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El asombro ante la diversidad

El asombro ante la diversidad
Un texto del libro Colombia, Magia Salvaje
Autor: Francisco Forero Bonell
Fotografías: Ron Chapple, Soren Jensen et al.

PNN Chiribiquete, Zona Norte, Rio Ajaju, Departemento del Caqueta


Hace cerca de 15 mil años, los seres humanos que habían cruzado el estrecho de Bering desde Asia y habían colonizado el norte del continente pisaron por primera vez este territorio llamado hoy Colombia, en su camino rumbo al sur de América. Podríamos decir que eran seres primitivos, pero los restos hallados dan muestras de civilizaciones que ya sabían encender fogatas, preparar alimentos, cazar y dominar la agricultura. Eso dice algo crucial sobre ellos: si sembraban era porque habían decidido quedarse. Y si se reunían en torno al fuego era porque sin duda eran una comunidad y en las noches despejadas se contaban historias.
De seguro, los primeros ancestros de los muiscas y de los pijaos, de los tayrona y de los uitoto, de los wayuu y de los panches, entre tantos otros, se sorprendieron al ver el territorio extenso que iban ocupando a medida que pasaban los siglos: un lugar de bosques frondosos y ríos caudalosos, de tepuyes y de acantilados, de mares y picos nevados, de páramos donde las gotas de agua se vuelven arroyo y después torrente, y de una fauna que se volvió sagrada porque sus animales eran tantos y tan variados que pronto las serpientes y los jaguares, los cóndores y las ranas pasaron a ser parte de su cosmogonía junto con el sol y el agua.

Así que esas historias que contaron los primeros ancestros nuestros y los posteriores habitantes que se encontraron de frente con los españoles tuvieron que ser las mismas de hoy: las del asombro ante cada amanecer teñido de rojo y cada atardecer vestido de naranjas y ocres. Ante dantas, perezosos, colibríes, mariposas morpho azul, tucanes, loros orejiamarillos, ranas venenosas, chigüiros, cangrejos, osos de anteojos y pelícanos. Ante helechos, orquídeas, ceibas, dividivis, palmas de cera y yarumos. Ante la  posibilidad de comer curubas, lulos, guanábanas, marañones, chontaduros, arazás o feijoas. Ante tanta exuberancia. Ante la diversidad.

Oso melero, Tamandúa, Reserva Hato la Aurora, Casanare

Aunque el encuentro con los españoles resquebrajó nuestro territorio, también contribuyó a que un país con semejante riqueza natural se enriqueciera del aporte de grupos humanos como los europeos y los africanos. Pero pronto el avance de los nuevos pobladores comenzó a reñir con la biodiversidad del país. Hoy esa biodiversidad, que sigue siendo considerada la segunda más privilegiada del mundo, se encuentra más frágil y amenazada que nunca.

Inmersos en nuestras ciudades y municipios, la mayoría de los habitantes de nuestra nación hemos perdido el contacto con la riqueza de lo natural. Por eso, apelando a una versión tecnológica que recuerda a aquellos primeros hombres que se reunían en torno al fuego para contar historias, quisimos hacer una película con todas las herramientas digitales del momento, que reuniera a los colombianos en torno a la historia de su propio territorio, de sus ecosistemas, su geografía, su fauna y flora, para que aprendiera a amarla después de conocerla y reconocerse en ella. Ya sabemos que solo se ama lo que se conoce.

Colibrí alirrufo, Boissonneaua jardini

Ese fue el punto de partida de Colombia Magia Salvaje: mostrarles a los colombianos esa biodiversidad que hallaron los primeros hombres y que creció con los siglos hasta volverse abundancia, pero que ahora podríamos perder. Dar a conocer ese tesoro común para los colombianos, que hemos heredado y debemos seguir heredándoles a las generaciones futuras. Con esa idea en mente, concebimos cinematográficamente esta especie de viaje en primera clase por los diferentes ecosistemas de Colombia. Quienes estuvimos durante cinco años al frente de esta producción lo hicimos para contribuir con una causa urgente: aumentar la conciencia de los colombianos sobre la necesidad de proteger nuestra flora y fauna, que vienen siendo arrasadas por las manos del hombre. Educar y amar son las dos justificaciones que nos movieron a entregar estas imágenes. También nos ha alimentado el sueño de ayudar a que las acciones depredadoras se detengan en todas las regiones del país.
PNN El Cocuy, Boyacá

En la Serranía de Chiribiquete, un espacio verde de difícil acceso entre Caquetá y Guaviare del tamaño del área forestal de Costa Rica, hay cerca de 250 mil pinturas rupestres estampadas en las piedras. Son los signos de civilizaciones antiguas que entraron en contacto con la naturaleza, tomaron de ella solo lo que necesitaban y nos dejaron un mensaje que cruza los siglos: que solo perduraremos como especie si mantenemos la armonía. Que solo podremos dejar huellas y saludar a las siguientes civilizaciones si respetamos todas las formas de vida y si permitimos que Colombia –este territorio donde todo cabe y todo es posible– siga manteniendo su magia salvaje.
Conozca más en Colombia, Magia Salvaje
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