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El café en Colombia

El café en Colombia
Un texto del libro Cafés de Colombia

Autores: Liliana Villegas, Alberto Quiroga
Fotografía: Carlos Pineda, Andrés Mauricio López

"Empezó como una penitencia y terminó
convertido en un placer muy exclusivo".

Los italianos consideran el tomate como uno de los símbolos culinarios más representativos de su país; los belgas y los franceses sienten que la papa les pertenece desde siempre; para los colombianos, el café es su más claro representante ante el mundo. Pero el tomate y la papa son de origen americano y el café proviene de Medio Oriente. En fin, las plantas son grandes viajeras y se acomodan donde más les conviene.

El café llegó por primera vez a Colombia, según el padre José Gumilla, en su libro El Orinoco ilustrado, a la población de Santa Teresa de Tabague, fundada por los jesuitas, entre el río Meta y el río Orinoco. ¿Cómo? No se sabe. Pero parece que provino de Venezuela, aunque otros afirman que de Centroamérica, y los actuales habitantes de la Sierra Nevada de Santa Marta afirman que fue allí donde se sembró por primera vez en Colombia dada su cercanía con las islas del Caribe donde se dieron los primeros cultivos en América. Lo verdaderamente importante es que la planta encontró en Colombia terreno fértil, ayudada, como veremos, por la Iglesia; los primeros sembrados de café se hicieron en los departamentos de Santander, limítrofes con Venezuela.

Cuenta la leyenda, y acaso es verdad, que el sacerdote Francisco Romero confesaba a sus feligreses y como castigo por sus pecados les imponía la penitencia de sembrar una mata de café. Otros sacerdotes siguieron el ejemplo del cura Romero, y así, de pecado en pecado, de confesión en confesión, de penitencia en penitencia el café se convirtió en el cultivo más importante de Colombia.


En 1835 se exportaron de Santander los primeros 60 kilogramos de café colombiano, y en menos de 40 años ya había tanto café sembrado en otras regiones que, para poner un solo ejemplo, en 1874 se inició la construcción del ferrocarril de Antioquia con el fin de transportar las inmensas cantidades de café que producía dicho departamento, las cuales estaban destinadas a los mercados internacionales.

El éxito del cultivo del café fue una bendición para Colombia. Durante muchísimos años, que se cuentan en siglos, el país había vivido de la explotación minera, en especial del oro, y carecía de grandes industrias. Los productos agrícolas se transportaban a lomo de mula y los pocos que se exportaban, como la quina, el tabaco, las orquídeas, el cacao y el azúcar, se llevaban en champanes por el río Magdalena hacia la costa caribe en donde se embarcaban para otros países, pero nunca lo hacían en suficientes cantidades como para impulsar con vigor la economía de las distintas regiones.

No había un solo producto agrícola que estimulara en gran escala el comercio con otros países y jalonara el crecimiento económico de las dispersas regiones del país. Colombia estaba conformada por un sinnúmero de pequeñas comarcas y países aislados unos de otros por la accidentada geografía y muy pocos viajeros nativos y extranjeros se atrevían a circular por los escarpados caminos de tierra, fango y piedra que unían algunas regiones con la capital. Bogotá se hallaba a cientos de kilómetros del mar y un viaje hasta Cartagena podía durar más de un mes en épocas de buen clima. Popayán, Medellín, Tunja, Ocaña, Neiva, Mompox y otras pequeñas ciudades intermedias se hallaban tan lejanas unas de otras como si de otros países se tratara. Cada región vivía del pancoger, de pequeños cultivos que se cosechaban para el consumo local y pocas veces lograban transgredir los límites de sus pequeños territorios. Pero el café se encargó de romper estas fronteras.

Muy pronto, una serie de circunstancias favorables harían que esta situación cambiara por completo. Hubo dos en especial: la primera, la gran migración antioqueña que colonizó las hasta entonces inhóspitas tierras del viejo Caldas, una vasta zona boscosa ubicada entre las grandes alturas de la cordillera Central y el río Cauca; y la segunda, la continua demanda de café por parte de los mercados internacionales.

Los cultivos de café, que se habían adueñado de grandes extensiones de tierra de los santanderes y del suroeste antioqueño, encontraron terreno fértil en las hermosas y escarpadas laderas del viejo Caldas. Fue como un reguero de pólvora. Los colonizadores antioqueños que iban en busca de minas de oro y de un mejor vivir para sus familias, hallaron una fuente de riqueza muy distinta a la esperada. Pronto el café se convirtió en el principal producto agrícola de la región, lo cual incrementó de manera enorme el caudal de las exportaciones colombianas del grano.

En 1927 se creó la Federación Nacional de Cafeteros de Colombia con el fin de diseñar políticas cafeteras, representar y defender los intereses de los cada día más numerosos cafeteros, planificar y poner en marcha programas de mercadeo y ventas, impulsar el mercado interno y las exportaciones, tecnificar cultivos, crear infraestructura de servicios en zonas de grandes cultivos, realizar una labor pedagógica y mejorar la calidad de vida de las familias cafeteras en general.

Durante varias décadas del siglo xx, hasta finales de los años setenta, el café fue el monocultivo que sostuvo todo el andamiaje de la economía colombiana, pues se había convertido en la principal fuente de riqueza y empleo rural del país.

La Federación llegó a tener más de 560 000 productores de café asociados y las toneladas de café exportadas aumentaban año tras año. En 1940 el Estado creó el Fondo Nacional del Café en el cual se consignaban las contribuciones obligatorias de todas las personas, empresas e industrias asociadas al sector, y desde allí se redistribuían entre los beneficiarios y se financiaban programas y proyectos que fortalecieran las diversas actividades cafeteras, y se impulsaban otras obras de infraestructura en todo el país.



En 1962, los países productores y consumidores de café firman el primer convenio (ICA) internacional con el fin de fijar cuotas de exportación para cada país, regular los precios y estimular el consumo. Este pacto se mantuvo firme hasta 1989, y contribuyó a consolidar el comercio del café en el mundo. Y si bien Colombia tenía su cuota de mercado, el hecho de depender de un solo producto agrícola para mantener en pleno vigor su economía hacía que su situación económica fuera muy vulnerable. Una caída en los precios internacionales del café podía desestabilizar La economía interna del país y llevarla a sufrir serios problemas, tal como lo afirmó Eduardo Galeano, con humor, en su libro Las venas abiertas de América Latina: “Colombia depende del café y su cotización exterior hasta tal punto que en Antioquia la curva de matrimonios responde ágilmente a la curva de los precios del café. Es típico de una estructura dependiente: hasta el momento propicio para una declaración de amor en una loma antioqueña se decide en la bolsa de Nueva York”.

La afirmación de Galeano ponía el dedo en la llaga. A principio de los años cincuenta, los indicadores económicos comparativos de los países de América Latina evidenciaban el notable atraso de la economía colombiana y la ubicaban en uno de los últimos lugares en cuanto a desarrollo. El país vivía prácticamente aislado de sus vecinos en términos comerciales y de intercambio cultural, no tenía una infraestructura de carreteras internas que comunicara sus diferentes regiones, con muy contadas excepciones; para ilustrar este punto basta decir que el viaje por tierra entre la capital, Bogotá, y Medellín, la segunda ciudad en importancia económica, duraba alrededor de 20 horas y se hacía por caminos intransitables en verano e imposibles en invierno.

La radio era el único medio de comunicación que lograba llegar hasta los más recónditos rincones de Colombia, y la mayoría de las personas vivían aisladas en sus propias regiones sin saber muy bien qué pasaba en el resto del país, y mucho menos en el mundo. La industria, con contadas excepciones, era incipiente, y en general se encargaba de abastecer el mercado interno con productos de mediana calidad dada la poca competencia que tenía con otros productos ya fueran autóctonos o foráneos.

Colombia era hasta entonces un país agrícola, cuyo producto bandera de exportación había sido el café, y las regiones cafeteras eran sin duda las que mejor calidad de vida tenían en el país y las que de mejor infraestructura gozaban en esa época. El banano, el caucho, la quina, las flores, habían sido en su momento productos interesantes para el mercado internacional, pero nunca habían logrado impulsar toda la economía como lo hizo el café durante más de 100 años. Pero los tiempos cambian. A fines de los años setenta, Colombia logró diversificar sus exportaciones y depender en menor grado de la actividad cafetera, aunque esta siguiera siendo un pilar básico de su economía. El carbón, el ferroníquel, el petróleo, el banano, las flores, las esmeraldas, los productos manufacturados le dieron un nuevo impulso a la economía colombiana. También llegó a Colombia la roya, un hongo que afectaba los cafetos y menguaba su producción, lo que produjo la más importante crisis cafetera del país.



La crisis se sorteó, en gran parte, con el desarrollo de nuevas especies de café, más resistentes a las enfermedades, entre ellas la roya, y a la indudable vocación cafetera de los agricultores colombianos que encontraron nuevas estrategias para afrontar los retos que les ofrecía un mundo cada vez más globalizado y más sofisticado en su consumo. Hoy en día, el mercado del café ha dado un vuelco total. Los consumidores internacionales se han vuelto muy selectivos en sus gustos y muchos de ellos están dispuestos a pagar 14 dólares y más por una libra de un buen café en tanto que el precio de una libra de café normal se cotiza hoy a un promedio de un dólar con 50.

Hay muchos factores que se tienen en cuenta a la hora de elegir un café: la calidad, que proviene del origen, de las condiciones del cultivo (que sea orgánico, que su cultivo sea sano ecológicamente, etc.) y de todo el proceso que se hace hasta obtener el grano verde, y luego del tostado y del molido. La exclusividad, garantizada por las pequeñas cantidades producidas en una determinada finca o región de un país, etc.

El café colombiano se sigue posicionando como uno de los más suaves y mejores del mundo, pero ahora se ofrece con el distintivo del país como garantía de calidad. Ya son apreciados en los mercados internacionales los cafés provenientes de ciertas regiones de Colombia: del Huila, de la Sierra Nevada de Santa Marta, del Cauca, del Tolima, entre otros, y más aún, ya se negocian en bolsa internacional los precios de algunos cafés producidos por una determinada finca, en condiciones muy especiales de clima, humedad, de cuidado ecológico, de manipulación del grano, etc.

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