seres vivientes, para restablecer esa conexión con lo esencial, ‘lo invisible a los ojos’. Es una oportunidad para recordar que bacterias y organismos ínfimos, como este virus, son determinantes para nuestra supervivencia. Es una oportunidad para ese despertar y para experimentar, así sea un instante, que ese afuera está adentro y que la naturaleza, su belleza y sus misterios, son el planeta que habita en cada uno de nosotros.
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